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Enric González OPINIÓN

Egoístas, maniáticos y desinformados

Enric González 27/04/2008

 
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Llegué a la economía por accidente. Creo que casi todo ocurre por accidente; ése, al menos, es mi caso. Hacia finales de los setenta me dedicaba a los sucesos. Mis tratos con policías y delincuentes coincidieron en el tiempo con una crisis devastadora en la industria catalana. Las empresas textiles se hundían por docenas, y algunos de sus propietarios, habituados a la doble contabilidad y al desfalco, no se sentían con ánimo para explicarse ante el juez. Cuando la empresa suspendía pagos, el dueño ya había volado. Aquellos emprendedores de manos y pies ligeros sentían preferencia por Brasil.

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Queremos soluciones que se ajusten a nuestro egoísmo y nos parezcan, a la vez, moralmente satisfactorias

El caso es que asuntos puramente mercantiles se convertían en policiales, y las páginas económicas del diario donde trabajaba (El Correo Catalán, extinto hace ya muchos años) eran una colección de anuncios de búsqueda y captura. Poco a poco fui instalándome en esas páginas, y me quedé en ellas, saltando de periódico en periódico, durante una década.

¿Qué aprendí? Fundamentalmente, dos cosas. Una, que el libre comercio es mejor que el proteccionismo. Dos, que la política económica es demasiado importante para dejarla en manos de burócratas. Estoy desaprendiendo, me temo, la segunda. No estoy nada convencido de que la gestión de la economía pueda dejarse en manos de los electores y de los políticos. Por desgracia, sigo sin fiarme de los burócratas.

Acabo de leer El mito del votante racional. Por qué las democracias eligen malas políticas, un libro que va más allá de la provocación académica. El autor, el profesor Bryan Caplan, no propone la vuelta a regímenes dictatoriales u oligárquicos. Se limita a constatar, de entrada, que el votante es un tipo mal informado, cargado de prejuicios y, sobre todo, muy emocional. No hace falta estudiar mucho para ser consciente de eso. Si uno se pregunta por qué votó a quien votó en las últimas elecciones, encuentra miedos, manías e ideología (que en un terreno de juego tan estrecho como el nuestro tiene mucho de prejuicio), y un poderoso sentimiento negativo hacia el rival del candidato que elegimos.

Eso es normal, y no necesariamente grave. En un grupo lo bastante amplio, la ignorancia individual tiende a convertirse en sabiduría colectiva gracias al "milagro de la agregación", un fenómeno que funciona gracias al carácter aleatorio de nuestros errores. Si los errores son sistemáticos, el "milagro de la agregación" se va al garete. El profesor Caplan demuestra (también lo hace la historia) que en lo tocante a la economía y sus derivados (energía, agua), somos propensos al error sistemático.

En España, eso tampoco es muy grave. Desde el ingreso en la Unión Europea, la política macroeconómica española no ha dado demasiados bandazos; desde la adopción del euro, menos. Carecemos de autonomía. Imaginemos, sin embargo, que ciertas cuestiones se sometieran a referéndum. La cuantía del salario mínimo, por ejemplo. Nuestro buen corazón nos impulsaría a establecer un mínimo generoso, y, de un día para otro, crearíamos millones de parados. Lo mismo ocurriría con el comercio. Sospecho que, por razones de todo tipo, los votantes limitaríamos las importaciones chinas, y crearíamos un tirón de los precios. O devaluaríamos para exportar más, e importaríamos inflación.

Las señales de cambio climático nos ofrecen ahora la posibilidad de cometer espléndidos errores, de terroríficos efectos a nivel planetario. La coyuntura resulta idónea: urgencia, emoción, profecías apocalípticas e información escasa. Nosotros, la opinión pública y los burócratas en quienes delegamos, queremos soluciones que se ajusten a nuestro egoísmo y nos parezcan, a la vez, moralmente satisfactorias. Para afrontar el problema de las emisiones de gases y, a la vez, mantener nuestro estilo de vida, nos ha parecido buena la opción de los biocombustibles limpios, fabricados con biomasa y, sobre todo, con cereales.

Combustible limpio. Suena bien, ¿no? Hemos conseguido un combustible caro, con un proceso de fabricación contaminante y dañino para los bosques (que absorben carbónico). Hemos conseguido, además, disparar el precio de los cereales y condenar al hambre a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Y esto es sólo el principio. -

The myth of the irrational voter. Why democracies choose bad policies, de Bryan Caplan. Princeton University Press. 276 páginas.

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