Miércoles, 9/12/2009

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REPORTAJE: Unos hallazgos bajo sospecha

El caso resucita el episodio de la cueva de Zubialde

El segundo fiasco de la arqueología alavesa deprime a sus profesionales

E. A. - Vitoria - 21/11/2008

 
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La arqueología alavesa está deprimida. El fiasco del yacimiento de Veleia ha supuesto un rejón casi de muerte a la profesión en la provincia, a la vez que ha hecho perder la credibilidad de las instituciones, siempre prestas a avalar los hallazgos y regarlos con dinero público sin antes confirmar su verdadera autenticidad. El fraude descubierto en la excavación ha resucitado un viejo fantasma, el de las pinturas rupestres de la cueva de Zubialde, cerca del Gorbea, que las instituciones (especialmente la Diputación alavesa) creían enterrado para siempre.

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Las instituciones pierden credibilidad al avalar hallazgos sin contrastarlos

La justicia obligó al 'descubridor' de Zubialde a devolver el dinero

Pero ese fantasma ha vuelto, y con él también regresa el bochorno, la misma sensación de vergüenza que se vivió en la provincia en 1991, cuando definitivamente se confirmó que las pinturas rupestres descubiertas por Serafín Ruiz, un estudiante de Historia aficionado a la espeleología, eran falsas. Las instituciones vuelven a tropezar en la misma piedra, a pagar sin cerciorarse de si en realidad lo que están pagando es auténtico, a dar por bueno un hallazgo que puede resultar impresionante, pero sin contar con los suficientes avales científicos ni el tiempo necesario de maduración.

En el caso del fraude de Zubialde, la historia se remonta a abril de 1990, cuando Serafín Ruiz se encontró en las inmediaciones del monte Gorbea, en la parte de Álava, con la entrada de una cueva que supuestamente había permanecido oculta hasta entonces. Se internó y se topó con la gran sorpresa: pinturas rupestres de todo tipo, desde un mamut hasta rinocerontes lanudos pasando por símbolos, manos, cabras y bisontes. Los dibujos se conservaban en un perfecto estado y constituían un hallazgo prehistórico fabuloso, a la altura de Altamira o Lascaux, se dijo. La caverna pasó a llamarse Zubialde, por la proximidad del río del mismo nombre.

Ruiz presentó su descubrimiento a la Diputación de Álava, que se frotó las manos. El entonces diputado general, Alberto Ansola (PNV) calificó el hallazgo de "santuario rupestre". La recompensa para Ruiz ascendió a 12,5 millones de las antiguas pesetas. Varios antropólogos vascos concluyeron que las pinturas tenían 13.000 años de antigüedad. Pero la alegría duró poco.

Dos arqueólogos británicos aseguraron que las pinturas eran falsas sólo con mirar las fotografías que publicaron los periódicos. Diecisiete meses después, los científicos españoles llegaron a la misma conclusión, ayudados por la investigación de la Ertzaintza, que hasta halló restos de estropajos. La justicia obligó a Ruiz a devolver el dinero.


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