EFE - Londres - 07/05/2007
Cuando se le diagnosticó la fatal enfermedad, John Brandrick decidió que tenía que aprovechar lo que le quedara de vida de la mejor manera posible. No siguió trabajando, dejó de pagar la hipoteca y se dedicó al buen vivir con su compañera, gastándose una fortuna en restaurantes y hoteles.
Sin embargo, un año después, los síntomas comenzaron a remitir, y el hospital llegó al a conclusión de que Brandrick no padecía realmente un cáncer de cáncer terminal sino una simple pancreatitis, perfectamente curable.
"Me deshice de todo, de mi coche, de mi ropa, sólo me quedé con un traje, una camisa y la corbata en la que deseaba que me enterrasen. No necesitaba más ropa porque sólo me daban seis meses de vida", explicó, con todos los preparativos del funeral listos.
Incluso su compañera recibió ayuda psicológica para hacer frente a su nueva vida sin pareja. Brandrick, que va a verse obligado a vender su casa, reclama ahora al hospital, perteneciente a la Seguridad Social inglesa, que le indemnice por el falso diagnóstico.
Los responsables del centro niegan que se tratase de un caso de negligencia y explican que el diagnóstico de cáncer pancreático se basó tanto en los síntomas como en las pruebas que se le hicieron al enfermo.
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