Pulso suicida
La crisis tailandesa, con los militares como árbitros, se agrava a medida que pasan los días
El gobierno de Tailandia está desplegando de nuevo centenares de soldados en Bangkok y advierte de que está dispuesto a emplear la fuerza contra los miles de opositores que ocupan acampados el centro de la capital. La fase aguda de la crisis política que está poniendo de rodillas al país asiático y amenaza con escapar al control de sus protagonistas dura ya semanas, y en los enfrentamientos han perdido la vida al menos 26 personas y casi un millar han resultado heridas. La posibilidad de un compromiso se ha desvanecido el fin de semana, al rechazar el acosado primer ministro Abhisit Vejjajiva la propuesta de los insurrectos para celebrar elecciones legislativas en tres meses.
El horizonte del conflicto, cuyas repercusiones callejeras comienzan a extenderse por el noreste del país, es más que sombrío. No sólo porque la tensión y los enfrentamientos en Bangkok -15 millones de habitantes- están devastando la vital industria turística de la segunda economía del sureste asiático. También, y sobre todo, porque a medida que se enroca el dramático pulso entre los camisas rojas -campesinos y trabajadores urbanos, partidarios del depuesto primer ministro populista Taksin Shinawatra- y el Gobierno de Vejjajiva, al que consideran ilegítimo, aumenta la probabilidad de una nueva intervención castrense.
Tailandia es una monarquía constitucional. Sus poderosos generales, por boca del jefe del Ejército, dicen querer una solución política a la crisis. Y son renuentes a implicarse de nuevo en una batalla sangrienta con los civiles como la del pasado 10 de abril. Pero la tradición golpista tailandesa está más que acreditada, la tensión aumenta y los militares son percibidos popularmente como la garantía armada de la élite realista y de su expresión política, el partido del primer ministro, a quien encumbraron al poder en 2008 mediante un enjuague parlamentario.
El mayor peligro para el país surasiático, dinamitada su reputación de estabilidad, es la existencia en ambos bandos de partidarios de escalar la confrontación. El venerado y anciano rey Bhumibol ha roto el lunes su silencio de meses en una alocución televisada en la que, sin embargo, no ha hecho referencia directa a la crisis. Un silencio más inquietante cuando el Gobierno comienza a difundir la especie de que sus oponentes pretenden derrocar la monarquía, de hecho el único factor unificador de Tailandia.
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