Lunes, 12/5/2008, 08:07 h

ELPAIS.COMEl País semanal

REPORTAJE

Hombres y mujeres orquesta

SANDRA ELLEGIERS 29/06/2007

 
Vota
Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 5 votos
Imprimir   Enviar

Jelka Weber. Sola con su flauta

La noticia en otros webs

Jelka Weber (1971, Achern) sabe muy bien lo que es la soledad de género. También abrir brechas y romper barreras. Después de ganar concursos como flautista, estudiar en Múnich, haber sido becada por la Yamaha Music Foundation of Europe y tocar con la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, llegó a Berlín. Fue hace 10 años, en 1997. Mientras completaba su formación como intérprete de flauta, le propusieron cumplir un sueño después de haber demostrado, ante ese gran cazador de talentos que sigue siendo Claudio Abbado, que podía hacerlo. Así entró en la Filarmónica de Berlín. Fue la primera mujer que formaba parte del grupo de los vientos.

Wenzel Fuchs. De la banda a la Filarmónica con el clarinete

Cuando Wenzel Fuchs (1963, Innsbruck) tocaba el clarinete por esos pueblos perdidos de los Alpes austriacos no imaginaba que acabaría formando parte de la mejor orquesta del mundo. Pero aquellas músicas de raíces populares que interpretaba con las bandas de viento por las localidades de los alrededores de Innsbruck hicieron calar en él una vocación que le acompañaría toda su vida. A los 19 años debutó como solista de la orquesta de la Volksoper de Viena y en 1993 ingresó en Berlín. Ya es de los veteranos, y ahora está volcado en la educación. Enseña en la academia de la Filarmónica, en la Universidad de Sakuyu (Japón) y en el conservatorio de Shanghai.

Madeleine Carruzzo. La primera violinista

La violinista suiza Madeleine Carruzzo (1956, Sion) fue la primera mujer en conquistar un lugar en el territorio exclusivamente masculino que fue la Orquesta Filarmónica de Berlín hasta 1982. Y lo hizo discretamente, convenciendo con la calidad del sonido, lo que la permitió entrar a formar parte de los primeros violines. Debe de ser duro sentirse rodeada de 120 hombres, pero desde que tenía 10 años sabía que quería ser músico profesional y llegar lejos. Su camino empezó estudiando junto a Tibor Varga, el director del Festival de Sion, su ciudad natal. Con él pudo entrar en el conservatorio de Detmold (Alemania), donde llegó a ser profesora. Hoy es pionera entre las demás.

Stefan Schulz. El trombón que llegó del Este

Stefan Schulz (1971, Berlín) llegó a la Filarmónica de su ciudad en 2002. Lo hizo desde el otro lado de la puerta de Brandeburgo. Allí, en el Este, tocaba también el trombón, pero a las órdenes de Daniel Barenboim en la otra gran orquesta berlinesa, la Staatskapelle, donde entró en 1993. Fue profesor de su instrumento en la academia de la orquesta; además es titular de la Ópera Estatal de la capital alemana, y ha enseñado también en Hannover y en dos instituciones berlinesas más: el conservatorio Hanns Eisler y la Universidad de las Artes.

Edicson Ruiz. La savia nueva del contrabajo latino

Si hay una prueba evidente de que Simon Rattle ha insuflado juventud y savia nueva a la Filarmónica de Berlín, puede verse en Edicson Ruiz (Caracas, 1985). Entró con 17 años en la orquesta, por eso tiene el récord de juventud. Ha sido el músico más joven en ingresar desde que ésta se creara, en 1882. La culpa fue de su madre, Morella Derruelles, que tras divorciarse decidió meter al chico en la escuela de música del barrio, en Caracas, "porque era muy rebelde". Allí, en un conservatorio sin medios de una barriada latina deprimida, aprendió suficiente disciplina para ganarse la vida como músico. Tocó con la Joven Filarmónica de Venezuela y con la Sinfónica Simón Bolívar, pero los ojeadores de Rattle le ficharon sin tardar.

