Leila Guerriero 23/12/2007
No es grande: cuatro por cuatro apenas, y una ventana por la que entra una luz grumosa, celeste. El techo es alto. Las paredes, blancas sin mucho esmero. El cuarto –un departamento antiguo en pleno Once, un barrio comercial de la ciudad de Buenos Aires– es discreto: nadie llega aquí por equivocación. El piso de madera está cubierto por diarios, y, sobre los diarios, hay un suéter a rayas –roto–, un zapato retorcido como una lengua rígida, algunas medias. Todo lo demás son huesos. Tibias y fémures, vértebras y cráneos, pelvis, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre. Patricia Bernardi está parada en el vano de la puerta. Tiene los ojos grandes, el pelo corto. Toma un fémur lacio y lo apoya sobre su muslo.
–Los huesos de mujer son gráciles.
Y es verdad: los huesos de mujer son gráciles.
Nacido en Tejas en 1928 Snownow tenía su prestigio: había identificado los restos de Josef Mengele en Brasil. Por lo demás, bebía como un cosaco, usaba sombrero tejano, botas ídem, y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros, no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos. En ese primer viaje dio una conferencia sobre ciencias forenses y desaparecidos, y la traductora, abrumada por la cantidad de intraducibles términos técnicos, renunció en la mitad. Entonces un hombre rubio, todo carisma, dijo: yo puedo, yo sé inglés. Y así fue como Morris Tidball Binz, de 26 años, estudiante de medicina, se cruzó en la vida de Clyde Snow. Durante las semanas que siguieron, aunque no había venido para eso, Snow participó de algunas exhumaciones a petición de un juez. En el mes de junio, cuando tuvo que exhumar siete cuerpos de un cementerio del suburbio, decidió enviar una carta al Colegio de Graduados en Antropología solicitando colaboración. Pero no tuvo respuesta. Y fue entonces cuando Morris Tidball Binz dijo: “Yo tengo unos amigos”. Los amigos de Morris eran uno: se llamaba Douglas Cairns, estudiaba antropología en la Universidad de Buenos Aires y esparció el mensaje –“hay un gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos”– entre sus compañeros de estudios: Patricia Bernardi, Luis Fondebrider, Mercedes Doretti. Y así fue como una tarde de 1984 los tres estudiantes se encontraron con Clyde Snow –y con Morris Tidball Binz– en un hotel del centro de Buenos Aires.
–Cuando Clyde nos explicó lo que quería hacer le dijimos que lo íbamos a pensar –dice Patricia Bernardi–. El país estaba muy inestable, teníamos miedo. Pero decidimos que íbamos a probar. Fuimos al cementerio al día siguiente, y cuando empezaron a aparecer los huesos… Una cosa es desenterrar un lobo marino, y otra cosa, un cráneo. Creo que ésa fue la exhumación más larga de mi vida.
Pero siguieron tantas. Entre 1984 y 1989, Clyde Snow pasó más de veinte meses en Argentina, y en cada uno de sus viajes los estudiantes le acompañaron a hacer exhumaciones, internándose de a poco en las aguas de esa profesión que no tenía –en el país– antecedentes ni prestigio. En 1987 se inscribieron como asociación civil sin fines de lucro, bajo el nombre de Equipo Argentino de Antropología Forense, con el objetivo de practicar “la antropología forense aplicada a los casos de violencia de Estado, violación de derechos humanos, delitos de lesa humanidad”, y se unieron al grupo Darío Olmo, Alejandro Incháurregui, Carlos Somigliana (Maco), Silvana Turner y Anahí Ginarte.
En 1988, cuando fueron convocados como peritos para excavar en el sector 134 del cementerio de Avellaneda, un suburbio de Buenos Aires donde los militares habían enterrado a cientos, pocos de ellos tenían más de 22. La fosa de Avellaneda permaneció abierta dos años, y sacaron de allí 336 cuerpos, casi todos con heridas de bala en el cráneo, muchos todavía sin identificar.
