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REPORTAJE: ARTE

La irreverencia de Clovis Trouille

Amiens expone la divertida y provocadora obra de su pintor menos ortodoxo

OCTAVI MARTÍ - Amiens - 21/08/2007

 
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Hay artistas que nunca logran que les tomen en serio. Porque no lo merecen, porque ellos mismos no lo hacen o porque su vida diaria parece relativizar su condición de artista. Es el caso de Clovis Trouille, pintor surrealista al que ahora, y hasta el 26 de agosto, recuerdan en Amiens en el Musée de la Picardie presentando 23 de sus pinturas y un número importante de sus dibujos y collages.

La obra de Trouille es abiertamente erótica. Los desnudos femeninos no son ejercicios de estilo, sino objetos de deseo

Trouille nació en la minúscula población de La Fére en 1889 y estudió en la escuela de Bellas Artes de la vecina Amiens. Empezó ahí a ejercitarse como ilustrador publicitario o colaborando con sus dibujos en la prensa local para instalarse definitivamente en París en 1920. En la capital trabajará para una misma empresa, Pierre Imans, que fabrica maniquíes para escaparates o personajes para atracciones de feria. Trouille se ocupará de maquillar y decorar esas figuras, en la mayoría de los casos femeninas.

Dotado de una buena formación académica, convencido de que sólo la figuración tiene sentido y gran aficionado a la fotografía, Clovis Trouille se sirve de esos tres parámetros para componer sus telas, de naturaleza altamente simbólica, siempre atravesadas por el humor. En ellas ridiculiza todos los poderes -el del dinero, el militar, el político, el de la Iglesia católica- en unas composiciones que son antecedentes de la figuración narrativa y del pop art. Respecto a la primera está el deseo de contar algo, de poner en relación los personajes, de reflexionar sobre un acontecimiento. Respecto al segundo movimiento, anticipa la utilización de toda una iconografía popular, así como la de técnicas de reproducción en serie.

La obra de Trouille es abiertamente erótica. Los desnudos femeninos no son ejercicios de estilo sino objetos de deseo. La obsesión por las nalgas y los pechos de las mujeres, siempre maquillados de un rojo oscuro, remite a esos maniquíes de los que Trouille vivía. Las escenas son variadas: Jesucristo se ha bajado de la cruz y se pasea riéndose por la catedral de Amiens; un tren ha descarrilado y eso excita la libido de algunos parisienses; una pareja de amantes se besa dentro de la iglesia; una monja fuma dejando ver su atrevida corsetería; llueve medallas sobre los muertos de la Primera Guerra Mundial; André Breton intenta burlar la vigilancia de los gendarmes que controlan la prisión de artistas y, sobre todo, Clovis Trouille pone en escena su propia muerte, ya sea en el ataúd y siendo objeto de una felación por parte de una dama de la que sólo vemos dos hemisferios blanquecinos, o en una comitiva en la que participan todas las fuerzas vivas.

¿Buen pintor? Nunca pretendió serlo. Es más, la simple idea de preocuparse por la precisión de la pincelada o por resolver los problemas de perspectiva se le antojaba una pérdida de tiempo. Trouille era un espíritu libre e iconoclasta al que un contemporáneo definió espléndidamente diciendo que era "un Aduanero Rousseau con huevos". Y quizá por eso, por su carácter directo, por su antiintelectualismo y su voluntario mal gusto, el Papa André Breton, que tenía uno de sus cuadros, nunca quiso incluirlo en ninguna antología de pintura surrealista. Ahora, en Amiens, adivinamos por qué.


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