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LA IMAGEN
Columna

Peces muertos en el Danubio

Hubo en Kolontar (Hungría) una fuga de barro tóxico, ya ven. El barro tóxico o caca abrasiva, producto de la digestión de una fábrica de aluminio, se acumulaba en una balsa gigantesca de la que luego se dijo que tenía grietas, así que el desastre no era más que una cuestión de tiempo (es sabido que si algo malo puede pasar, pasa, de modo que todas las desgracias son una cuestión de tiempo; las alegrías, en cambio, dependen de la suerte). Si esto ocurre con balsas que están a la vista de todos y cuyo mantenimiento cuesta dos euros, ¿qué no ocurrirá con los residuos nucleares, de gestión complicada, larga (más de 500 años) y cara?

Pero volvamos a las grietas del embalse. Las grietas, he ahí la cuestión. Hay grietas en los edificios, en los túneles del metro, en los sistemas filosóficos, en las aceras, en los aparadores de nogal, en las escaleras de roble… Allí donde haya una obra humana, allí habrá una grieta. Y toda grieta es en potencia una catástrofe. Las grietas del carácter devienen en depresiones o suicidios; las de la razón, en locura; las de los pantanos, en inundaciones; las de las gomas del butano, en escapes de gas. Las grietas del embalse de Kolontar se tradujeron en una calamidad ecológica que obligó a desalojar a la población. Una mujer comentó que había visto peces muertos en el Danubio. Ver peces muertos en el Danubio suena bien, tiene cierta grandeza. No decimos que no sea una ruina, claro, pero parece una ruina épica. La mayoría de la población tuvo que conformarse, sin embargo, con contemplar enseres muertos como el de la foto.

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