JAVIER CASQUEIRO - Madrid - 04/04/1991
Si un vecino de Madrid tiene la mala suerte de convivir con una discoteca o cafetería de moda en el bajo de su casa, si la terraza del piso superior es utilizada como improvisada caseta para una pareja de perros de ladridos incontrolados, si en los locales comerciales de su inmueble hay garajes, talleres o cualquier tipo de industria acústicamente contaminante, ya tiene donde acudir. La Asociación Española contra Ruidos y Molestias (AECRYM) acaba de constituirse legalmente para canalizar estas y otras quejas y para conseguir que se penalicen de alguna manera esíos enfrentamientos domésticos.
"Algunas personas hacen ruido por ignorancia, piensan que en su casa pueden hacer lo que les dé la gana; otras lo provocan intencionaclamente, y otras el problema viene por un mal aislamiento acústico, porque si las casas estuvieran bien construidas, estas raolestias serían mínimas", asegura Amalia Agolini Bertolo, presidenta de AECRYM.Este colectivo, (con sede en el apartado 607, Madrid 28028) está de estreno. Los estatutos, recién aprobados; nombrada hace escasas semanas su primera junta directiva, y conseguido el pasado martes el número de registro. La. promotora de este invento, harta ya de no disfrutar los pocos minutos libres ganados a su agerida por los ruidos del inquilinc) del piso superior a su viviencla, se preguntó: "¿Cuando duermo yo?". A continuación, acudió primero al 092 y luego a distintos organismos oficiales.
El pasado 21 de enero envió una carta al presidente de la Junta de Chamberí, su distrito, para exponerle los motivos por los que la tranquilidad de su ,ivienda se vio afectada por las raras y habituales costumbres de uno de sus vecinos. "A sus fuertes pisadas, portazos, constante mover de muebles, alto volumen de voz, televisor y radio a horas insólitas, etcétera, se suman los ruidos y molestias que ocasionan sus dos grandes perros".
Agolini recurrió a un abogado y a la Policía Municipal, pero el vecino, lejos de colaborar, intensificó su presión sonora.
"La primera vez que te diriges a ¡in vecino que te molesta te atiende, la segunda ya no te pone buena cara y la tercera lo hace intencionadamente", explica Agolini. Sobre el provocador de sus desvelos, un joven de 28 años, afirina que al principio le guardaba Cierto simpatía. Este sentimiento se truncó cuando el vecino, airado, le contestó a una de sus quejas con un indicativo: "Vende tu piso, cómprate un chalé, o mejor, vuelve a tu país". Agolini es argentina, pero lleva, 17 años en Madrid.El responsable de la Concejalía de Coordinación y Participación respondió a su escrito el pasado 1 de marzo explicando que, con respecto a sus protestas por las molestias y ruidos del vecino, "como pisadas y portazos, etcétera, lamentablemente tienen difícil solución".
El concejal añadió en su carta, como justificación a la inhibición municipal, que estos engorros tenían una casi imiposible comprobación frente a terceros, y que "ni la autoridad municipal, ni la policial ni la judicial, tienen competencias efectivas contra actos de mala educación".
Una de las primeras reivindicaciones de AECRYM es llenar este vacío normativo. La Concejalía de Medio Ambiente, con cuya titular tienen pendiente una entrevista, se ocupa de la contaminación acústica a otro nivel, pero no desciende a estos "pequeños detalles". La Comunidad Europea, sin embargo, sí entra en el tema. AECRYM ha pedido información a Bruselas y ya ha recibido el Libro verde sobre el medio ambiente urbano. En Francia funciona desde 1963 la Liga Francesa Contra el Ruido, y también se ha contaútadó con colectivos en Estados Unidos.
En España, la primera prueba fue un anuncio en el Segunda Mano. "Unámonos contra los ruidos: si eres víctima de un vecino ruidoso, cuéntame tu caso". A partir de ahí llegaron las cartas, más de un centenar, con todo tipo de mensajes.
"Amigo sufridor", comienza una misiva que narra líneas más abajo "cuatro tipos distintos de insufribles molestias". María, Fernanda, la afectada, ha invertido dinero en instalar doble cristal en sus ventanas y acolchar su dormitorio, pero no puede evitar, escuchar las rejas metálicas de un taller de motos, en donde a diario son probadas a fondo, y que se convierte los fines de semana en cancha de ensayo juvenil para baterías y guitarras eléctricas. El piso de al lado es una clínica veterinaria; el local inferior, un bar frecuentado, y junto al taller está la entrada al garaje, con una puerta automática.
Otros casos abundan en pormenorizar las llegadas y salidas de los hijos del vecino, las relaciones fogosas, la estruendosa manera de acometer tareas domésticas, y todo ello compartido con un elevado tono y volumen de los distintos aparatos con posíbilidad de sonido.
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