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Un sublime marchante en escultura: Diego Velázquez

La Academia expone los frutos de su segundo viaje a Italia

RAFAEL FRAGUAS - Madrid - 15/12/2007

 
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A su cualidad de pintor universal Diego Velázquez puede añadir la de su sabiduría en el arte escultórico, más la condición de agente artístico y diplomático de admirable desenvoltura. Así lo pueden comprobar hasta el mes de febrero los visitantes que acudan a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la calle de Alcalá, 13. Su planta baja alberga una exposición de documentadas esculturas clásicas, adquiridas durante el segundo viaje del artista sevillano a Italia, por cuenta del Rey de España Felipe IV, desde el fin de 1648, en que partió de Madrid, hasta agosto de 1651, fecha de regreso a Barcelona. Comisariada por José María Luzón y su equipo, la exposición fue inaugurada ayer por César Antonio Molina, ministro de Cultura.

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No hay precedente de un evento que ilumine en tan gran medida una faceta de la vida del artista sobre la que se proyectaban, aún, sombras de desmemoria o ignorancia. Hasta Italia se había desplazado el, desde 1642, flamante superintendente regio Diego Velázquez, con la encomienda del monarca de allegar arte suntuario para la Corte de Madrid, alojada entonces en el añoso Alcázar de los Austrias, donde hoy está el Palacio Real.

En menos de dos años Velázquez recorrió la Península itálica; pese a su envidiable talento evitador de celos de otros artistas, trabó relación con escultores, fundidores, formadores, broncistas; amén de diplomáticos, burgueses, nobles, cardenales y un Papa muy feo, Inocencio X, de la familia Pamphili, al que además retrató en inmortal lienzo; mantuvo también discretos amoríos con una dama de la que tuvo un Antoñito, muerto prematuramente a los nueve años; y, con todo, trajo a España casi un centenar de piezas de estatuaria clásica y renacentista, para decorar las salas Ochavada y de los Espejos del viejo palacio.

"Hoy sería casi imposible hacer tantas cosas y tan bien hechas como las que hizo entonces en Italia", explica José María Luzón con una sonrisa. El académico ha restañado las heridas que sobre las estatuas traídas por Velázquez causaron el fuego, primero, con el incendio del alcázar en 1734, y la ignorancia después, por la pérdida de las claves para interpretar su valía.

Porque Velázquez, con finísima mirada, se adentró en las villas de los Médici, Borghese, Farnesio y Ludovisi; conversó con las grandes familias prohispanas de Venecia, Módena, Nápoles y Roma y fue autorizado por ellas a copiar en yeso o fundir en bronce los mejores tesoros escultóricos que el Renacimiento había rescatado de las ruinas y guiado hasta sus jardines y quintas. Con la ayuda del agente Juan de Córdoba y el amparo de embajadores como el conde de Oñate, en Nápoles, y del marqués de Fuentes, en Venecia, Velázquez consiguió para Madrid un duplicado cabal del mejor arte de Grecia y de Roma interpretado por los cinceladores renacentistas y lo trajo aquí con la diligencia de su serena personalidad. Con tal arte nació la Real Academia de San Fernando en 1744 y de su belleza bebieron sus promociones, aunque de las 35 grandes piezas allegadas por Velázquez, íntegramente sólo quedan 13, dispersas por el Prado, el Palacio Real y la propia Academia, que ahora las ha reunido.

Madrileños y forasteros pueden ahora apreciar el gusto exquisito del pintor de los pintores no en dos, sino en tres dimensiones: en estatuas ciclópeas, como el Hércules y la Flora Farnese, que jalonan con majestuoso porte la propia entrada a la Academia tras una restauración in situ premiada por su bella hechura; en Sileno, Nióbide corriendo, el Hermafrodita... yesos o bronces fundidos en 1651, por Matteo Bonucelli o Cesare Sebastiani, muestran la espléndida selección. Dada la delicadeza de su gestión, nada impide conjeturar con base que su misión sirvió para prolongar la hegemonía aúlica hispana en Italia. Y ello sin litigar con nadie, más bien tendiendo amistosos puentes.

Velázquez, esculturas para el Alcázar. Martes a viernes, de 9.00 a 19.00. Sábados, matutino y vespertino. Lunes y festivos hasta 14.30. Alcalá, 13.


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Copia de la escultura 'Nióbide corriendo'- Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

 
 
 
 
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