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EDITORIAL

La otra cara del Mundial

17/03/2006

 
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Las autoridades alemanas esperan que más de tres millones de extranjeros viajen a Alemania para presenciar los encuentros de la Copa del Mundo, que se disputará en ese país en junio y julio próximos. Junto a estos visitantes está previsto que lleguen miles de prostitutas procedentes de otros países, a través de redes ilegales. De hecho, junto a los preparativos deportivos se han observado otros que han causado alarma entre quienes luchan contra la prostitución y la trata de mujeres. Junto al estadio de fútbol de Berlín se ha construido un gran prostíbulo de 3.000 metros cuadrados capaz de ofrecer servicios sexuales a más de 650 clientes por turno. Aunque este magno burdel abrió sus puertas hace cinco meses, al amparo de la ley que en 2002 legalizó la prostitución en Alemania, es todo un mal ejemplo de la gran expansión que está experimentando en toda Europa el negocio de la prostitución.

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El Parlamento europeo ha acordado instar a Alemania a que tome "las medidas oportunas para evitar la trata de mujeres y la prostitución forzada" durante la celebración del Mundial, a la vez que reclama un marco legislativo común en la Unión Europea. En estos momentos conviven en el seno de la UE países que prohíben la prostitución y castigan la compra de servicios sexuales, como Suecia, y otros que, como Holanda o la propia Alemania, la han regulado para ofrecer a las meretrices un marco legal de protección.

El problema es que la prostitución es un fenómeno absolutamente transnacional, como transnacionales son las redes que la explotan. Por mucho que las autoridades alemanas quisieran frenar la llegada de prostitutas con motivo del Mundial, difícilmente podrán impedir que entren mujeres forzadas por las organizaciones criminales. Está claro que el fenómeno de la prostitución está creciendo de forma alarmante. Las redes mafiosas recurren con frecuencia al secuestro y al rapto para reclutar a las mujeres, y aunque no lo hicieran, la prostitución se nutre de la pobreza y ahí van a tener siempre una enorme cantera que explotar.

Hay otra constatación que obliga a replantear el problema: la mayor libertad sexual no ha traído consigo una menor demanda de servicios sexuales de pago. Al contrario, la mentalidad consumista hace que hoy se considere normal comprar servicios sexuales no por una necesidad, sino por el mero derecho a comprar lo que está en venta. Cuanta más oferta, más demanda, y cuanta más demanda, más negocio y más oferta. Una espiral infernal que en algún momento habrá que cortar.

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