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CRÓNICA: El debate de investidura

Zapatero une lo que Aguirre rompe

La bancada del PP aparca por una tarde su crisis para atacar al líder socialista

PABLO ORDAZ - Madrid - 09/04/2008

 
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Arias Cañete tuvo ayer una tarde memorable. Es cierto que Zapatero estuvo bien por la mañana y que también Rajoy se las apañó para arrancar los aplausos de su grupo -lo que no es proeza menor teniendo en cuenta como vienen los telediarios-. Pero quien de verdad se despachó a gusto en su asiento, interpelando a voz en grito a Zapatero, llamándole con gestos caradura, levantándose y sentándose como un poseso, tan colorado que parecía que le iba a dar algo, fue Miguel Arias Cañete, ministro de Agricultura en el segundo Gobierno de Aznar y últimamente en los papeles por sus teorías sobre los camareros de toda la vida y las tostadas como Dios manda.

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Tanto jaleo armó Arias Cañete desde la tercera fila que fue llamado al orden

El paisaje de la bancada del PP era fiel reflejo del desbarajuste

Manuel Pizarro, el fichaje estrella, estaba en la quinta fila del Hemiciclo

Tanto jaleo armó Arias Cañete desde la tercera fila de la bancada popular que el presidente del Congreso -un José Bono casi ausente, nada tarjetero con los exabruptos que iban cayendo de la grada- no tuvo más remedio que llamarlo al orden por primera vez en su reinado. Fue a las 16 horas y 15 minutos. Zapatero, con la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón, aprovechó la ocasión para meter el dedo en la llaga.

-No descarto que haya más miembros del PP a los que les gustaría hacer la investidura [en lugar de Rajoy], pero me sorprende que usted también sea uno de ellos.

Lo que faltaba. La bancada popular -muy tensa durante toda la mañana- se apuntó a la misma terapia de grupo que los mantuvo unidos y entretenidos -para desesperación de Manuel Marín- durante la legislatura pasada. Qué mejor manera de olvidarse por un rato del terremoto interno -con Esperanza Aguirre colocada en el epicentro- que relajar tensiones dándole caña al líder del PSOE. Porque la mañana fue -desde el punto de vista de los populares- más bien triste. Allí arriba, en el estrado, vestido de gris presidente, volvía a estar Rodríguez Zapatero, leyendo un discurso de 42 folios, con un marcado tono de izquierda y un punto de emoción cuando -ante el fracaso de la lucha contra la violencia machista- quiso juramentar a todos frente a la tragedia diaria:

-Cualquier cobarde que levante la mano a una mujer debe saber que no tiene enfrente a un ser desprotegido, sino a 44 millones de personas dispuestas a plantarle cara...

Zapatero seguía allí, cuatro años después, cumpliendo el trámite necesario para, dentro de unas horas, ser investido de nuevo presidente del Gobierno. Por el contrario, el paisaje que ofrecía la bancada del PP era un fiel reflejo del desbarajuste. Zaplana, olvidado en una esquina de la cuarta fila, aplaudiendo con desgana y palmas sordas a su otrora líder. Manuel Pizarro, el fichaje estrella, aún más arriba, en la quinta fila del Hemiciclo. Había llegado solo, estuvo solo -sin apenas hablar con ninguno de sus compañeros- y al filo de las dos de la tarde todo el mundo lo vio irse solo, por la puerta de atrás del Congreso. El paisaje lo completaban Trillo, Arias Cañete y Astarloa compartiendo fila y chascarrillos mientras que las nuevas huestes de Rajoy -Soraya Sáenz de Santamaría, el senador Pío García Escudero, Fátima Báñez...- tomaban nota tras nota, consultaban estadísticas, preparaban a contrareloj la réplica de su jefe a Zapatero. Entre ellos, como un invitado incómodo a quien nadie se atreve a enseñar el camino de la puerta, aguantaba el tipo Acebes, ni sombra de lo que fue, ya sólo dueño de un futuro incierto. Y, a pesar del paisaje, Rajoy fue capaz de fajarse bien con Zapatero, sobre todo cuando apeló al humor. Cuando el líder del PSOE le afeó no haber hecho propuestas concretas, Rajoy respondió con desparpajo:

-Usted me reprocha que no presente programa de Gobierno. ¡Ya me gustaría a mí! Eso significaría que habría ganado las elecciones. Yo estaría feliz...

Cuando Rajoy se bajó de la tribuna tras su última intervención, su grupo le regaló una ovación unánime, sin duda el mejor digestivo tras el almuerzo que había compartido el lunes con Esperanza Aguirre.

Luego se subió a la tribuna Gaspar Llamazares y empezó su intervención diciendo:

-Mi fuerza política...

Hubo quien pensó que lo de fuerza lo decía en broma.


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