Miércoles, 9/12/2009

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TRIBUNA: RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Influencia y autoridad

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO 10/06/2009

 
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En principio parece muy verosímil la suposición de que cuanto menor sea la edad de un hijo, mayor será la autoridad o la influencia de los padres respecto de él. Digo "en principio", porque es mucho lo que depende de diversas circunstancias, como la condición social de la familia, el estado de concordia o discordia de las diversas relaciones familiares, la comunidad o separación de residencia entre los miembros: distintos barrios, distintas poblaciones, colegios internos, o incluso el grado de desarrollo físico en relación con la edad: en los varones, por ejemplo, me parece que pueden contar bastante la talla y la musculatura alcanzadas entre los 15 y los 17 años, y aun me atreveré a decir que especialmente en comparación con las condiciones físicas del padre. En fin, incluso sin meterme en los avatares de la vida, como los económicos o los de salud, no puedo pretender ser exhaustivo.

¿Quién podría decir si una joven ha sido convencida u obligada por sus padres en materia de aborto?

La palabra más inoperante en estas cuestiones es "libertad"

La autoridad y la influencia raramente están bien delimitadas; en la relación de los padres con los hijos más bien parece que se superponen en un mismo plano, como en un palimpsesto. Tampoco aquello que las contraría o que se les enfrenta: desobediencia, insumisión o rebeldía, es siempre, de manera unívoca, la misma cosa.

La rebeldía puede presentarse como una manifestación, una protesta coram populo -un populus que en este caso son los padres- en que el hijo reclama y proclama su propia independencia o su derecho a ella. La ambigüedad entre "reclamar" y "proclamar", cuya simultaneidad no creo que parezca inverosímil, dice la ambigüedad objetiva del asunto: se reclama una cosa que todavía no se tiene, aunque a la vez se afirme el derecho de tenerla. Es la fuerza con que se siente o quiere sentirse este derecho lo que tal vez impulsa la palabra hasta el grado de proclama; dado que lo que se proclama ya se tiene, se diría que es el propio esfuerzo del derecho lo que lo eleva a la categoría de hecho, lo que lo cumple como posesión.

Creo que la única forma de rebeldía bien diferenciada sería la que procede sin esfuerzo alguno, o sea una rebeldía totalmente anagónica, indiferente respecto de la opinión o el sentimiento de los padres. De modo que ni siquiera la rebeldía que incluye algún deseo consciente y positivo de contrariar a los padres está suficientemente separada de la rebeldía como manifestación o afirmación de la propia independencia frente a ellos. (Como puede observarse en los secesionistas de una nación, toda autoafirmación tiene que respirar enemistad.)

Hay hijos que cara a cara se muestran más o menos sometidos a los deseos o el parecer de los padres y después a solas, en su cuarto, lo vuelven a pensar y se muerden rabiando los nudillos, indignados contra su vergonzosa sumisión. Otros que, por el contrario, en el diálogo abierto con los padres, expresan a voces su cólera contra las contenidamente pacientes y morosamente razonables consideraciones, intercaladas por brevísimos pero claros estallidos de presión, que tratan de conducirlos, aunque sea arrastrando, hacia una determinada opción de conducta, y luego, ya metidos en la cama, empiezan a sentirse culpables de sus manifestaciones de violencia, y no está dicho que a veces no acaben incluso incubando un fervoroso deseo de inclinarse hacia el pensar y el sentir de sus progenitores; y, en casos como este, ¿quién podría responder a la pregunta de si han sido convencidos o sometidos?

La voz de los padres no podría nunca oírse como la voz virtual que oímos en las páginas de un libro; la analogía con esas voces puede ilustrar la diferencia que media entre la influencia de los padres y la influencia de un autor remoto. A lo cual no hace objeción alguna, sino todo lo contrario, el que un autor pueda llegar a tener una influencia decisiva sobre cualquier lector y cobrar, a su vez, autoridad, puesto que la diferencia entre esta autoridad y la de los padres está en que la del autor es, en principio, racional, en la medida en que es posterior a la lectura y se funda en el contenido y la opinión, mientras que la autoridad de los padres tiene la gratuidad de ser anterior y ajena a cualquier contenido racional. Miguel de Unamuno se indignaba ante aquel dicho castellano que decía: "Contra un padre no hay razón", y no creo no se diese cuenta de que la maldad del dicho no reside más que en consagrar y elevar a imperativo lo que real e inevitablemente ocurre.

Trayendo ahora estas consideraciones a la cuestión del aborto de una muchacha de 16 años, he aquí que el a mi juicio irresoluble entredicho en que nos pone la interpenetración entre influencia y autoridad en la relación de los padres con los hijos viene a tomar a su cargo la dualidad objetiva, material y relevante no sólo por la naturaleza irreversible de lo que se dirime: la alternativa entre la opción del aborto y la del parto y la crianza. La reacción de enfado o de bondad por parte de los padres a la notificación del embarazo no es de temer que tenga mayores consecuencias posteriores si ya desde el principio se da un total acuerdo sobre la decisión. Pero si hay desacuerdo a tal respecto, lo previsible es que haya una notable diferencia entre el que sean los padres o la hija los partidarios de una opción o de la opuesta. Si son los padres los que propugnan el aborto y la hija acaba plegándose a esta opción -ya he dicho que no se puede distinguir, ni tendría mucho sentido hacerlo, si por convicción o imposición- las consecuencias posteriores no parece que podrían ser demasiado graves, aunque nunca se sabe el grado de seriedad y de convicción que pueden alcanzar las representaciones alumbradas por esa especie de autoliteratura a la que son tan dados los adolescentes en especial cuando se sienten descontentos, decaídos o infelices: "¡Si mis padres me hubiesen dejado tener mi hijito como yo quería...!".

