Domingo, 12/10/2008

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TRIBUNA: ANTONIO GALA

La crisis del teatro

ANTONIO GALA 18/10/1981

 
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La crisis del teatro no es un fenómeno reciente, pero la atonía en que se encuentra la escena española en estos años ha agudizado la decepción proporcionalmente a la expectativa de vigorización cultural que se depositó en la democracia. Sumadas ya dos épocas de regímenes políticos distintos con resultados indigentes, surgen las sospechas, bien sobre la misma viabilidad del género en unos tiempos donde el cine o la televisión le han arrebatado su monopolio dramático, bien sobre las sucesivas políticas culturales de la Administración que han maltratado esta forma de expresión artística. Las cinco opiniones que a continuación se expresan valoran esta disyuntiva, pero además examinan, no sin vehemencias enfrentadas, los rasgos que en general definen el panorama del teatro.

¿Qué crisis?, ¿qué teatro?

Detesto tocar de oído. Detesto opinar a humo de pajas. Detesto los planteamientos superficiales de problemas que acaban por transformarse en comensales nuestros sin haber sido invitados. Desde que tengo uso de razón -y quizá nó haga tanto, si es que tengo- estoy oyendo hablar de la crisis del teatro. (Y de otras, por supuesto). Esa expresión no se le cae de la boca a ningún periodista, a ningún anfitrión, a ningún asistente a cóctel que te aborde, a ninguna sabihonda doña Concha. La palabra crisis goza de una especial fascinación. De ahí que sea imprescindible, para saber de qué hablamos, saber lo que decimos. Crisis es la "mutación considerable que acaece en una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para a gravarse el enfermo". Y, por extensión, "el momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes". La metáfora no es capaz de llegar mucho más allá sin asfixiarse. Cualquier crisis, por tanto, es, igual que una pulmonía, pasajera: el enfermo, o se muere, o se cura: no hay pulmonías crónicas. No se puede vivir en crisis siempre. En tiempos del general Franco era inexacto hablar de la oposición, por lo menos en un sentido escricto: una oposición no dura cuarenta años: a eso se le llama ya resignación. En aquella época, sin embargo, la crisis del teatro era menos vociferada que hoy, precisamente porque apenas se le exigía otra cosa que resignarse también.Fue entonces, no obstante, cuando mi teatro atravesó momentos más críticos. Cuando se retiró manu militari, El Sol en el hormiguero; se retuvo durante años Anillos para una dama; se prohibió ¡Suerte, campeón!; dejó el público estrellarse Noviembre y un poco de yerba; me desconocían los productores y empresarios; se me redujo a estrenar Spain's strip tease en un café, y a hacer adaptaciones de Claudel, y, en fin, se mutilaban cuantas piezas salían de mi mano. Ahora yo tengo con éxito en cartel dos obras. Petra Regalada y La vieja señorita del paraíso, son mi aportación a lo que yo llamo teatro de sutura, que consiste en procurar, lo mejor y lo antes posible, la cicatrización de las heridas. Pero -alguien lo dirá- yo no soy hombre de teatro (en efecto: soy un escritor que, de cuando en cuando, lo escribe), y además -alguien lo pensará- una golondrina no hace verano (en efecto: por eso intento aclarar objetivamente el tema).

Y lo primero es preguntar a qué crisis se refiere quien habla de la crisis del teatro. ¿A la del teatro que se escribe?, ¿a la del que se representa?, ¿a los modos de ser representado?, ¿al modo de ser recibido -o no recibidopor el público? ¿O a todo lo anterior? Yo entiendo, en líneas generales, que el teatro no va nunca por delante de la vida: es un trasunto suyo. Hasta en los horarios tiene que reducirse a seguir las costumbres: una duración soportable, y darse, como un aperitivo o un digestivo, antes o después de la cena. Quien le echa broncas al teatro por las dos funciones diarias es un insensato: la función única tiene que requerirla la sociedad a la que el teatro se dirije. El teatro no,es un hecho estatal, sino social. Cultural y social. Y es un arte de participación o no es nada: o refleja la sociedad o se invalida. Y la sociedad que refleja el teatro está -ella sí- en crisis. No es que el teatro pase un mal trago especial, sino que forma parte de un conjunto -medios de comunicación, política, familia, espectáculos, pareja,diversiones, religión, economía, etcétera- que pasa, todo él, un malísimo trago. ¿Qué sociedad mediocre ha disfrutado alguna vez de un teatro glorioso?

Faltan de buenos autores

En definitiva, lo que en España se echa de ver es la escasez de buenos autores. Y eso es una consecuencia de la escasez de espectadores. Veámoslo, si no. ¿Qué es lo que hace atractivo, para los jóvenes escritores, al teatro? El éxito -sea efímero o no: eso es otro problema-, el dinero y la necesidad de expresarse a través de ese género literario concreto. Si la gente no va al teatro los dos primeros reclamos desaparecen, y los posibles autores se desanimarán. (¿Qué es una voz sin eco? ¿Qué es un rostro sin unos ojos en los que mírarse?) Si lo que les atrae es la tercera causa se desanimarán también, pero no tendrán más remedio que continuar para cumplirse. Estos tozudos robínsones son los únicos que auténticamente deben llamarse autores. ¿Que son hoy pocos? Claro, y menos que serán si la sociedad deja de ser espectadora. En sus manos está mejorar el teatro; no en las del Estado, que lo que debe hacer es no estorbar y responder a las aspiraciones de los ciudadanos. En el reparto de los papeles que en el teatro existen -el del autor, escribir sabia y hermosamente; el del actor, vivir y recrear; el del director, imaginar y sostener; el del técnico, colaborar y solidarizarse; el del empresario, limitar sus ambiciones; el del crítico, aceptar su oficio intermediario-, en ese reparto de papeles, a la sociedad le corresponde, como primera providencia, acudir al teatro. Y luego, cuando ya sepa de él, que hable de crisis.

Antonio Gala es escritor, dramaturgo y presidente del Centro Español del Instituto Nacional del Teatro.

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