VICENTE VERDÚ 25/07/1996
Internet ya es el presente y, como toda novedad tecnológica, asusta a unos, entusiasma a otros y margina a muchos. La red de redes, sinónimo de libertad e interactividad, no es buena ni mala en sí misma. Es, simplemente, un instrumento cuya utilidad depende de la inteligencia y curiosidad del usuario, sea éste un buscador de ofertas de ocio, un estudioso o un proveedor de servicios. ¿Encierra peligros?, sin duda. ¿Acabará siendo un mero hipermercado?, quizás. ¿Aleja o acerca cuIturas?, ambas cosas, ya que, al igual que el teléfono o la televisión, no está al alcance de todos. Hay que darle la bienvenida con ilusión o con recelo? En el estreno de una nueva era de la comunicación, aquí se analizan sus pros y contras.
Hace apenas unos años el mundo parecía agotado. El territorio entero había sido censado, el catastro se encontraba a tope y la sola novedad que cabía esperar del espacio era su partición. Ahora, junto al espacio político real, ha crecido una excrecencia virtual que no termina de expandirse y habitarse. Frente a la utopía de la aventura interplanetaria ha brotado la experiencia del internauta, frente a la búsqueda de otros cuerpos extraterrestres llega esta oleada de la descorporización. Los internautas se adentran en busca de una nueva clase de apariciones y, simultáneamente, de una nueva desaparición. De hecho, el universo Internet se define como la sede de una duplicidad de la relación y el descubrimiento, como una opción redoblada de integración pero también como la metáfora de una desintegración personal en partículas impalpables, sólo visibles y audibles en el oscuro túnel de la pantalla.¿Bueno, malo, regular? Todo menos indiferente. Los, apasionados de Internet han encontrado en esta opción una impensada oportunidad de volver a ilusionarse con el futuro del mundo. No sólo algunos disfrutan como enanos; creen en que este instrumento agiganta y que, acabada la fragmentación entre unos y otros, se ha ingresado en la era de la conexión global. Internet no tiene centro, es una red de dibujo democrático y popular; funciona como una segunda naturaleza horizontal donde las diferencias se abaten en beneficio de un paisaje, por fin apaisado, en manos del paisanaje.
Nada sin embargo está del todo claro en esa comarca cuyo destino, como el de otros solares, ha caído en manos de la especulación mercantil... Internet es una oferta agregada para el recreo, el estudio, la terapia, la investigación o el placer, y este sabroso lote adjunto al capitalismo no puede permanecer exento de la gestión del capital. Ya existen explotaciones comerciales de sobra en su interior, pero acaso sólo sea el, comienzo de una vasta explotación total. Los veteranos de Internet vieron en ese piélago de contactos sin leyes el anunciado reino de la anarquía y la libertad, un posmundo liberado de la reglamentación donde cada cual podría bañarse sin las contamina ciones del aquí. Ahora, no obstante, Internet está ya polucionado de anuncios y firmas comerciales, de productos especulares y de vigilantes que paulatina mente se apostan con armas y cámaras de seguridad.
Ciertamente Internet es un trasmundo, pero todos los mundos civilizados se encuentran en la reproducción de éste. Con su calcado modelo de desigualdad, unos de sus habitantes son más y otros menos, unos tienen acceso a sus favores y a otros les falta presupuesto para asomarse a sus gradas. Quienes ya están acomodados dentro o quienes proyectan introducirse ven entre sus ventajas la su operación de obstáculos y el disfrute de opciones superlativas que la informática ha podido agregar a la modernidad. Para quienes siguen y seguirán sin teléfono, sin ordenador o sin módem, no obstante, el sentimiento de desplazamiento se multiplica por dos.
¿Se compensa esta discriminación con alguna redención mayor? No es seguro. Quienes se han adiestrado en la navegación por el ciberespacio encuentran nuevos motivos de estímulo y felicidad y, para muchos de sus usuarios, Internet brinda una parte de lo que el espacio interpersonal no procura o cada vez procura menos. Hay quien confiesa haber encontrado sus mejores amigos en la cibereonversación y sus sensaciones más apreciadas en el descubrimiento de otros seres humanos a los que nunca habría tenido acceso. Para ellos, el mundo parece haberse abrazado en una casa común a la que dan accesos las pantallas y sus windows. Es una comunicación entrecortada, desprovista. de lenguaje corporal, privada de sincronía en los gestos y, a la fuerza, insuficiente, pero ¿cómo no preferir esto a la posible nada? ¿Cómo no pensara la vez que esta conexión, aun incompleta o mutilada, puede ser el global principio de una gran amistad? En esa esperanza, los que aman Internet extienden sus curiosidades, incrementan las pulsaciones de] corazón y las teclas, entregan horas y horas a sentir el mundo y a sus huéspedes en el sueño de la pantalla.
¿No estarán, con todo, renunciando, puesto que el tiempo es finito, a los paseos, a la plaza, al tú a tú carnal? Internet es un consuelo para los solitarios, un juguete para los tecnológicos, un instrumento de formidable utilidad para los escritores, los artistas y los niños. Pero, a la vez, ¿como no contemplar en el sujeto absorto por la pantalla un sucedáneo de la relación integral, una disipación absorbente de la temperatura cuerpo a cuerpo?
Tienen razón quienes arguyen que cualquier nueva invención ha suscitado sospechas y ha sido maquillada con los atributos del mal. Pero ahora, a estas alturas del siglo XXI, estamos tan curados de asombro que da pereza volver a contagiarse de otra enfermedad antitécnica. La vida se ha visto tan elocuentemente alterada por las experiencias de la electricidad, el teléfono, el televisor y el ordenador que sólo farisaicamente cabe escandalizarse con la pornografía del teleputer. La cuestión radica no ya en los instrumentos que va creando la sociedad como en la clase de sistema social al que, sirven. Nada parece bueno o malo si no se le añade su destino. Si la televisión se ha encanallado no es un efecto de sus pávidos rayos catódicos, sino de cuentas mucho mas cegadoras.
Internet cobra dimensión e importancia planetaria justamente cuando el sistema neoliberal impregna como nunca de un punto a otro del mundo. Internet es el gran vehículo para intercomunicar culturas, pero llega bajo la égida de la cultura americana y M idioma inglés, del predominio M valor del mercado sobre todas las cosas, de la entronización del poder económico por encima de cualquier otra fuerza. En este contexto Internet tiende cada vez más a a comportarse como un hipermercado de cualquier cosa: del sexo, de la ciencia, de la interconexión, del ocio, de la cultura de consumo, de la consumación de la cultura. En apariencia, Internet todavía vuela en un giro extraorbital, presuntamente apartado del sistema, pero ya sus viejos conocedores denuncian la progresiva colonización. Siguen existiendo parajes libres, pero cada vez más se representan como nichos en un territorio que pasa a ser dominado por los mismos valores y fuerzas de este lado. Su condición virtual, su fiesta inconoclasta y subversiva continúa produciendo tertulias desobedientes, pero no es seguro que esto sea algo más que un exorno en su totalidad .O acaso no. ¿Acaso podría cambiar Internet el mundo desde su cosmología? ¿Cambiará el sentido del sistema general desde su subsistema? No parece probable, pero la historia es también una categoría biológica sobre la cual ciertas excrecencias acaban decidiendo una bioformación ulterior. ¿Es ésta la ilusión de los internautas? Algunos de los navegantes se plantean estas cuestiones, otros no se enredan con ellas. El debate sigue, entretanto, dentro y fuera de la red.
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