Marion Reinhard. El hipnótico sonido del fagot

Desde niña, ese sonido que es como un río de aire con el que perfectamente uno puede echarse a volar, atraía a Marion Reinhard. Pero hasta que tuvo 16 años no pudo cargar con un fagot. Entonces empezó a estudiarlo, y en 1995 se trasladó a la academia de la Filarmónica de Berlín, que en su día fue creada por Von Karajan. Allí es donde se forman las jóvenes promesas. Antes había estudiado en Núremberg, su ciudad de origen, donde ya entonces soñaba con entrar a formar parte de una gran orquesta. Fue en 1999 cuando llegó a la mejor. Aunque también compagina su actividad con grupos de cámara como el Ensemble Berlín o el Quinteto Orsolino.

Jonathan Nelly. El sueño de sustituir a un ídolo del oboe

Cuando Jonathan Kelly (Petersfield, 1969) escuchaba de niño y con los oídos bien abiertos las grabaciones de su ídolo, Lothar Koch, oboe solista entonces de la Filarmónica de Berlín, jamás imaginó que un día ocuparía su puesto. Quizá por eso, sin que tuviera demasiada confianza en una carrera musical, estudió historia en la Universidad de Cambridge. Pero la llamada de ese instrumento debe de ser tan poderosa para los que se sienten hipnotizados por él que compaginó su pasión por la historia con estudios en el conservatorio de París y la Royal Academy de Londres. En Birmingham entonó con Simon Rattle, y hoy sigue junto a él en Berlín.

Armin Brunner. De la banca al violín

De los primeros en darse cuenta de que el destino de Armin Brunner (Basilea, 1945) no estaba entre los balances de las cuentas financieras fue su padre, un rico banquero suizo. En la familia era esencial tocar el violín, y cuando el señor Brunner vio las aptitudes de su hijo, apenas dudó. Estudió en su ciudad y pronto integró la Camerata Bern. Un amigo de la familia, el mecenas Paul Sacher, le inculcó su interés por la música contemporánea y por la antigua a partes iguales, algo que desarrolla con sumo placer dentro de la Filarmónica, pero sobre todo en otras formaciones de cámara.

Rianer Seegers. El poder del tambor

El hecho de que su abuelo fuese trompetista de la Gewandhaus de Leipzig marcó el futuro de Rianer Seegers (1955, Dessau). Aunque él cambió el viento por la percusión y su mentor lloró del disgusto al enterarse de la traición. Pero Seegers estaba demasiado fascinado por el poder de los tambores, algo que ahora compagina con su afición a coleccionar mariposas: 40.000 ejemplares ha llegado a juntar. Lleva 23 años en la Filarmónica de Berlín y además es profesor del conservatorio berlinés Hanns Eisler.

Pasan los años, la leyenda permanece. Por J. A. Vela del Campo

La Filarmónica de Berlín nació de un acto de rebeldía en 1882, cuando 54 músicos abandonaron la orquesta privada del siberiano Benjamin Bilse, con la que fundamentalmente entretenían al público ocioso a la hora del café o la cerveza. No estaban de acuerdo con sus métodos autoritarios y, sin embargo, se sentían atraídos por la personalidad de Hans von Bülow al frente entonces de la orquesta de corte de Meiningen. En un plazo de cinco años, los "músicos rebeldes" ya consiguieron ficharle como director, y con ellos permaneció hasta 1894, poniendo los cimientos artísticos de una agrupación predestinada a figurar en un lugar destacado de la historia del arte. Después vendrían Arthur Nikisch, de 1895 a 1922, y Wilhelm Furtwängler, de 1922 a 1954, para consolidar y enriquecer desde perspectivas complementarias una leyenda de la interpretación musical. La orquesta tenía una especial habilidad para elegir en cada momento al director que más le convenía. Muy pocos, desde luego. Y así la dimensión en cierta medida filosófica de Furtwängler dejó el terreno abonado al carácter industrial y glamouroso de Herbert von Karajan, de 1955 a 1989, y esta relación puso en bandeja la necesidad de la línea dialogante de Claudio Abbado, de 1989 a 2002, hasta que tomó el relevo Simon Rattle, con sus ideas de proyección social y su adaptación a un mundo que evidentemente no es el de antes, ni siquiera para las orquestas de élite.

