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CRÍTICA: POESÍA

Para guardar la vida

ANTONIO ORTEGA 12/08/2006

 
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Olvido García Valdés explora los límites de la conciencia en Y todos estábamos vivos. Una celebración de la vida, tierna y a la vez afilada, a partir de la experiencia cotidiana.

Este exigente y maduro libro de Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950) reafirma el lugar central que su escritura ocupa en la poesía española. Todos sus libros siguen los hilos de un relato que, en constante progreso, amplía y profundiza los saberes de lo propio, la sustancia y consistencia de las cosas. Una especie de serenidad expectante es la que toma cuerpo en Y todos estábamos vivos, en su afilada ternura, en los ecos de una muerte que son ecos de vida. Se da cuenta así de la irrealidad de una vida que, intensamente presente en el mundo, nace de una deuda precisa: "vida que sólo y sólo / mirando se llega a ver. La / forma, Rosalía, de la muerte". Es pues una celebración de la vida, lo inagotable de su significado, el consuelo de saberse acogido por una irrealidad que, teniendo en cuenta la materialidad de los hechos, los supera en profundidad y sentido, con detenimiento.

La poeta Olvido García, vista por Soledad Calés
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La poeta Olvido García, vista por Soledad Calés-

Y TODOS ESTÁBAMOS VIVOS

Olvido García Valdés

Tusquets. Barcelona, 2006

217 páginas. 15 euros

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Su impulso es el deseo de pe

netrar en el fondo del mundo y de la realidad ensanchándola, completándola, trascendiéndola: "real la imagen y lo real". Lo mostrado no está detrás o bajo las palabras, sino en su dicción misma, en el habla que le da consistencia: "El pez asoma y escucho la pregunta / por si duele vivir". La textura del libro y de su lenguaje nace para mostrar, no para demostrar. De este lado de acá, lo que vale es la intensidad, la liberación de las formas: "Todo / va cambiando salvo eso, hueso / del tiempo". Es pues un viaje hacia la certeza, un catálogo de paisajes, luces y colores en una tela de araña repleta de evidencias, un "modo de la conciencia que explora los límites" desde la "inflamada / percepción de la noche y la luz". Una naturaleza llena de humanas y espirituales analogías. El mundo sentido en la experiencia cotidiana. La suya es una ascesis posibilitadora, un tejido capaz de esclarecer el mundo, iluminándolo en sus posibilidades, porque de ese modo no se ofrecen verdades lógicas, sino sentido, consuelo, resguardo e identidad: "Entre lo literal de lo que ve / y escucha, y otro lugar no evidente / abre su ojo la inquietud".

Guardar la vida pasa por la intensidad y la existencia de las cosas. Así se "hila la vida". Así "aparece un estar propio de lo / que llamamos condición humana". En la intransitiva raíz del alma y de la vida, está la fe material en el pensamiento del corazón y el movimiento del mundo. Una manera de existir en la esencia y el estado de las cosas.

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