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La UE no es para Blair

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ 05/07/2009

 
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¿Qué hizo Tony Blair en la Unión Europea como para que hoy se esté hablando de él como posible primer presidente de la Europa unida? Es muy difícil que con su currículo en la mano, alguien pueda confiar en su voluntad europeísta y su deseo de agrandar el papel político y económico de la UE. Difícil creer que Blair puede defender lo que se ha venido llamando el "modelo europeo", inspirado en Alemania y en Francia, nunca en el Reino Unido, o que, llegado el caso, será capaz de sostener un criterio europeo independiente de Estados Unidos.

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Inspira más confianza una democratacristiana como Merkel que un laborista de 'tercera vía' como el británico

Es cierto que Tony Blair tiene carácter, imagen pública, gran habilidad política y una magnífica agenda de contactos. Es cierto también que lo peor que le podría pasar a la UE sería elegir a un primer presidente que fuera un burócrata, una especie de fantoche que presidiera las reuniones del Consejo Europeo y se dejara hacer fotos en todos los aeropuertos del mundo. Seguramente hay algo peor que Blair. Por ejemplo, la posibilidad de que José Manuel Durão Barroso diera el salto desde la presidencia de la Comisión a la presidencia europea o que se juntaran los dos, Blair y Barroso, cada uno en una presidencia y ambos como la imagen de la nueva Unión. Imposible encontrar una fórmula menos atractiva para los ciudadanos (cada vez menos, pero cada vez más necesarios) que todavía confían en que la UE tiene una significación política y un desarrollo futuro. O para quienes todavía tienen en la retina la imagen de la cumbre de las Azores, en la que Blair y Barroso impulsaron la guerra de Irak.

Precisamente porque el Tratado de Lisboa no deja claras cuáles son las funciones del presidente europeo ni sus competencias o poderes, va a resultar fundamental la personalidad del primer político que ocupe ese cargo. La historia de la inicial Comunidad Europea demuestra que esta extraña estructura interestatal depende, en ocasiones, del impulso que le dan personas colocadas en puestos clave, capaces, independientemente de sus poderes reales, de imprimir un "carácter" determinado a su función.

Europa necesita un representante con capacidad política, alguien que crea en el proyecto europeo y que esté dispuesto a darle un empujón, que sea pragmático, pero que no se quede sólo en eso, sino que sea capaz de repensar Europa y de transmitir a los ciudadanos, y a los dirigentes, una idea política ambiciosa, una esperanza. Necesita a alguien que se parezca mucho más a Felipe González y a Helmut Kohl que a Tony Blair.

Seguramente hay pocos candidatos con esas condiciones, pero es imposible que no exista en toda Alemania, por ejemplo, un candidato mejor que Blair. Lástima que la canciller Angela Merkel esté pensando en un nuevo mandato al frente de su país. Las cosas en Europa son hoy de tal manera que inspira más confianza una democratacristiana como ella que un laborista de tercera vía como Blair.

Si Irlanda aprueba en octubre el Tratado de Lisboa, el nombramiento del primer presidente europeo se planteará bajo la presidencia de Suecia (último semestre de este año) y la de España (primero de 2010). Suecia y España se oponen a la elección de Blair, aunque por razones distintas. Suecia es el portavoz evidente de quienes no quieren un primer presidente europeo fuerte, sino un cargo honorífico, un muñeco que se sitúe al lado de la bandera azul y salude con la mano. Desde luego, nadie que tenga ideas, energía o auténtico carácter. España se opone por razones mucho más respetables y debería empezar a buscar aliados, sobre todo en Alemania. Los más difíciles de convencer serán, como siempre, quienes creen que Blair, una vez nombrado presidente de la UE, experimentará un cambio milagroso y mostrará su verdadera vocación europeísta. Lamentablemente, en la mayoría de los casos, las cosas son lo que parecen. Algo verde, de barro y con asas es una jarra. Y alguien con el currículo de Blair es un euroescéptico que intentará amoldar el futuro de Europa a esa visión desconfiada.

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