MARTA GARCÍA GONZALO - Madrid - 16/06/2008
Gomina, pantalones apretados y un peine en el bolsillo para prevenir cualquier desperfecto en el inmaculado tupé. California en los años cincuenta, música, pandillas, tipos que van de duros y chicas que van de malas. Y este contexto, una niña buena llega nueva al instituto para ablandar el corazón y la chulería del más chulo de todos ellos.
Esto es Grease, la película que revolucionó el género del musical y de cuyo estreno se cumplen hoy treinta años. A España llegó algunos meses más tarde, en septiembre de 1978, bajo el nombre de Brillantina, aunque después recuperó su título original, que en realidad no dejaba de ser eso, grasa para el pelo.
Una historia superficial, sencilla, llena de tópicos, hamburguesas, batidos, bailes en el instituto y actores descaradamente mayores que sus personajes, Grease sumó un éxito tras otro gracias a una pegadiza banda sonora, unas coreografías llenas de energía y la química entre unos jovencísimos John Travolta y Olivia Newton-John, que protagonizaron una cinta simpática pero con la virtud de no pretender más que eso.
Hoy, tres décadas después de su presentación en Estados Unidos, con una secuela, reestrenos de la versión teatral por todo el mundo, y decenas de películas inspiradas en su estética y dinamismo, el legado de Grease es indiscutible.
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