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REPORTAJE: Catástrofe aérea en Madrid - Las víctimas mortales LA TRAGEDIA DE UNA MADRE Y SU HIJO

El primer vuelo de Siomara

MARÍA R. SAHUQUILLO - Madrid - 22/08/2008

 
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Siomara Hernández Cabrera hubiera cumplido 19 años el 25 de agosto. Ya no los vivirá. Tampoco su hijo Tanausu ni su hermana de 15 años Abenauara. Los tres volaban a bordo del JK5022. Volvían a su pueblo en Agüimes, en Gran Canaria. Era su primera vez en la península. Llegaron para conocer a su hermanastra después de años de intercambio de fotografías, llamadas y mensajes. "Estaban muy ilusionadas", cuenta su padre, Antonio, con los ojos rojos pero secos. A su lado, el novio de Siomara, que comparte nombre con su hijo, el pequeño Tanausu, se revuelve nervioso. Siomara estaba embarazada de 12 semanas.

El padre muestra el salvapantallas del móvil: "¿Ves? Era guapísima"

Las dos hermanas y el pequeño habían pasado diez días en Cáceres en casa de su hermanastra y regresaban con ganas de contar. "Hablé con mi novia un poco antes de que saliera el vuelo y estaba muy contenta", musita Tanausu. "Era una chica muy buena. Un pedazo de pan", sigue. Está nervioso. Se toca compulsivamente los piercing que lleva en las orejas. También él es muy joven. Tiene 19 años.

Tanausu y Siomara vivían con los padres de él en Ingenio apenas a dos kilómetros del pueblo de las dos chicas. Él trabaja en la construcción, ella cuidaba de su hijo por las mañanas. Por las tardes estudiaba bachillerato. A pesar de hacerse cargo del pequeño de 11 meses Siomara decidió seguir estudiando. Mientras era su suegra la que cuidaba del niño. "Le gustaba muchísimo ir al instituto. También a Abenauara. Las dos eran muy buenas estudiantes", dice Antonio. El joven aún recuerda el día que conoció a su novia en una fiesta. Dentro de poco hubieran cumplido su tercer aniversario juntos. "Nos conocimos de fiesta pero a Siomara no le gustaba mucho salir", dice Tanausu intentando esbozar una pequeña sonrisa. Prefería quedarse en casa, escuchando música. "Le gustaba bailar, pero mucho más en casa", apunta Antonio mientras muestra el salvapantallas de su teléfono móvil. En él posa sonriente junto a su hija mayor y el pequeño Tanausu. "¿Ves? Era guapísima", dice.

Era la segunda vez que Abenauara y Siomara montaban en avión. "Cada vez que pienso en el miedo que tuvieron que pasar mis dos niñas en ese avión me pongo enfermo", se lamenta. Tanausu no puede parar de moverse. Recorre de un lado a otro el trozo de acera ante el Hotel Auditorium de Madrid, donde se han alojado familiares. Espera el autobús que tendrá que llevarle a Ifema. Los médicos van a sacarle sangre para que la identificación de su hijo sea más fácil.


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