La actitud inquieta, la conciencia de ir por delante, la búsqueda de nuevas vías, han caracterizado siempre a la Filarmónica de Berlín. La misión de una orquesta va, en su caso, más allá de la perfección del sonido o de la posibilidad de un repertorio extenso o de la capacidad de matización estilística. Una orquesta debe tocar con el mayor grado de exactitud y poesía imaginables, pero también puede dar respuestas desde su posición al tiempo histórico en el que está. Con Simon Rattle de director musical, la Filarmónica de Berlín ha invitado a directores historicistas o centrados en el barroco, como William Christie, en un intento de profundizar en las raíces o en otra manera de enfocar el sonido; ha participado en una película como Esto es ritmo, donde se realiza un proyecto pedagógico a través de Stravinski y la danza con institutos o escuelas de zonas conflictivas; ha realizado una experiencia en una cárcel berlinesa a partir de El oro del Rin, de Wagner; ha ampliado su política de conciertos al aire libre con una Quinta de Mahler frente a la montaña de Saint Victoire en el centenario de Cézanne, o, en fin, se ha prestado a coproducir una tetralogía wagneriana entre el Festival de Pascua de Salzburgo, el más aristocrático del planeta, y el de Aix-en-Provence, que a su lado parece casi una fiesta campestre. No es que toda la orquesta apoye con entusiasmo estas iniciativas, pero al menos se llegan a realizar. Y ello supone un signo de distinción.

Luego está el espíritu de la Filarmónica, la presencia incluso física. Ese grupo de contrabajistas que salen a calentar con antelación en todos los conciertos para estar más en punto cuando la música empiece a sonar, o esos violinistas que saltan literalmente de sus asientos para acentuar el lado expresivo de un movimiento o pasaje. Estos detalles visuales generan confianza y dan una imagen de que se juegan la piel en cada concierto. No son funcionarios, vaya. La incorporación de jóvenes, bien a través de la propia academia de la orquesta o de otros lugares (no hace mucho se ha integrado un contrabajista de la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar de Venezuela), se produce sin traumas. Las renovaciones no suelen afectar al rendimiento global. Las pruebas selectivas son exigentes, y el nivel de motivación, muy alto. La orquesta depende de sí misma, en cuanto a calidad se refiere -le va en ello la supervivencia-, y es distinguida en la apreciación popular como "embajadora cultural" de Alemania en el mundo: una responsabilidad, a la vez que un estímulo.

Queda en el aire esa pregunta que tanto gusta a los periodistas: "¿Es la Filarmónica de Berlín la mejor orquesta del mundo?". Pues según como se mire y qué se pone en juego. Sí es mi favorita, desde luego, pero ello no impide la admiración y el reconocimiento por la Filarmónica de Viena, la Sinfónica de Chicago, la del Concertgebouw de Amsterdam o la Staatskapelle de Dresde, pongamos por caso. Lo sorprendente es que pasan los años y la leyenda de la Filarmónica de Berlín permanece. Cambian los tiempos, se suceden los directores, hay relevos generacionales en los músicos, y la orquesta sigue manteniendo implacable, como una ley inmutable de la naturaleza, su carisma, su solidez, su sonido, su flexibilidad, su energía y su compromiso con la música y con la vida. No le demos más vueltas. Una orquesta como la Filarmónica de Berlín es un privilegio del mundo en que vivimos.


Vota
Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 5 votos

¿Qué es esto?Compartir:

delicious  digg  technorati  yahoo meneame wikio

Puedes utilizar el teclado:

aumentar texto disminuir texto Texto   

Otras ediciones

 
 
asociados otros medios

© Diario EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

© Prisacom S.A. - Ribera del Sena, S/N - Edificio APOT - Madrid [España] - Tel. 91 353 7900

Exposición Internacional Zaragoza 2008
Canal de la Sociedad de la Información