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JAVIER PÉREZ AJA - Bilbao - 27/02/2008

 
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Me llamo Javier Pérez Aja. Y debo de tener buena suerte, porque estuve muerto en vida cuarenta y cinco días. Al menos, eso dicen, porque me dejaron en coma profundo durante ese tiempo.

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Y llevamos ya demasiado tiempo asistiendo al uso interesado de nuestro dolor para usarlo en la confrontación política. ¡Qué siniestra paradoja! Que nuestro dolor se haya convertido en un arma para hacer daño a los que no piensan como ellos. Ésa es la triste y penosa verdad del uso que la derecha reaccionaria, populista y demagoga hace de nosotros, las víctimas. Primero nos convirtieron en un muestrario que enseñar en las manifestaciones del odio los sábados por la tarde. Más tarde, en un ariete para castigar al presidente del Gobierno.

Ahora ya sólo servimos para teñir de sentimentalismo un pobre discurso electoral. De un tiempo a esta parte tengo también la sensación angustiosa de que me hacen revivir mi muerte para que odie a mis amigos, a mis compañeros, a mis familiares, a los que me quieren. Y es que el que acusa al presidente del Gobierno de agredir a las víctimas no calcula la idea tan horrible que su cruel acusación encierra.

¿Agredir? yo sólo me siento agredido por la maldad de los asesinos -de los que intentaron asesinarme-, por el silencio de sus cómplices, por el interés calculado de los que nos hacen convivir con este horror porque comparten la idea final de su proyecto. Yo sí que me siento agredido por quien dispara contra mí disparando contra el presidente del Gobierno balas de indignidad, de miseria moral, de oportunismo político y de indecencia ética.

Señor presidente, querido José Luis: yo sé quién empuña las pistolas; quién activa los detonadores. Sé bien quiénes lucháis contra ellos. Sé bien cómo sufren las familias de las víctimas. Lo que sufre mi familia.

Y lo sé no porque lo haya hablado, sino por lo contrario, porque guardamos un silencio impregnado de tanta tristeza como de respeto por los que no pueden compartir con sus familias la alegría de la vida. Deseo que no haya más odio criminal ni más odio electoral. Pido la paz y la palabra.


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