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PEDRO UGARTE

La cáscara vacía

PEDRO UGARTE 07/11/2009

 
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La nueva posición del PNV con relación al aborto ha sido apuntalada con urgencia. Iñigo Urkullu opina que la sociedad actual ya ha aceptado la legitimidad del aborto y Margarita Uria que su posición va en consonancia con la mayoría: "Allá cada uno con las creencias que tenga en casa".

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El PNV percibe un cambio en la mayoría social y considera que ese cambio debe guiar su pensamiento. Pero si se siente obligado a sintonizar con las mayorías, siguiendo su mecánica intelectiva del aborto, insistir en la causa nacional vasca en Navarra también sería "dar la espalda a la realidad". Entonces, ¿por qué no mejorar la ley eliminando la disposición transitoria cuarta de la Constitución? Sin duda, el PNV no lo admitiría, lo que nos lleva a una conclusión: sólo en la cuestión nacional tiene el PNV alguna idea, el resto de su programa se diluye en un acomodado relativismo. El ideario del PNV es una cáscara vacía que llenarán en cada momento las encuestas de opinión.

Esta indefinición doctrinal repugna a cualquier persona que tenga ideas propias sobre moral pública o privada, sobre política económica o sobre cualquier otra cuestión. El votante debe saber que el programa del PNV, al margen del proyecto nacional, es un reflejo de la sociología del momento y será modificado cuando las circunstancias lo aconsejen. Al contrario que un partido socialista o conservador, el PNV es ya un partido sin ideología, sin ningún valor que resista las batidas del tiempo, el capricho de tertulianos y columnistas, el griterío de los grupos de presión. El PNV orienta su discurso según las doctrinas hegemónicas. El PNV ya no tiene ideología y exige que quien la tenga la deje en casa, quizás para no poner en evidencia que su única lealtad es al sociómetro de guardia; una grotesca aplicación de la ocurrencia de Groucho Marx: "Estos son mis principios, pero si no le gustan no se preocupe: tengo otros".

El PNV requiere votantes impasibles ante los debates de nuestro tiempo, votantes que mantengan su conciencia plegada en el armario. Es el partido el que define qué es lo socialmente aceptado, lo simpático, lo progre, y los demás a asentir como paletos. Esa visión castrante de la política le permitirá perseguir el poder sin dependencia de ninguna una idea concreta. Y esto no se reduce a la gravísima cuestión del aborto: ¿alguien puede aventurar si el modelo económico del PNV tiende hacia lo socialista o hacia lo liberal? La pregunta es en sí misma imposible: no hay respuesta posible.

Nadie con ideas propias, sean estas las que sean, puede plegarse a esa variabilidad casi meteorológica. Políticos que piden a la ciudadanía que dejen en casa sus creencias son políticos a los que las creencias, en general, les traen al pairo. Y a ellos sí cabría exigir que se callaran: el espacio público pertenece a los que tienen algo en que creer y algo por lo que luchar.

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