ANA-LUISA RAMÍREZ - Valencia - 13/12/2008
Quisiera suscribir el brillante artículo La estafa del enseñar a enseñar, publicado el 8 de diciembre en EL PAÍS. Agradezco a José Luis Pardo, Javier de la Oliva y tantos otros firmantes esa certera crítica al escaparate bochornoso y ya recalcitrante de rizar el rizo en las "modas" educativas. Menos formas y más fondos necesitamos. Los expertos que impulsan a formadores de formadores para enseñar a enseñar cómo se aprende a aprender parecen querer que parezca que al final se enseña algo, no sé qué, porque ya me he perdido. ¿Será que se trata de eso, de tenernos a todos perdidos?
Con frecuencia me canso de una eterna pregunta: "¿Qué hace falta para que el niño lea?". ¡Pues qué va a hacer falta sino leer buenos libros! Ponerlos al alcance de su mano, compartirlos y disfrutarlos durante largos años. La pega es que todo ello exige apasionarse y eso no entra en la simpática fórmula que se esperaba como respuesta. Borges lo dijo de una forma clara, concisa y contundente: No se puede enseñar algo, sólo se puede transmitir ese amor por ese algo. Y es que quien sabe transmitir conocimiento es, indefectiblemente, un eterno y apasionado aprendiz, no un coleccionista de fórmulas rizadoras de rizos.
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