Viernes, 10/7/2009

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EDITORIAL

Primer ministro Putin

Comienza en Rusia el experimento diseñado por el ex presidente para mantener el poder

09/05/2008

 
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Vladímir Putin dijo en diciembre pasado que pretendía ser un primer ministro poderoso y duradero, algo que exige reescribir las reglas políticas de Rusia tras la caída de la URSS y reinterpretar una Constitución en la que las atribuciones conferidas al jefe del Gobierno son casi testimoniales. Está en ello. Desde ayer, en un intercambio de papeles cuidadosamente coreografiado, el todopoderoso presidente de Rusia durante los últimos ocho años se ha mudado de despacho, ha sido aclamado por un Parlamento bajo su total control, y pasa a ser teóricamente subordinado del flamante jefe del Estado designado por él. Dmitri Medvédev es su criatura política y fiel escudero desde hace casi 20 años.

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Es una incógnita saber cómo funcionará a medio plazo este volatín institucional diseñado por un autoritario Putin al que la Constitución no permitía más de dos mandatos consecutivos. Los primeros signos son reveladores. Mientras Medvédev, un joven abogado con fama de liberal, jefe del gigante energético-político Gaz-prom, ha asegurado en su primer discurso presidencial que su tarea más importante será desarrollar en Rusia las libertades civiles y económicas y el imperio de la ley, su jefe de Gobierno anunciaba ayer al Parlamento que una de las prioridades de Moscú es potenciar unas Fuerzas Armadas que han recibido desde 2001 más de 300 tipos nuevos de armamento. Putin ha prometido más dinero para los miembros de las fuerzas nucleares estratégicas (bombarderos, submarinos, misiles) y se compromete a la vez a rebajar la inflación y los impuestos (especialmente los petrolíferos) y a aumentar el gasto social y en infraestructuras para llevar a Rusia a la cima en 10 años. No parecen palabras de un mero administrador.

Putin va a seguir siendo en el horizonte inmediato el líder de un país entregado de siempre a las bases personales de la autoridad. Medvédev, 12 años más joven y sin clientela política alguna, le necesita vitalmente aunque no sea más que para proteger sus flancos de la plétora de altos cargos procedentes del KGB instalados en el Kremlin por su mentor. Mientras se dilucida si el nuevo presidente es un ilustre empleado o por el contrario es capaz de impulsar una agenda reformista propia, a Occidente en general y Europa en particular les conviene tomar al pie de la letra sus promesas de hacer de Rusia un país más libre y democrático.

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