Alberto Ríos Mosteiro - Madrid - 02/08/2006
No hay condena ni alto el fuego: sólo los lamentos de quienes han perdido a sus seres queridos, de quienes se preguntan dónde está la comunidad internacional mientras les bombardean sin cesar desde hace quince días. Otros también se lamentan, pero de forma bien distinta: el Consejo de Seguridad de la ONU lamenta la matanza de Qana, pero no condena a quien la ha llevado a cabo. No lo hace porque EE UU lo impide.
La muerte de cuatro observadores de Naciones Unidas provocó una reunión urgente y la petición del cese de hostilidades: las muertes de cientos de civiles, muchos de ellos niños, no habían conseguido una respuesta tan unánime y tajante por parte de la ONU. Pero todo se quedó, de nuevo, en una mera declaración de intenciones: mientras EE UU permita y colabore en esos ataques proporcionando armamento, sólo habrá lamentos y las condenas se quedarán en meros intentos.
No puede extrañarnos que la población libanesa se manifieste ante la sede de la ONU y aclame a un líder terrorista cuando nadie acude en su ayuda. No puede extrañarnos que muchos se pregunten qué papel juega la ONU en pleno siglo XXI cuando sus decisiones y sus actuaciones se encuentran limitadas por la voluntad soberana de EE UU. No puede extrañarnos que tanta violencia consentida alimente más incomprensión, más odio y más venganza.
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