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EDITORIAL

Rato desembarca

29/06/2007

 
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Rodrigo Rato tiene suficiente experiencia en la vida pública para saber que resulta difícil de explicar que abandone la dirección del Fondo Monetario Internacional con la mera intención de consagrarse a la educación de sus hijos. Siendo siempre respetables las razones personales, cualquier máximo dirigente de un organismo de la importancia del FMI, al que internacionalmente se le otorga el tratamiento de jefe de Estado, conoce de antemano las ventajas y los inconvenientes personales que conlleva su función, y se sobrentiende que está dispuesto a asumirlos. Cabe interrogarse entonces sobre el grado de compromiso asumido por Rato cuando aceptó el nombramiento al frente del FMI.

Ésta fue una decisión en la que se involucraron algunos de los socios internacionales más importantes de nuestro país, y en particular la Unión Europea, a la que tradicionalmente corresponde proponer los candidatos para esta institución. El apoyo que España recibió entonces, y del que Rato fue beneficiario, no se puede obviar alegando simples razones personales, salvo que fuesen de entidad. Pero tampoco la voluntad de retomar una carrera política nacional resultaría suficiente para atajar la sorpresa internacional por su dimisión, sobre todo cuando hace apenas un año Rato tuvo que enfrentarse a críticas severas que le acusaban de no atender debidamente sus responsabilidades en la institución. Es cierto que su antecesor en la dirección, el alemán Horst Köhler, también renunció antes de completar el mandato. Aunque la razón fue hacerse cargo de la jefatura del Estado de su país, y no dedicarse a tareas personales o privadas, eso no le ahorró a Alemania momentos de incomodidad internacional.

No le faltan motivos al Partido Popular para mostrarse eufórico con el posible regreso de Rato a la escena española. Si las razones personales que ha alegado fuesen una mera pantalla para ocultar otras intenciones, la decisión de reintegrarse a la política nacional, y de hacerlo precisamente ahora, es un movimiento ganador para los populares en cualquier circunstancia. Rato representa, sin ninguna duda, una importante baza electoral, sobre todo si la opción conservadora que encarna se impone al maniqueísmo tabernario de Acebes y Zaplana, o incluso al desparpajo populista de Esperanza Aguirre.

Con un impulso de esta envergadura, Rajoy podría mejorar sensiblemente sus expectativas electorales, e incluso obtener una mayoría, aunque luego faltaría por ver cómo establece un acomodo con Rato, al que dentro y fuera del PP se percibiría como uno de los principales artífices de su eventual éxito. Pero también en el supuesto de que no venciese en la próxima cita electoral, pese al desembarco de Rato tras abandonar el FMI, el PP se habría garantizado seguramente aquello que más debería preocupar a cualquier fuerza política: una solvente alternativa en la cúpula.

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