Repercusiones futuras bastante más reales y más graves puede tener, por el contrario, el caso en que sean los padres los que hayan defendido la opción de llevar adelante el embarazo y de tener y criar al niño, y al cabo hayan logrado disuadir a la muchacha de su voluntad de abortar -y una vez más repito que excluyo que pueda decirse si por persuasión, convicción, inducción, sumisión, imposición o cualquier otro de los múltiples matices o variantes que, incluso objetivamente, caben entre los extremos-. Esto que los padres habrían al fin logrado probablemente acompañándolo a toda clase de promesas de protección, de hospitalidad, de ayuda económica, y hasta de calor y amor de abuelos hacia su propio nieto, todo esto, en una palabra, como instrumento de disuasión, lo cual se añade por supuesto al crudo hecho en sí de dar a luz y de criar un niño, puede acabar en que determinados hechos o imprevisibles circunstancias de desventura y aflicción lleven a la hija a revolverse rencorosamente contra los padres que le hicieron tener aquel hijo que se le ha vuelto una tremenda y dolorosa carga, una preocupación constante y una responsabilidad cotidiana casi imposible de sobrellevar.

Pero, sea de todo esto lo que fuere, y puesto que no cabe separación posible entre "influencia" y "autoridad" y ambas estén, incluso objetivamente, superpuestas, la palabra más equívoca y, por 1o tanto, más inoperante en esta clase de cuestiones es la palabra "libertad".

Rafael Sánchez Ferlosio es escritor.

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Comentarios - 8

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  • 8

    ELPAÍS.com - 11-06-2009 - 11:46:22h

    Esta noticia queda cerrada a comentarios.

  • 7

    Teresa de Ávila - 11-06-2009 - 02:38:59h

    Condenación eterna a tan temprana edad? Por otra parte, los padres nunca podrían explicarle a alguien tan joven en qué consiste ese sufrimiento del pecado y la culpa infinita a alguien tan joven.

  • 6

    Jose Miguel - 11-06-2009 - 00:39:32h

    Una vez más, Ferlosio acierta a poner en evidencia la falsa dicotomía con que se nos presentan términos aparentemente de índole distinta, cuando no contraria, en las relaciones de poder: ¿por qué se utiliza la palabra %u201Cinfluencia%u201D contraponiéndola a %u201Cautoridad%u201D, cuando, en sus manifestaciones en las relaciones entre padres e hijos, es imposible trazar nítidamente la línea divisoria que supuestamente las separa? El poder se ejerce de forma brutal o de manera torticera, recurriendo frecuentemente en ésta última instancia a terminologías escogidas %u201Cad hoc%u201D, a tenor de los vientos que soplen: es evidente que es más políticamente correcto, %u201Cdemocráticamente%u201D hablando, decir que se ejerce influencia sobre los hijos que decir que se les impone una autoridad, con la pretensión de seguir haciéndonos creer que la palabra %u201Clibertad%u201D tiene un papel decisivo y determinante en esas relaciones humanas. Pero esta %u201Clibertad%u201D es irrelevante, y no constituye, de ningún modo, la línea divisoria que se pretende. Decidas lo que decidas, en el caso del aborto, siempre va a ser una decisión equivocada y, quizás, no estaría demás que las mujeres optasen por obrar al respecto, no ya desde su seguridad en la decisión final, cargadas de razón, sino desde la más honrada y profunda duda. Por otro lado, hay que tener en cuenta también que, si no hay una legislación que permita el aborto, jamás se podría plantear la disyuntiva y, por tanto, no cabría plantearse el hecho de estar equivocándose.

  • 5

    solalux - 10-06-2009 - 18:31:44h

    Muy bueno el artículo. Los padres tienen muchas y sútiles formas de influir sobre sus hijos, más incluso de lo que ellos mismos creen. Puedo entender que muchos encuentren objetable la ley: son menores, no pueden votar o conducir... pero pueden abortar (claro que igualmente se podría razonar: no pueden conducir o votar pero poder ser madres). He oído muchas voces que dicen que aunque no sea necesario el permiso de los padres, al menos estos deberían ser informados. Pero si los padres son informados la decisión deja de ser verdaderamente libre. Dos cosas podrían ocurrir si esa simple "consulta a los padres" fuera necesaria: que los padres apoyen a su hija en su decisión y la entiendan, en cuyo caso es muy posible que incluso con la actual propuesta de ley una hija (que lo sabría de antemano) confiaría en sus padres, o bien que la obliguen, convenzan, induzcan, persuadan de tener el hijo. Y a partir de ahí pueden ocurrir también dos cosas: que la adolescente nada más ver a su hijo se enamore de tal forma de él que agradezca de por vida a sus padres por haberla asesorado o que la adolescente quede radicalmente aislada de su generación, sin verdadera libertad de seguir unos estudios y desquiciada por una responsabilidad y unos llantos que nunca quiso. Creo que una adolescente sin madurez y responsabilidad suficiente para tomar precauciones podría muy bien pertenecer a la segunda categoría. Los antiabortistas a muerte piensan claro, que se joda a ver tenido cuidado, el feto al que dicen defender solo lo ven como una proyección idealizada del precioso bebé potencial que ELLOS quisieran tener.

  • 4

    Fernando - 10-06-2009 - 17:23:18h

    Como siempre, don Rafael Sánchez Ferlosio es capaz de despejar con palabras las nieblas de palabras con que los palabreros de profesión nublan nuestras mentes. Y eso que el asunto de hoy -el aborto- no es de fácil tratamiento. Pero una vez más, don Rafel acierta. Así que quienquiera entender y no dejarse intoxicar por las neblinas de los botafumeiros, gracias a él lo tiene fácil.

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