Miércoles, 9/12/2009

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ANÁLISIS: El conflicto de Oriente Próximo

El temor a Irán reabre el diálogo

JUAN MIGUEL MUÑOZ 22/05/2008

 
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Todo es secreto, pero todos conocen cuál es la solución. Nadie ignora las condiciones que exige cada parte. Se saben desde hace muchos años. En 2000, Israel y Siria ya estuvieron cerca del acuerdo. Unos centenares de metros cuadrados impidieron el pacto. Como si Israel hubiera sufrido un ataque de vértigo a la hora de la verdad. Porque las consecuencias de un acuerdo, que supondría el tercer tratado de paz entre Israel y uno de los países árabes con los que ha librado guerras, serían trascendentales para Oriente Próximo.

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El presidente Bachar el Asad, como su padre, Hafez, exige la retirada completa de la meseta del Golán. Hasta el último centímetro. Como sucedió con el Sinaí egipcio en 1979. El acceso a la ribera noreste del mar de Galilea es crucial para Damasco. Israel también sabe qué pedir a cambio de una retirada que va a encontrar una furibunda oposición interna: desmilitarización del Golán y acceso de los israelíes al territorio hoy ocupado.

Sin embargo, lo que se negocia dista un abismo de ser un asunto estrictamente bilateral. Los efectos de un acuerdo se sentirían en toda la región. Una de las demandas del Gobierno de Ehud Olmert es el desmantelamiento de las sedes de las milicias palestinas en Damasco y el corte de relaciones de Siria con Irán. Son cuestiones peliagudas, por el coste que tiene en las opiniones públicas árabes la causa palestina. Algo que quedó patente cuando Hamás dinamitó la frontera de Gaza con Egipto y El Cairo reaccionó con enorme moderación ante una flagrante violación a su soberanía. Los dirigentes islamistas palestinos ya tienen en cuenta la posibilidad de que en el futuro tengan que abandonar Damasco.

También en Líbano temen los partidos prooccidentales que serían la moneda de cambio. Porque, a ojos de Siria, Líbano es una cuestión de vida o muerte: su ventana al mundo occidental y uno de sus sustentos económicos.

Con todo, la pregunta del millón es otra: ¿Por qué surge ahora esta iniciativa? El régimen sirio sufre desde hace cuatro años sanciones económicas impuestas por Washington. No es baladí que Damasco exija la implicación de Estados Unidos en las negociaciones y que se conozca de su existencia. Abominan de las conversaciones secretas. Siria necesita ganar legitimidad. Sus vínculos con los países árabes -Egipto, Jordania y, sobre todo, Arabia Saudí- se han deteriorado sobremanera por la crisis de Líbano. Nada mejor que un empujón desde Estados Unidos para revertir la situación.

Para Israel, hay también una razón de peso: su obsesión por el programa nuclear iraní es tremenda. Si optara por un ataque a las instalaciones atómicas persas, mantener en calma la frontera siria sería fundamental.

Un augurio no es temerario: va para largo. Israelíes y sirios lo admiten. Sobre todo porque es imprescindible un vuelco en la política estadounidense, durísima con el Gobierno de El Asad. La Administración de George W. Bush se limitó a señalar que no se opone a las conversaciones. No obstante, sin una nueva Administración en la Casa Blanca las complicaciones se multiplican. Y después, veremos.

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