Desde entonces, el equipo intervino en más de treinta países contratado por Naciones Unidas, el Comité Internacional de la Cruz Roja y la comisión presidencial para la búsqueda de los restos del Che Guevara, entre otros. Durante mucho tiempo no fueron más de 12, pero a principios de siglo la posibilidad de aplicar las técnicas de ADN a los huesos obligó a muchas incorporaciones. Ahora son 37, y Luis Fondebrider, Mercedes Doretti y Patricia Bernardi, los únicos que quedan del grupo original. Opacos, discretos, casi desconocidos en su país, cada tanto la identificación de alguien –Marcelo Gelman, desaparecido en 1976, hijo del poeta argentino Juan Gelman; el Che Guevara; Azucena Villaflor, fundadora de Madres de Plaza de Mayo– los empuja a la primera plana de los diarios. Pero a quien pregunte por sus muertos notorios responderán lo mismo.
–Para nosotros –dice Luis Fondebrider–, todos son personas.
En septiembre pasado, Mercedes Doretti recibió una beca de la Fundación Mac Arthur, dotada de 500.000 dólares, y como hacen e hicieron siempre con las becas, los premios y los sueldos de las misiones internacionales, donó el dinero al fondo común con que el equipo –ayudado por donantes privados europeos y norteamericanos, y por algunos Gobiernos europeos– se financia.
–La beca es personal –dice Mercedes Doretti–, pero yo no trabajo sola.
–Hace más de once años que estoy viajando. No tengo armario. Tengo dos maletas. Pero cuando se junta el hueso con la historia, todo cobra sentido.
Al final de un pasillo hay un cuarto oscuro, angosto. Las paredes están cubiertas por estantes que trepan hasta el techo, y en los estantes hay cajas de cartón de tamaño discreto.
–Cada caja es una persona. Ahí guardamos los huesos.
Al frente, en dos o tres habitaciones luminosas, cinco mujeres jóvenes se inclinan sobre mesas largas cubiertas por papel verde. En las mesas hay, claro, esqueletos.
–En otros países es impensable que la persona que estudia los restos haya hecho la entrevista con el familiar, haya ido al campo a recuperar los restos y se encargue de hacer la devolución. Nosotros hemos hecho eso siempre. Pero si el familiar no tiene deseos de recuperar los restos, no intervenimos.
En todos estos años lograron 300 identificaciones con restitución de restos, y pudieron conocer el destino de 300 personas más cuyos cuerpos nunca fueron encontrados.
A metros de allí, en un cuarto contiguo, hay más cajas, rotuladas con nombres de cementerios: “La Plata”, “San Martín”, “Ezpeleta”, “Lomas de Zamora”, “Ezeiza”…
La tarea fue amplia. La obra puede ser interminable
–Este trabajo tiene una cosa que parece como muy manida –dice Mercedes Salado, española, bióloga, en el equipo desde 1997, la voz un susurro cuidadoso–. Y es que esto no es un trabajo, sino una forma de vida. Está por encima de tu familia, de tu pareja; por encima de tu perspectiva de tener hijos. Y en el fondo es tan pequeño… ¿Qué haces? Encuentras la identidad de una persona. Es la respuesta que la familia necesitaba desde hace tanto tiempo… y ya. Y eso es todo. Pero cuando informas a la familia, y les ves los rostros, encuentras el sentido.
Abajo, en una de las oficinas del laboratorio, habrá durante días un ataúd pequeño. Lo llaman urna. En urnas como ésas devuelven los huesos a sus dueños.
–¿Ves? –dice una mujer con rostro de camafeo, una belleza oval–. Esto, la parte interna, se llama hueso esponjoso. Y hueso cortical es la externa.
Bajo sus dedos, el esqueleto parece una extraña criatura de mar, al aire sus zonas esponjosas. Cuando termine de reconstruir –de numerar sus partes, sus lesiones; de extender lo que queda de él sobre la mesa– el esqueleto volverá a su caja, y esa pequeña paciencia de la mujer oval terminará, años después –si hay suerte–, con un nombre, un ataúd del tamaño de un fémur y una familia llorando por segunda vez, quizá por última.
En el vidrio de una de las ventanas que da a la calle hay un papel pegado: la cuadrícula de una fosa, el esquema de 16 esqueletos. Al pie de cada uno hay anotaciones: cinco proyectiles 9 milímetros, desdentado en maxilar superior. Ninguno tiene nombre, pero sí edad –30 en promedio– y sexo: casi todos hombres. Desde la calle, cualquiera que mire hacia arriba puede ver ese papel pegado a la ventana. Pero lo que se vería desde allí es una hoja en blanco. Y de todos modos, nadie mira.
–Sí, buenas tardes, estoy buscando a la señora X.
