J. Ernesto Ayala-Dip 10/07/2009
Hace algunos meses, un famoso escritor de nuestro país que vende millones de ejemplares de sus novelas en todo el mundo certificó una curiosa acta de defunción de la crítica literaria. Dijo algo así como que ésta (no aclaró en que lengua) sigue anclada en los años setenta y que los lectores le pasaron por encima. Le pasaron por encima a la crítica literaria, así lo expresó. No recuerdo en la afirmación ningún pesar. Más bien todo lo contrario. Una especie de liberación tras la justiciera operación de limpieza que los lectores (o "sus" lectores, esta instancia tampoco la precisó) tuvieron a bien llevar a cabo con lapidario resultado.
La profesionalidad del crítico no se mide en el terreno mercantil
Este tipo de opiniones bien podrían alinearse con aquellas otras según las cuales el crítico literario no influye (o lo hace en términos irrelevantes) en la lista de los libros más leídos.
¿Hay alguien que todavía piense que la crítica literaria sirve para vender más? ¿Tiene el crítico que demostrar su capacidad de persuasión profesional en el terreno mercantil, por no decir demostrar sus dotes casi de chalán? Y lo que sería letal para su supervivencia: ¿tiene que garantizar a las empresas periodísticas que contratan sus servicios una influencia mediática, siempre imposible de medir, sobre todo en una época en la que está demostrado que un presidente de Gobierno o un ministro esgrimen más credibilidad que un crítico para dicha difusión? ¿No sería más de sentido común exigir al crítico, puestos a exigir con rigor, una eficacia y una transparencia comunicativas (que no abaratar el código específico) a tono con el medio que utiliza para expresar sus análisis, y una seriedad interpretativa amasada con los cuerpos teóricos más contrastados en el campo de la crítica literaria?
Las palabras del escritor famoso que vende millones de ejemplares en todo el mundo tienen su importancia. Las tienen porque ilustran cierto inquietante síntoma cultural; porque no dejan de mostrar el costado más trivial e insustancial de una parte desinformada de la sociedad, incluida a veces en ella el respetable (y necesario) club de los autores que venden millones de ejemplares.
Los lectores, claro está, no tienen la obligación de estar informados al dedillo de las escuelas narratológicas que conforman el abanico teórico del análisis literario, aunque tal vez sí conocer que en la sociedad en la que viven hay unas personas cuya profesión es fundamentar con criterio y argumentos autorizados la bondad o el descrédito estéticos de determinados libros.
Si los lectores no, los autores de ficción (y los de no ficción, dada la difusa frontera que los divide a veces) sí que están obligados como mínimo a no colaborar a las muchas desinformaciones que padece un sector no pequeño de la ciudadanía, siendo la figura del crítico literario una de ellas.
El recurrente tópico del crítico como un individuo que al fracasar como novelista se convierte en crítico literario (se supone que también fracasado) es casi un elogio si se compara con el hecho de pertenecer a un colectivo que se ha ganado a pulso ser pasado "por encima" por los lectores del novelista de turno que se siente incomprendido por esa misma crítica apisonada.
La crítica literaria es una actividad especulativa. Su peculiar solidez estriba en el buen gobierno de las incertidumbres entre las que se mueve. Sus leyes no tienen la consistencia demostrativa de las ciencias, pero las tiene, y siendo aun aproximativas las ampara el rigor de la tradición literaria y de la clasicidad (incluida, por supuesto, la clasicidad contemporánea).
Conceptos como coherencia y equilibrios internos, verosimilitud narrativa y verdad artística, la más o menos consciente idea de un canon gravitando en el examen textual, el siempre proteico concepto de belleza, entre otros, son operativos. Tal vez haya quienes crean conveniente que estos conceptos se apoyen en el psicoanálisis, otros en la sociología, o en la filosofía, o en la historia.
Hubo quienes abogaron por la beligerancia, como Charles Baudelaire. William Butler Yeats decía, siguiendo los pasos de Northrop Frye (que se oponía a la refutación como método de interpretación), que se puede objetar a Hegel pero nunca el Cantar de los Cantares. Otros la entendieron como una disciplina con rango de creación autónoma, como Oscar Wilde. Walter Benjamin, siguiendo al autor de Las flores del mal, insistió en la praxis crítica como un innegociable "combate literario".
Ahora bien, está demostrado que ningún autor está libre de que un libro suyo caiga bajo el ojo de un crítico incompetente. O de alguien que oficie circunstancialmente como tal, que lamentablemente los hay. Y aunque el crítico maniobre también con una idea tan volátil como el gusto (pero que también cuenta), bien debería cuidarse de no abusar de ella hasta el punto de la arbitrariedad o el disimulo de sus lagunas conceptuales. También es un peligro para la obra literaria el crítico unidimensional. El epígono de una verdad estética suprema y a la larga siempre excluyente.
Pero eso es una cosa y otra muy distinta asistir impasible, cuando no a colaborar, al desprecio de la inteligencia crítica.
J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.
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- 10-07-2009Página 1 de 2
10
Ciro3
- 10-07-2009 - 21:10:38h
Menos diversión fácil con un asco de libro y más lectura y relectura reflexiva. Quién sabe, igual hasta mejoramos. Buen fin de semana junto a un buen libro, a ser posible un clásico, pues como dice Renard, "uno siempre se equivoca sobre sus contemporáneos". Se conoce que la cercanía nos impide ver la posteridad. Al muerto, leamos al muerto, aunque no sobreviviera a sus críticos.
9
Ana Gabriela
- 10-07-2009 - 19:53:39h
Me parece que hoy en dia la critica literaria se queda en las aulas universitarias como una asignatura mas. Quien la lee son los profes y alumnos de literatura. El lector comun y corriente no se sirve de las opiniones criticas sino de un exito comercial del libro. O sea, lo que busca el lector es una diversion facil sin tener que pensar mucho. Disfrutar y nada mas...
8
Pedro Abreu
- 10-07-2009 - 18:55:49h
Hay críticos... y crítica. Es como meter a todos los novelistas en el mismo cajón. Una generalización, creo, bastante grosera. De todo hay en la viña del señor.
7
Ciro2
- 10-07-2009 - 16:30:25h
Y aunque no comparto la idea de Flaubert de que los críticos sean como las pulgas, "que siempre saltan sobre la ropa blanca y adoran los encajes", es cierto lo que afirmaba el doctor Johnson cuando señalaba que siempre es preferible un ataque antes que ver ignorada su obra.
6
Ciro
- 10-07-2009 - 16:02:41h
La eterna lucha entre el creador y el que vive a costa del creador. Y con eso ya digo bastante.
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