TOMÁS DELCLOS 25/07/1996
Internet ya es el presente y, como toda novedad tecnológica, asusta a unos, entusiasma a otros y margina a muchos. La red de redes, sinónimo de libertad e interactividad, no es buena ni mala en sí misma. Es, simplemente, un instrumento cuya utilidad depende de la inteligencia y curiosidad del usuario, sea éste un buscador de ofertas de ocio, un estudioso o un proveedor de servicios. ¿Encierra peligros?, sin duda. ¿Acabará siendo un mero hipermercado?, quizás. ¿Aleja o acerca cuIturas?, ambas cosas, ya que, al igual que el teléfono o la televisión, no está al alcance de todos. Hay que darle la bienvenida con ilusión o con recelo? En el estreno de una nueva era de la comunicación, aquí se analizan sus pros y contras.
Toda nueva tecnología trae consigo un tipo de accidente insospechado. Paul Virilio ha teorizado muy claramente este principio. Introducir un nuevo artilugio técnico implica inaugurar un accidente específico. La máquina de vapor transitando velozmente sobre unos raíles ofrecía un inédito peligro, el descarrilamiento. Sin embargo, no por eso dejó la humanidad de subirse a los trenes.Intemet trae también consigo sus propios accidentes. Muchos citan el espionaje. La inseguridad de los datos que transitan por la red es obvia, pero cuando hay un desastre cibernético los autores del mismo tienen nombres que vienen de antiguo: el espía, el ladrón o, más propiamente, el pirata... hace siglos que circulan por el mundo, aunque, eso sí, los samaritanos chips pueden engordar la fechoría que se propongan. La razonable desconfianza hacia el uso de tarjetas de pago por la red -cuya seguridad tendrá un cercano remedio- no ha de ser superior a la de darla a un desconocido camarero; sin embargo, es mayor, mucho mayor. Esta actitud se sustenta en un recelo más hondo, irreconocible a su propia víctima: el temor difuso ante lo nuevo. Temor que ha propiciado que se multiplique una astuta literatura alarmista que evita caer en la chochez de atacar el avance tecnológico para hacerlo sobre sus usos perversos y anticipar cataclismos culturales e incluso psicológicos a sus usuarios. Se dibujan unos candorosos idólatras de la técnica, e incluso el cine crea un imaginario futurista en el que la fibra óptica es responsable de enormes penalidades.
Es cierto que por la red circulan manifiestos nazis y existe un comercio pornográfico -en nada diferentes a los que se puede encontrar por otros circuitos-, pero ello no puede justificar una cruzada legislativa que supone el regreso de la censura. Es preferible el acceso voluntario -Internet no obliga a nada- a un debate caliente, y confiar en el cumplimiento, por parte de la mayoría, de las normas de etiqueta cibernáutica que la obstrucción institucional a la libre circulación por la red, obstrucción que, previsiblemente, la autoridad tendría la tentación de expandir.
A Internet, algunos tratadistas le hacen culpable de cosas impensables. Que el usuario mayoritario sea blanco y masculino no quiere decir que Internet pretenda consagrar esta distribución de roles y conductas; al contrario, es una excelente plataforma para romper con ellas. Que la miseria telefónica -entre otras- del continente africano le descabalgue prácticamente de las maravillas de la red tampoco es responsabilidad de ésta, sino el reflejo de un trágico desequilibrio. A la culpa por el presente hay que añadirle el triste sino de las futuras telépolis. La cibernáutica enclaustrará, dicen, a los espíritus solitarios, que paliarán su aislamiento carteándose electrónicamente con millones de otros igualmente encerrados en casa. Puede que algunos busquen en Internet un alivio que, al tiempo, perpetúa su soledad. En cualquier caso, Intemet no ha inventado la soledad. Y en el futuro, una ciudad que, gracias al teletrabajo, se ahorre los transeúntes por obligación será mucho más acogedora para el paseo de esos mismos que ahora sólo la cruzan para ir del trabajo a casa, y viceversa.
Al margen de que el ágora cibernética resulta mucho menos inhibitoria que el de la plaza pública, sin que por ello deba sustituirla, el correo electrónico está propiciando una considerable cantidad de encuentros bilaterales cuya camalidad empaña la intangible mística del bit. En Estados Unidos, uno de los colectivos más numeroso dentro de Internet es el del jubilado-da. La llamada tercera edad ha hecho un rápido aprendizaje de internáutica -porque Internet es fácil, y ahí está otro de sus potenciales democráticos-, y sus más destacadas panteras grises no se han metido en la red precisamente para llorar sus achaques.
Los problemas inéditos que plantean las redes cibernéticas han tenido una primera virtud: desenmascarar algunos discursos demagógicos. El autor que siempre clamaba por la proyección social de su obra, y que ahora la puede colgar en ese dazibao planetario, está especialmente preocupado con el cobro de los derechos que puede devengar la difusión informática de la misma. Es una legítima preocupación por una mercancía que hasta ahora sólo denominaba obra. El consumo en Internet no es destructivo. Quien quiera llevarse un programa o una pagina, se lleva una copia. Gracias a los métodos de replicación numérica, la oferta, ante un consumo repetitivo y no destructivo, es estructuralmente abundante, por lo que debe abaratarse por definición. Una edición de mil libros se agota cuando alguien compra el libro que hace mil. En Internet, las ediciones no se agotan, porque no existen. En Intemet está en marcha el proyecto Gutenberg, que introduce obras clásicas, no sometidas a derechos, para su lectura accesible, sin tarifas. Pero también están las librerías con 700.000 títulos en el catálogo que tras la compra informática envían el libro por un cartero. En el futuro, el autor que quiera vender su obra en la red podrá tatuarla, y este tatuaje permitirá seguir hasta qué usuario ha llegado y cuánto la usa. Un usuario que pagará la literatura como ahora paga la luz o el agua, como deudor, tras consumirla. Pero este horizonte no excluye otros. Aunque lleguen las pantallas planas y flexibles, el placer de hojear un libro no se perderá. A propósito de Internet se están entonando unos indebidos funerales, como ya ocurrió cuando se implantó la televisión, a la que se acusó de matar la radio y el cine, dos difuntos que gozan de buena salud.
Intemet, en definitiva, es un soporte que cobija desde enciclopedias -gratuitas o por suscripción- a consejos para el gato, desde quien lo usa para decir lo mismo que comenta en la oficina a quien aprovecha su potencial interactivo y multimedia para indagar en lenguajes y contenidos. Hay un catálogo de mensajes enorme y, al tiempo, impreciso porque, y ahí está su principal encanto, no recluye forzosamente al usuario en la condición de consumidor. Si alguien encuentra algo a faltar en Internet... puede ponerlo él, con una insospechada libertad. Eso sí, después tendrá que conseguir que el vecindario cibernético sepa que lo ha puesto.
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