MARIO VARGAS LLOSA 08/10/2005
No sé cuántos israelíes me contaron que al primer ministro Ariel Sharon su madre lo arrulló de niño cantándole al oído este estribillo: "Desconfía siempre de los árabes". Y que esa enseñanza materna ha sido hasta ahora la espina dorsal de su política. En cambio, parece haber renunciado a otro precepto que hasta hace poco tiempo guiaba también su conducta pública: la construcción del Gran Israel, un Estado judío de contornos bíblicos que incluiría la Franja de Gaza y los territorios ocupados (a los que él siempre llamó Judea y Samaria). Por eso, fue el gran propulsor de los asentamientos de colonos que se han multiplicado como hongos por Cisjordania, el más encarnizado adversario de los acuerdos de Oslo (1993-1995) entre el Gobierno de Isaac Rabin y la OLP de Arafat y quien más obró para que fracasaran.
A Pnina, nacida en Jerusalén durante la guerra de los seis días, en 1967, hija de una pareja de judíos religiosos lituanos con vocación de pioneros, siempre le encantó el español. Por eso, apenas terminó sus dos años de servicio militar, fue a Salamanca a aprender la lengua e hizo después un viaje por Argentina, Brasil y Chile, antes de regresar a Israel. Trabajaba de guía turística cuando conoció al que es ahora su marido, el oftalmólogo colombiano Isaac Aizenman. Éste hacía un viaje de paseo y no pensó nunca trasladarse a Israel, pero el amor cambió sus planes y lo indujo a hacer la aliya. Pnina e Isaac se casaron y en 1997 tuvieron su primera hija, a la que llamaron Gal ("ola de mar") y tres años después al segundo, Saggi.
Fui al parque Liberty Bell Garden de Jerusalén a las once de la mañana y ya estaba allí el ómnibus que llevaría a los pacifistas israelíes a la aldea de Bilín a manifestar, junto con los palestinos del lugar, contra el Muro de Sharon, llamado por éste "la valla de protección" y por sus adversarios "el muro del apartheid". Otro autobús saldría con el mismo rumbo de Tel Aviv y era probable que también de otras ciudades israelíes partieran manifestantes a aquella aldea árabe de unos pocos centenares de habitantes que, desde febrero de este año, se ha convertido en el símbolo de la resistencia pacífica contra el muro. Casi todos los viernes hay en el lugar mítines de protesta de israelíes y de palestinos. Pero, como en el de la semana pasada hubo violencia -el diario Haaretz saca hoy, 9 de septiembre, en primera página, la foto de un joven desarmado al que un soldado patea sin misericordia- Meir Margalit piensa que acaso hoy acudan más pacifistas que otras veces.
Hebrón, ciudad palestina de unos 130.000 habitantes árabes y 500 colonos judíos, está sólo a 36 kilómetros de Jerusalén, pero llegar a ella es una aventura de contornos kafkianos, que puede durar muchas horas. El mapa indica que hay varias entradas posibles a Hebrón, pero, en la realidad, muchas de esas entradas están clausuradas con grandes piedras o altos de basura o con barreras militares, en las que, como en el juego infantil de "el paraíso" ("¿Es aquí el paraíso?". "No, en la otra esquina") los soldados de guardia, muy amables, despachan al automovilista a otro checkpoint diez o veinte kilómetros más allá que, por supuesto, resulta también cerrado. Después de un par de horas de este juego deprimente optamos por intentar algo que parecía improbable: llegar a la ciudad cruzando por el asentamiento de Kiryat Arba. Lo conseguimos gracias a la aptitud persuasiva del novio de mi hija Morgana, que nos acompañaba y que es judío y habla hebreo.
Los creyentes absolutos siempre me han puesto nervioso, sin dejar de despertarme cierta envidia. Por eso no me siento muy cómodo en la casita de Ezequiel y Odeya y sus tres lindos niños que revolotean en torno, pese a que los dueños de casa no pueden ser más hospitalarios: han preparado refrescos y galletitas y se prestan de buena gana a contestar mis preguntas, incluso las más impertinentes.
Del millón trescientos mil palestinos que habitan en los 365 kilómetros cuadrados de Gaza -el lugar de mayor densidad demográfica del Medio Oriente-, más de dos tercios se apiñan en las ratoneras humanas que son los campos de refugiados, productos de la llamada "guerra de independencia" de Israel, en 1948, cuando unos ochocientos mil palestinos fueron desarraigados de sus aldeas y aventados al exilio. Sólo unos ciento cincuenta mil permanecieron en Palestina. Medio siglo después todavía existen campos de refugiados en Gaza, Cisjordania, y en Siria, Líbano y Jordania, donde viven aún varios millones de los siete en que se calcula la población palestina (un millón de ellos son ciudadanos israelíes).
Para mi sorpresa, la primera vez que fui a Israel, en 1974 o 1975, descubrí que yo, pese a todo, seguía siendo de izquierda. Llevaba ya buen número de años criticando el sectarismo y la cerrazón ideológica de esa izquierda hemipléjica latinoamericana que condenaba a los dictadores si eran de derecha pero los adulaba y bañaba en incienso si se proclamaban comunistas como Fidel Castro, que defendía el populismo y se negaba a aceptar que el estatismo y el dirigismo no sólo arruinaban la economía y condenaban a la pobreza a una sociedad, sino hacían proliferar la corrupción, instalaban la censura intelectual y de prensa, y acababan por suprimir hasta el último resquicio de libertad. Todo ello me había llevado a una reflexión autocrítica bastante difícil, pero liberadora, y a reivindicar los valores "formales" de la democracia burguesa, la soberanía individual, el Estado pequeño y la sociedad civil grande, y las políticas de mercado de la filosofía liberal.
¿Qué es esto?Compartir:
Puedes utilizar el teclado:
Texto
| Hora | Noticia |
|---|---|
| 03:23 | RAMÓN |
| 03:03 | La nieve obliga a cerrar oficinas institucionales en Washington y Nueva York |
| 02:44 | Zapatero responde por primera vez en el Congreso sobre la reforma de las pensiones |
| 01:47 | Honda llama a revisión a 380.000 vehículos en EE UU |
| 00:28 | ERLICH |