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El 11-M, cuatro años después

"De no haber llamado, aún sería ETA"

El portero que vio a los terroristas del 11-M cuenta que se sintió perseguido

AMAYA IZQUIERDO - Alcalá de Henares - 12/03/2008

 
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Cada cinco minutos, un tren sale rumbo a Atocha. Cada parada, cientos de trabajadores adormecidos toman el Cercanías. Amanece un 11 de marzo, cuatro años después, en el que muchos no saben en qué día viven. "11 de marzo, ¡vaya!". Es la respuesta comodín de los usuarios. Un "vaya" intenso, cargado de recuerdo, de preocupación, de tristeza.

"No saqué nada de esto. Sólo hablé por respeto a las víctimas", asegura

El testigo cuenta que tras declarar se convirtió en el blanco de los conservadores

Javier, de 34 años, sigue tomando el mismo tren en Alcalá de Henares. "A las siete y diez", asegura. "Llegué a Atocha minutos antes de las bombas" recuerda. En Cercanías ya no hay miedo. "Los primeros días fueron terribles", cuenta María, de 27 años. "Entonces, muchos dejaron los trenes. Estaban desiertos. Cada asiento vacío en hora punta era como una puñalada. Me hacía odiar el miedo, aquello no debía de ser así". Algunos usuarios recuerdan los restos de humo y las tapias rotas en Entrevías. El vacío. El 11-M de 2004, cuando las bombas islamistas segaron 190 vidas.

Muy cerca de la estación de Alcalá de Henares hay una portería sombría incluso en un día soleado como el de ayer. Un cubículo de madera y cristal. Documentos, carteles, bolígrafos, rotuladores y cartas salpican una pequeña mesa de madera. Frente a ella, un hombre de 71 años que lleva "toda la vida" allí. Saludando y vigilando a quien entra y sale del portal. Sus ojos, de 71 años, vieron hace cuatro años a tres hombres salir de una furgoneta Renault Kangoo blanca.

Las arrugas que marcan sus ojos se hacen más profundas cuando se le menciona a la prensa. "Me han llamado mentiroso, embustero, vendido. He sido su diana mucho tiempo. Ahora todo está más tranquilo. Quiero que se olvide y que me dejen en paz".

El portero (pide silenciar su identidad) recuerda haber pensado aquel amanecer que aquellos hombres que rondaban la furgoneta podrían ser ladrones. No le dio importancia. "Después llegué a casa y comencé a ver todo aquello", susurra. Alza la vista. "Me dije 'son éstos' y llamé a la policía". Cuatro años desde aquel día. "Nadie sabe por lo que he pasado", explica mientras juega con las llaves. "Aquel día me rodeó la policía, me llevaron, me preguntaron... como si fuese yo el criminal".

"El primer año tuve mucho miedo. Temía que me tratasen como tratan los terroristas a los chivatos", relata. Habla de unos primeros meses llenos de tensión, de reproches, de problemas en casa, de enemigos en su barrio. De presión. Incluso dudó sobre si debería haberse callado, no haber alertado, y haber seguido adelante. "Yo de esto no saqué nada", silabea. "Si hablé, fue por las víctimas. No he vendido nada, no he ido a hablar a ningún sitio", recuerda. "Es respeto", añade.

A 350 metros de la portería, frente a la estación de ferrocarril, cerca de un centenar de personas se reúne en silencio para recordar a los 190 muertos del múltiple atentado. De ellos, 27 eran alcalaínos. Los pueblos del Corredor del Henares, recorrido por las líneas de Cercanías en cuyos vagones estallaron las bombas, padecían el dolor de la memoria de las víctimas. Las flores y las palabras de apoyo estuvieron también en otras ciudades: San Fernando (8 muertos), Torrejón (14), Coslada (21) y en algunos pueblos de la provincia de Guadalajara (13 muertos).

"Necesitamos que se les recuerde", explica desde detrás de sus gafas de sol María Antonia Mateos, madre de Miguel Reyes, que murió con 27 años a consecuencia de las detonaciones. "Hemos seguido el juicio y nos ha parecido bien", añade su esposo, Emilio Reyes. También lleva gafas oscuras. "La sentencia, muy floja", lamenta.

También acude al homenaje de la estación Vicenta Fernández. Perdió a su hijo David, de 23 años. "En estos días revivimos todo. Desde que ha amanecido lo estoy pensando", suspira. "Es nuestro dolor y lo llevaremos siempre dentro. Rodolfo Benito, de 37 años, también murió en uno de los trenes. Su madre, Conchi Samaniego, recuerda lo mejor de él: que iba a casarse. Que quería ser profesor.

María Antonia, Vicenta, Emilio y Conchi coinciden. Lo que más daño les hizo tras las muertes de sus hijos fue la manipulación informativa. "Han muerto por política", asegura Emilio. "Y los políticos han estado divididos. Tanto unos como otros se han alimentado de las víctimas".

Desde la sombra de la portería, el hombre de 61 años recuerda que sólo una víctima se acercó a él para pedirle explicaciones sobre lo que había visto y lo que iba a declarar ante la comisión de investigación del Congreso. "Contaré lo que vi", le respondió. Dos días después era el blanco de las críticas conservadoras. "Iban a por mí. 'El portero mentiroso de producciones Rubalcaba', me decían". "Yo estaba aquí, en la portería, el 11 de marzo, cuando escuché por primera vez que podrían tener origen islamista", añade, con los ojos muy abiertos. "A pesar de todo, creo que hice bien", sostiene con voz firme. "Tal vez, de no haber llamado entonces", especula, "todavía sería ETA".


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