MANUEL MARÍN 15/11/1998
El resultado de la catástrofe provocada por el huracán Mitch en Centroamérica es concluyente: más de 20.000 muertos o desaparecidos, daños cuantiosos en las infraestructuras, comienzo de epidemias, cosechas perdidas. Existe coincidencia en que la magnitud de la ayuda para la reconstrucción de los países del área debe ser proporcional al daño sufrido. Sin embargo, son diversas las posturas sobre cómo los Gobiernos pueden ayudar mejor a Centroamérica, en especial en caso de la condonación o no de la deuda externa, para que su acción contribuya a eliminar las causas de su atraso estructural.
Cuando Gobiernos y analistas comenzaban a evaluar las consecuencias de la crisis financiera mundial en Latinoamérica, el huracán Mitch ha dejado en ruinas a los países centroamericanos e hipotecado su futuro. Los efectos de la catástrofe han rebasado con mucho los primeros resultados de alcance. Un dantesco escenario que borra de un plumazo años de sacrificio en los que se pusieron en marcha reformas de ajuste dolorosas que han permitido un lento crecimiento económico, años de esfuerzo para fortalecer el todavía incipiente Estado de derecho en naciones con la huella de la guerra civil aún palpable. ¿Qué hacer? ¿De qué manera la solidaridad de la comunidad internacional y de los Gobiernos de los países ricos debe concretarse en una estrategia de reconstrucción a medio y largo plazo que permita a Centroamérica salir del túnel?Sin duda, la reacción popular internacional con los centroamericanos está siendo generosa (admirable en el caso de España); también es alentadora la respuesta de los Gobiernos de los países más desarrollados en general y de la Unión Europea (UE) en particular. Sin embargo, todas estas movilizaciones de la opinión pública, así como los paquetes de ayuda de emergencia, no bastan. Servirán, como máximo, de alivio temporal a esos millares de pobres gentes azotadas por el furor de Mitch a través de alimentos, medicinas o ropa que palien el sufrimiento por unas pocas semanas o meses. Pan para hoy, hambre para mañana. Más que nadie, la UE tiene una responsabilidad política contraída con la región al ser, con el 62%, el principal proveedor de fondos de ayuda al desarrollo que recibe Centroamérica. Desde hace más de diez años, la UE mantiene relaciones privilegiadas con estos países a través del llamado Diálogo de San José, que ha desempeñado un papel fundamental en la pacificación de la región, en particular de El Salvador, Nicaragua y, últimamente, Guatemala. A raíz de la catástrofe, la UE ha respondido mediante un mecanismo en dos etapas: ayuda y rehabilitación de urgencia a través de la Oficina de Ayuda Humanitaria (ECHO) y, además, aportación bilateral de los 15 Estados miembros. Este esfuerzo conjunto ha superado hasta ahora más de 17.000 millones de pesetas.
Los pequeños países de la región padecen el peso de una deuda externa, la mayor parte de ella a largo plazo, que asciende a más de 17.000 millones de dólares. Y son precisamente las dos naciones más golpeadas por el huracán, Nicaragua y Honduras, las que más carga tienen en ese pesado fardo. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en el caso nicaragüense, la deuda, de 7.139 millones de dólares, representa el 322% del PIB y el pago constituye el 24,2% de las exportaciones. En el caso hondureño, la deuda, de 4.030 millones de dólares, representa el 92% del PIB, y el pago, el 28,8% de las exportaciones. Guatemala tiene una deuda de 3.201 millones de dólares (23% del PIB), y El Salvador, de 3.004 millones (35% del PIB).
Es evidente que, si no se logra resolver el problema del endeudamiento, toda la campaña de ayuda internacional a los damnificados habrá sido un simple parche o un mero ejercicio de liberación de complejos de culpa por parte del mundo desarrollado. Ante esta circunstancia, incluso sabiendo que la Comisión Europea carece de competencia institucional para decidir sobre la cancelación de la deuda, estimo que es necesario abordar el problema y plantear su condonación en paralelo a un futuro programa de reconstrucción regional. La comunidad internacional debería estar a la altura de las circunstancias y responder ante la gravísima situación con medidas de generosidad. Existen señales positivas en este sentido que alientan al optimismo. Francia lo ha anunciado, España -principal acreedor- acaba de adoptar un paquete de medidas importantes y otros países están analizando la cuestión.
La historia enseña que la opinión pública mundial pasa rápidamente de una respuesta solidaria motivada por lo terrible de los acontecimientos a un desinterés e impotencia cuando suceden catástrofes o guerras en el Tercer Mundo. Hay que ir más allá y pensar ya en el mañana. La Comisión Europea, tan pronto quede resuelta la demanda de ayuda básica y complete la tarea de evaluación a fondo de la catástrofe, propondrá activar los mecanismos de diálogo institucional contenidos en San José, a fin de elaborar conjuntamente con otras organizaciones internacionales, en el marco de una conferencia económica, un plan de reconstrucción regional a medio y largo plazo. De ahí deberían salir una serie de programas concretos que sirvan para levantar a Centroamérica y devolver la esperanza a la población tan duramente golpeada. Será también el momento oportuno para abordar las deficiencias estructurales existentes, resultado de años de guerras civiles y desórdenes económicos, y propiciar medidas que consoliden la democracia y el Estado de derecho, la transparencia de la economía y la aplicación de legislaciones fiscales que beneficien no sólo a una minoría, sino a toda la masa social que tan injustamente ha sufrido.
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