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EDITORIAL

Perversa desigualdad

01/12/2006

 
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Las cuentas de la distribución de la renta en España difundidas por el Instituto Nacional de Estadística (INE) no son demasiado agradables. Según ellas, el 20% de la población española vive por debajo del umbral de pobreza, fijado por el propio INE, según la convención admitida por varios organismos internacionales, en 530 euros netos por persona al mes. No es una sorpresa que la pobreza afecte intensamente a personas mayores de 65 años, ni que los ingresos medios por hogar más bajos se den en Extremadura, Castilla-La Mancha y Andalucía, ni que los más altos correspondan a Navarra, Madrid y País Vasco. Las estadísticas replican la distribución de la renta nacional y confirman la precariedad de quien tiene que vivir de una pensión. Pero sí son especialmente alarmantes dos circunstancias: la primera es que España se sitúa entre los países con mayor grado de pobreza de los Quince, sólo superada por Portugal y al mismo nivel que Grecia; la segunda es que la tasa de pobreza se resiste a disminuir de forma sustancial. A pesar del elevado ritmo de crecimiento económico, apenas ha disminuido en una décima entre 2005 y 2006.

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Para rastrear las causas es necesario recurrir al manido término de la desigualdad en la redistribución de la riqueza que genera el crecimiento económico. Incluso en términos agregados se advierte el contraste extremo entre el elevado y persistente crecimiento de los beneficios de las empresas y el estancamiento nominal y descenso real de las rentas salariales. En España se ha venido enquistando durante muchos años una elevada tasa de temporalidad laboral que suele dejar socialmente desprotegidos a quienes pierden el trabajo. El riesgo de pauperización es todavía mayor en quienes participan como asalariados en la llamada economía sumergida o negra, de infausta raigambre entre nosotros. Las redes de protección social tampoco son demasiado densas en España -a diferencia de las existentes en países como Finlandia, Noruega o Suecia-, circunstancia que explica la elevada presencia de rasgos de pobreza entre los mayores de 65 años.

De la enumeración de causas se deducen fácilmente los remedios. Pero conviene advertir que elevar las pensiones, combatir la economía sumergida y torcer el brazo de la temporalidad son recetas caras y lentas. Eso sí, inevitables, porque la quinta economía europea no debe permitir grados tan sonrojantes de desigualdad y exclusión.

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