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TRIBUNA: ENRIQUE MUGICA

Civiles y militares

ENRIQUE MUGICA 08/08/1981

 
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La Sala de Audiencias del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado norteamericano tiene a su entrada un gran globo. Allí es un símbolo bien plantado de reflexión universal y de dedicación al poderoso mantenimiento de una influencia que se quiere sin fronteras. Recientemente, con un grupo de senadores que legislan sobre los Contenidos y los quehaceres de los más potentes ejércitos del mundo, cuatro parlamentarios españoles -dos del PSOE y dos de UCD- compartíamos convergencias y sosteníamos diferencias. Estamos de acuerdo con el tratado bilateral, siempre que con criterios igualitarios defina como área de seguridad mutua la suscitada por la integridad territorial española, determinada en la Constitución. Expresamos -mi companero Carlos San Juan y yo- nuestra oposición al ingreso en la OTAN por estimarlo contrario al interés nacional; y comprobamos, no sin cierto asombro, la despreocupación ucedea ante los efectos de la política mundialista propugnada por la Administración Reagan, la cual más que aliados busca subordinados; e, incluso, que para el partido gubernarnental el tema se solapa con el hallazgo de un elemento de cohesión frente a tantos centrífugos que perturban al conglomerado en el poder.Naturalmente que mantenemos posiciones encontradas con aspectos importantes de la política exterior norteamericana, pero algo fundamental existe en aquel gran país como tradicional acicate para todos los pueblos: la permanencia sin quiebra de las instituciones democráticas y de las ideas que las inspiran desde que se afirmó su independencia. No ha habido ni un solo momento que vacara la presidencia o que las Cámaras fuesen impugnadas. La continuidad constitucional, sin quiebra, ha sido motor fundamental del próspero desarrollo de la República y de su hegemonía. En pocos países como Estados Unidos la sociedad, civil vislumbrada, complacientemente, por Hegel, como prioridad cultural, ha alcanzado mayor densidad. Por ello, la representación popular ha actuado siempre, sin desmayo, subordinando a su expresión soberana todas las manifestaciones de la vida social.

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El presidente del Comité de Defensa, senador Tower, inteligente conservador tejano, muy vinculado a mister Reagan, marginando por un momento la discusión sobre las preocupaciones coyunturales, y admitiendo que sus interlocutores no eran franceses, ingleses o ciudadanos de cualquier país inoculado contra el pretorianismo, pero que también se resistían al terco y cruel destino de nuestros hermanos bolivianos, paraguayos o salvadoreños, nos recordó, tras un elogio al Rey y al pueblo por su comportamiento ejemplar en el 23-F, que en su país la política militar está dirigida por los civiles, aunque su implementación técnica corra a cargo de los profesionales de las armas. En cual quier caso, añadió, los militares no intervienen en las decisiones, por concernir éstas a todos los norteamericanos y, por tanto, ser asumidas por sus mandatarios en el Congreso.

Al día siguiente, en la base de NorfoIk, el almirante Train, que manda a todas las fuerzas estadounidenses de tierra, mar y aire desplegadas en los atlánticos Norte y Sur, insistía en lo mismo con talante llano y cordial, sin dar mayor importancia a sus palabras, con la misma naturalidad con que el creyente sencillo se compenetra con el dogma religioso, con la convicción heredada de quien sabe que así se hizo fuerte su patria en libertad.

Al regresar me encontré, en tenso contraste con la ofrenda ante Santiago, patrón de España, y las reacciones que ha levantado. Pienso que el teniente general Fernández Posse, pocos meses antes de su pase a la reserva activa, ha querido añadir una pieza más a la historia de la oratoria castrense. Y lo ha hecho sin fortuna. Mayor atención me merece un artículo del teniente general Manuel Cabeza Calahorra, publicado el pasado 29 de julio en estas mismas páginas, por tratarse de un soldado con amplia dedicación intelectual del que recordamos su obra seria, aunque, en parte, discutible, La ideología militar, hoy. Si hombres como el general Cabeza Calahorra hubieran estudiado con mayor fuste cordial las necesidades de la sociedad civil, se hubiese podido cumplir lo que Américo Castro deseaba al escribir: «Si ambas (las armas y las letras) hubiesen podido armonizarse, España. se habría orientado hacia Occidente y no hacia la aislada soledad de sí misma». Desgraciadam ente, alguno de los temas, discretamente formulados por el general, no nos llevan en esta dirección.

Abandonar la demagogia

Parece paternalismo enfrentar a las gentes de la política y de la Prensa con «el pueblo sencillo y sano que sigue acudiendo multitudinariamente a actos tan típicamente castrenses como los de jura de bandera», cuando precisamente ese pueblo, al que pertenecemos, es el mismo que, al tiempo de solidarizarse en la emoción patriótica, posee la responsabilidad de elegir a esos políticos como representantes suyos para acometer apasionadas andaduras de libertad y justicia, repudiando a quienes abominan de la primera y sienten indiferencia ante la segunda.

Desde este talante puede parecer natural la explicación de que a las FF AA «se les reconozca una autonomía que ahora,no tienen, se les conceda una plataforma de opinión y se creen o remocen los órganos representativos que deben encarnar/ interpretar la recta identidad institucional». Al almirante Train y a los generales victoriosos en las dos últimas guerras contra el único enemigo que podemos tener, el exterior, tales palabras les sonarían extrañas, ya que bajo estudiada semántica se recela la pretensión de un poder militar independiente, con capacidad de debatir de igual a igual los graves problemas con la representación de todo el pueblo -entre el que se cuenta el sector militar-, e incluso de priorizar sus opiniones a través de decisiones más o menos templadamente manitestadas. Y no deja, por último, de sorprenderme la referencia a «aquella lealtad inexcusable que los mandos militares debemos a nuestros inferiores en sus horas difíciles». Y yo pregunto: ¿en todas las horas difíciles, mi general? ¿También en las que han sobrevenido como consecuencia de actitudes enviciadas por la cobardía, por la ruptura de la disciplina, por el quebrantamiento del honor, por el propósito pugnaz de retornar a tiempos de discordia, en que en lugar de ciudadanos éramos súbditos de un poder absoluto, y en los que no existía convivencia, sino algarabía en unos e impuesto silencio en otros? Hemos de conocernos mejor, comprendernos unos a otros yentender, sobre todo, a España, a la nación plural y fecunda hecha de seres concretos, que no debe ser sustituida por un voluntarismo nostálgico, tan parcial como ideologizante. Hemos de encontrarnos en la precisa dirección señalada por una ley militar fundamental, por las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas, en cuyo artículo 11 se dice que: «La disciplina, factor de cohesión que obliga a todos por igual, será practicada y exigida como norma de actuación. Tiene su expresión colectiva en el acatamiento a la Constitución, a la que la institución militar está subordinada». Sólo así alcanzaremos la patria de todos.

Enrique Múgica es secretario de Relaciones Politicas del PSOE y vicepresidente de la Comisión de Defensa del Congreso.

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