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CRÍTICA

Desobediencia televisiva

CECILIA DREYMÜLLER 27/05/2006

 
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Elfriede Jelinek despliega su análisis, inteligente humor y feroz sarcasmo sobre la actuación de Estados Unidos en la guerra de Irak y el papel de los medios de comunicación en el conflicto. La Nobel austriaca reúne en Bambilandia. Babel dos textos de vocación teatral que enfrentan al lector con una verdad apoyada en la intertextualidad.

El presente libro confirma algo que a los críticos de la premio Nobel austriaca les cuesta reconocer: Jelinek es de los pocos escritores capaces de plantear un desafío al establishment político. En Bambilandia. Babel, dos textos concebidos originalmente para el teatro, no sólo nos obliga a mirar de cerca las atrocidades de la guerra de Irak, sino que denuncia la connivencia de intereses internacionales que la hizo posible. Quien afirmaba que Jelinek no es más que una escritora de provincias, podrá comprobar aquí que su foco de indignación nunca fue Austria y sus circunstancias particulares, sino los abusos de poder, el afán de lucro y la falta de escrúpulos de los políticos en el enmarañamiento impenetrable entre ideología y cultura, violencia y razón, industria bélica y pornografía.

Elfriede Jelinek obtuvo el Nobel de Literatura en 2004
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Elfriede Jelinek obtuvo el Nobel de Literatura en 2004- EFE

BAMBILANDIA. BABEL

Elfriede Jelinek

Traducción de Claudia Barico

Barcelona. Destino, 2006

172 páginas. 19,50 euros

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La otra cuestión que suscita su lectura tampoco es baladí: ¿de qué manera la literatura contemporánea puede acercarse al tema de la guerra, sin comerciar con el horror o los buenos sentimientos, dejando margen al lector para que pueda reflexionar sobre los hechos y no sucumbir bajo su peso emocional? No es que Jelinek haya cambiado en estos monólogos despersonalizados la fórmula que viene variando desde hace tiempo, con mejor fortuna en sus obras de teatro, con menos puntería en novelas como Obsesión: datos concretos (en el caso que nos ocupa: sobre armamento y operaciones bélicas), en libre asociación sarcástica con las peores sospechas, pasados por un turmix de tópicos y trilladas frases televisivas. Para el tema escogido ha resultado especialmente apropiado. Con su habitual sentido de humor abismal y su intelecto espléndidamente agudo, en trinidad non sancta con su desparpajo tonificante, la "moralista incurable" presenta una amalgama de informes de guerra, "war-tainment" y juego intertextual que se coagula en una crítica cabal de la actuación de Estados Unidos en Irak y del siniestro papel de los medios.

Jelinek nos sienta en la buta

ca del televisor, sintoniza CNN, quita el sonido, y hace proferir a todos los implicados -los periodistas, el mercenario degollado Peter, Dick Cheney, incluido Dios y "Jesús W. Bush"- las barbaridades que suelen disimular con retórica oportunista: "Usted actuó de modo absolutamente correcto cuando les disparó a las siete mujeres con los niños en la camioneta, quiero aprovechar justamente esta oportunidad para decírselo de nuevo con todas las letras, porque no se detuvieron pese a todos los disparos de advertencia, y eso no puede ser, así las cosas no funcionan". Y, saltando de malicia en irreverencia, saqueando además el vocabulario heroico de Los persas de Esquilo, sigue Jelinek la puesta en imágenes de la guerra y su efecto anulador, se trate de la decapitación del mercenario norteamericano, de los misiles caídos por error en un mercado, o de las diversiones de la soldado Lynndie England en Abu Ghraib: "Yo me olvido de todo y empiezo de nuevo. Yo digo: el espíritu es pecado. Eso lo dicen siempre los cristianos cuando no se les ocurre otra cosa: ese espíritu es una gran tentación, pero debemos resistirnos. Después de todo para eso somos cristianos. Para no hacer preguntas tontas".

Con su ininterrumpida retahíla coloquial Bambilandia reproduce estupendamente la viscosa papilla televisiva y lanza sugerentes "confesiones" que llevan a la raíz del conflicto. "En eso se basa en suma nuestra civilización, en que los seres humanos somos diferentes. Pero no quieren aceptarlo los negros del desierto. (...) De sus instintos es de donde vino el mal. De un cristiano peripuesto que dice que el fuerte es el malvado. Qué tontería. Y cómo puede tomar alguien el partido del débil, del bajo, del malogrado. Yo no lo tomo". Frente a la contundente redondez del primer texto, los dos primeros de los tres monólogos de Babel se resienten de un desvío temático y del gran vicio de esta autora: los retruécanos. Ahí Jelinek se pasa de rosca, aunque no desentone del todo con la atontadora tormenta de imágenes. La traductora se ha lucido con un esmerado aparato de notas que facilitan la apreciación de la sofisticada intertextualidad, cuyas referencias políticas, poéticas o filosóficas desmienten la rusticidad verbal de muchos pasajes de un libro, por otro lado, inusualmente inspirado, además de hilarante y feroz.

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