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ANÁLISIS

España: no más, pero tampoco menos

SANTIAGO CARCAR 28/03/2008

 
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En España también hay debate en torno a la energía nuclear y su futuro. La gran dependencia energética del país -por encima del 80%-, el aislamiento de la península Ibérica en el mercado de la energía europeo y las exigencias que impone el Protocolo de Kioto para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero han avivado en los últimos años la cuestión nuclear.

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España inició la producción de energía nuclear en 1968, y en 1984, con el primer Gobierno socialista, que cumplía así la promesa electoral dirigida a un electorado mayoritariamente opuesto a este tipo de energía, se decidió paralizar el programa de construcción de centrales. Del primer impulso queda en estos momentos un debate en alza y 10 instalaciones nucleares. Entre ellas se encuentran seis centrales -Almaraz I y II, Ascó I y II, Cofrentes, Santa María de Garoña, Trillo I y Vandellós II- que forman un total de ocho grupos nucleares. Otra central (Zorita) dejó de producir en 2006, mientras que Vandellós I se encuentra en proceso de desmantelamiento. España posee, además, una fábrica de combustible nuclear en Salamanca (Juzbado) y un centro de residuos radiactivos de baja y media actividad en Córdoba (El Cabril).

Con este equipamiento nuclear, y desde los años setenta, la energía derivada del átomo ha cubierto en torno a la quinta parte de las necesidades de electricidad del país. En este contexto, los partidos que han gobernado desde la década de los ochenta, PP y PSOE, han sido extremadamente prudentes al abordar sus planes para este tipo de energía. La razón es sencilla: un pronunciamiento rotundo puede costar muchos votos.

Por eso no ha habido nunca pronunciamientos claros. El PSOE, desde 2000, se ha limitado a aludir a la progresiva disminución del peso de la energía nuclear en el conjunto de la cesta energética. Lo que no equivale a cerrar centrales. La idea que se ha impuesto, mientras el debate nuclear cobra intensidad, es que España no puede prescindir de la energía de origen nuclear. A corto plazo, el plan es sencillo: no más centrales, pero tampoco menos. A medio y largo plazo, tímidamente, se impone la idea de que, sin construir nuevas instalaciones, se podrá aumentar la potencia de las instalaciones en funcionamiento y prorrogar la vida útil de las centrales que -como Garoña- se acercan al límite de su ciclo vital previsto.

Empresarios de la energía, especialistas y políticos coinciden en que la opinión pública española es todavía mayoritariamente antinuclear. Y saben que un cambio de opinión requiere tiempo. Tanto, al menos, como la tramitación de cualquier hipotético nuevo proyecto de central.

Por ello, desde la industria nuclear -controlada por las empresas eléctricas- se publicita con todo el ruido posible cualquier nuevo proyecto nuclear autorizado en Europa. Sea en Finlandia o en el Reino Unido. Es un lento trabajo de zapa al que, en los últimos meses, se han adherido incluso los dos principales sindicatos, UGT y CC OO, contrarios al cierre de centrales. El debate, sin duda, se va a intensificar.

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