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EDITORIAL

Castrismo 'light'

27/07/2007

 
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Las inevitables promesas de mejoría económica, la autocrítica relativa de algunos métodos y deficiencias del sistema comunista y una renovada oferta de diálogo a Estados Unidos después del presidente Bush han dado la impresión en Cuba de que Raúl Castro, de 76 años, mantiene reforzado el liderazgo prestado que asumiera con ocasión de la grave enfermedad de su hermano Fidel, un año ya fuera del estrellato político. El ritual discurso en el aniversario del comienzo de la revolución -la ocasión habitual de Fidel Castro para despacharse durante horas ante un enfervorizado auditorio- ha tenido esta vez, en boca del presidente en funciones, un carácter menos doctrinario y más apegado a la cruda realidad de un país donde los salarios mensuales siguen rondando los veinte dólares.

Cuando se produjo el relevo cubano, junto a una avalancha de rumores, presunciones y deseos de que el fin del líder comunista fuera próximo e inevitable, se montó la expectativa internacional, sin base alguna, de que había comenzado una transición que era también apertura política. El mensaje de Raúl Castro ayer, pese a su tono alejado de las imaginativas soflamas de su hermano convaleciente, no contribuye a fundamentar esa expectativa: Cuba, ha dicho, sigue en el "periodo especial" que siguió a la desintegración soviética; ha de incrementar la productividad para poder comer más; y si aumenta la inversión extranjera, será manteniendo el predominio de la propiedad socialista.

Hoy, a un año del segundo Castro en el poder, hay división de opiniones entre los que ven la botella medio llena, porque valoran cierta agilización en los controles de la economía y creen que el golpe de timón está al caer, y los que la ven medio vacía, porque en el terreno puramente político no ha ocurrido nada digno de mención. Lo cierto es que con la ayuda de la Venezuela de Hugo Chávez y los créditos de China, la economía cubana se ha estabilizado en su precariedad rigurosa. Y sobre ese repunte, modesto pero alentador, se especula en la propia isla con que el próximo movimiento de Raúl podría ser el reconocimiento al campesinado de alguna capacidad de explotación privada de la tierra, aunque reteniendo siempre el Estado la propiedad última del suelo.

Fidel Castro, el gran ausente, que aun físicamente limitado no puede estar tanto tiempo sin acaparar los focos de la adulación y del folclor político, ha dado en los últimos meses en fabricarse una nueva personalidad, llenando las páginas de Granma con sus comentarios, reflexiones y soliloquios. Pero la cuestión fundamental sigue siendo si sus sucesores tendrán la oportunidad de abrir de nuevo Cuba a la democracia. Si Raúl Castro no aprovecha esa coyuntura, aunque sea a paso de tortuga, el pueblo un día se lo demandará.

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