–…
–Ah, buenas tardes, señora. Habla Patricia Bernardi, del Equipo Argentino de Antropología Forense. No sé si sabe a qué se dedica esta institución.
–…
–Bueno, muchas gracias, adiós.
El tono de Patricia es dulce y no hay fastidio cuando cuelga: cuando no la quieren atender. En 2007, cuando se cumplieron años de la muerte del Che, los medios sacaron sus máquinas de hacer efemérides y todas apuntaron a los miembros del equipo que, convocados por el Gobierno cubano, habían estado allí.
–A veces me siento obligada a decir que fue un orgullo haber participado en esa exhumación, pero era todo muy tenso. Y fueron los cubanos los que encontraron la fosa. Nosotros estuvimos cinco meses, y volvimos cuando encontraron la fosa del Che, en julio de 1997. A mí lo que sí me marcó un antes y un después fue El Petén, en Guatemala. Ahí, en 1982, un pelotón del Ejército ejecutó a cientos de pobladores. Nosotros sacamos 162 cuerpos. En su mayoría chicos menores de 12 años. Y no tenían heridas de bala porque para ahorrar proyectiles les daban la cabeza contra el borde del pozo y los arrojaban. Llega un momento que te acostumbrás a los huesitos chiquitos, porque son muy lindos, hermosos, perfectos. Pero lo que te traía a la realidad era lo asociado.
Lo asociado.
–Los juguetes.
Esta mañana, Mercedes Salado y Sofía Egaña revolotean alrededor de un hombre encargado de instalar la impresora de códigos de barras de la que saldrán miles de etiquetas que identificarán la sangre de los familiares.
–A ver, vamos a probar –dice el hombre.
Aprieta un comando y la pequeña impresora se estremece, tiembla como un hámster y escupe uno, dos, diez, veinte códigos de barras.
–Es muy emocionante –dice Mercedes–. Llevamos años esperando esto.
En los días que siguen, todos se dedicarán a una tarea cándida: ensobrar formularios para enviar a los cuatro rincones del país.
Un día, ya de noche, Mercedes Salado, descalza, sentada en el piso junto a una caja repleta de sobres, fuma y conversa con Patricia Bernardi.
–Si logran identificar a todos se van a quedar sin trabajo.
–Ojalá.
Una radio esparce una canción. I will survive.
–Mientras el Estado llevaba adelante una campaña de represión clandestina, seguía registrando cosas con su aparato burocrático. Es como una rueda grande y una rueda pequeña. Vos podés conocer lo que pasa en la primera por lo que pasa en la segunda. Es un reflejo. Y como en cualquier reflejo, te acostumbrás a mirar mejor. A entender el reflejo.
–¿Podrías vivir sin hacer esto?
–Sí. Yo quiero terminar este trabajo. Llegar a hacer el mayor número de identificaciones posible. Para mí es importante creer que puedo prescindir.
–Están mezclados. Ya tengo cinco mandíbulas, cinco individuos por lo menos –dice Gabriela mientras pega dos fragmentos de hueso entre sí.
Son horas de eso: mirar y pegar, y después todavía rastrear lesiones compatibles con golpes o balas, y después aplicar la burocracia: tomar nota de todo en fichas infinitas.
En un rato habrá un clima de euforia y desconcierto: un cráneo al que creían un error no resultó lo que pensaban: un intruso. La buena noticia –la mala noticia– es que después de varias pruebas el cráneo resultó ser, en efecto, el cráneo de un desaparecido. Lo levantan, lo miran como a una fruta mágica, magnífica.
–¿Y si es el padre de…?
Es una buena tarde. Por tanto. Por tan poco.
–Tuvimos treinta años de paciencia –dice la mujer–. Podemos tener más.
Después, Patricia se zambulle, se agacha, limpia paciente con un pincel, paciente también con una pala.
–Acá hay un proyectil, en el hemitórax izquierdo…
En otra de las fosas, alguien encuentra un suéter a rayas, un zapato, un cráneo con tres balazos, redondos como tres bocas de pez. Los huesos de mujer son gráciles.
Mañana, en un cuarto discreto del barrio de Once, sobre los diarios con noticias de ayer y bajo la luz grumosa de la tarde, se secarán los huesos, el suéter roto, el zapato como una lengua rígida.
Pero ahora, en el cementerio, la tarde es un velo celeste apenas roto por la brisa fina.
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