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ANÁLISIS: EL ACENTO

Lo que dijo Sarkozy

18/04/2009

 
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Nicolas Sarkozy es un personaje ajeno a la majestuosa distancia galicana a la que nos tiene acostumbrados la jefatura de Estado francesa, no ya desde Charles de Gaulle, sino desde Pipino el Breve. Pero el presidente de la V República, con su bulimia de la palabra, diríase que hace siempre voto de extrema desenvoltura.

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Y así es como en una conversación privada entre altos representantes de la política francesa, dicen que dijo que José Luis Rodríguez Zapatero era "quizá poco inteligente", lo que en algunos medios españoles ha sido considerado un faux pas, toda una ligereza imperdonable.

Para saber exactamente lo que dijo habría que haber estado allí, y ni siquiera el sostenella y no enmendalla del diario parisiense que dejó caer la especie nos parece fuente suficiente para dar nada por sentado. Pero lo que Sarko, a la luz de la hermenéutica más elemental, dijo nos parece mucho más un elogio que cualquier otra cosa; tanto que, seguramente, ni falta hacía que el Elíseo se apresurara a desmentir tanta desinvolture.

Lo que el líder gaullista quiso decir era que el mundo está lleno de listos, de grandes eruditos, de primeros de la clase que habían demostrado ser incapaces de ganar unas elecciones, muy al contrario que el presidente del Gobierno español adornado, sin embargo, de muchas menos pretensiones. Y al hablar así Sarkozy se refería a librescos coleccionistas de diplomas en su propio país, sector izquierda, que lo miraban por encima del hombro, pero a los que había batido irremisiblemente en las urnas. Se aludía, por tanto, también a sí mismo comparando su suerte electoral con la de Zapatero.

Eso no significa que haya que dar por bueno todo lo que hace y deshace el presidente francés, ni que tenga que servir de modelo al propio jefe de Gobierno español, visiblemente más austero de comportamiento y sobrio de palabra.

Pero cualquiera que haya visto imágenes de los encuentros Sarkozy-Zapatero en París o Madrid tiene que estar muy cegato para no captar la excelente onda que reina entre ambos. Por ello, hay motivo para creer que el presidente francés hace cualquier cosa menos emplear el nombre de su homólogo en vano.

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