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ÁLEX DE LA IGLESIA

Un mar de adoquines y alguna cosa más

ÁLEX DE LA IGLESIA 21/10/2007

 
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Madrid puede ser un atardecer donde nos robaron tres besos, una plaza sin bancos o un cuaderno de anillas huérfano en una papelería. Tres autores describen sus objetos preferidos de este escaparate infinito.

Una ciudad es un edificio, un restaurante, un parque y una calle. Hay un restaurante en la plaza de la Marina Española que nunca olvidaré. En ese lugar he comido bien, extraordinariamente bien. He comido incluso demasiado, y el dueño es culpable no sólo de mi aspecto, de que se me caigan los pantalones, si no son de chándal: un francés de mala catadura coleccionista de sacacorchos es el responsable de los mejores momentos que he pasado en Madrid. Cuando vivía en la Gran Vía bajábamos a cenar y no salíamos hasta que se hacía de día. Tengo la sensación de que ese refugio define la ciudad, un lugar donde uno puede sentirse como en casa.

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Hace unos años colgué en el Capitol a un cura y a un presentador

En la calle Pez hay una papelería vieja con blocs de anillas, cuadernos antiguos y libros de texto de hace 30 años. Siempre quise encontrar unos cuadernos naranja que tenían animales en la portada, una especie de marco con ilustraciones. Recuerdo tan sólo una jungla y un cocodrilo. La calle Pez posee también una tienda de tebeos donde el otro día adquirí, por un precio irrisorio, los 100 primeros Víboras. Luego descubrí que faltaban dos o tres, pero es lo mismo, la sensación de haber conseguido un tesoro no me la quita nadie.

Mi edificio de Madrid ya lo conocéis, se trata del Capitol, el número uno en la guía Gotham de Madrid. Recuerdo que, hace años, colgué allí a un cura y a un presentador de televisión.

Mi parque no es el Retiro, es una intersección de calles que antes era un parque, pero que el Ayuntamiento ha decidido asfaltar, para evitar problemas. Antes tenía unos cuantos bancos, pero ahora no hay nada. Los indigentes ya no pueden ensuciar la mirada de los turistas. Ahora tenemos un limpio páramo de adoquines, un extraño símbolo de la conciencia de alguien. Me recuerda al puente de los suicidas, con sus cristales enormes, a ambos lados, para evitar tentaciones.

Qué extraño puede llegar a ser todo. Una librería con libros de texto que ningún niño leerá jamás, un restaurante del que no se puede salir, una colección completa a la que le faltan números, una plaza sin bancos donde sentarse, un puente donde a uno ya no le dejan ni saltar. Me gusta.

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