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TRIBUNA: LOS RETOS DE LA TRADUCCIÓN LITERARIA Justo Navarro

Deseo de realidades

Justo Navarro 28/10/2006

 
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YO TENÍA catorce años y las lenguas extrañas eran puertas a mundos extraños, tan buenos y fabulosos como los discos que oíamos en la radio, la televisión o las máquinas. No entendíamos casi nada. Alguien dedicado a la neuropsiquiatría podría estudiar el estado cerebral de una generación crecida con canciones hechas de palabras estrafalarias que no tenían correspondencia en la realidad y ocupaban de modo obsesivo una extensión mental importante: una especie de lenguaje divino, prácticamente impenetrable e indescifrable. Aquellas palabras eran el ensalmo para entrar en el mundo feliz. Pensando en aquellas palabras, me hice traductor.

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He tenido más sentido de la irrealidad que de la realidad. He deseado la fabulación, las películas y las canciones y los libros, materias con que se construyeron las paredes de mi aislamiento juvenil en Granada. He traducido porque quería leer. No me bastaban los libros en mi lengua. No me bastaba mi lengua, ni mi mundo. Un famoso genio alemán dijo que había dos maneras de traducir: acercar a nosotros el mundo extraño del autor extranjero, o acercarnos nosotros al mundo ajeno y extraño, con sus circunstancias inesperadas, sus seres desconocidos y sus modos de hablar, que, en principio, no se dirigen a nosotros. Yo prefiero esta segunda manera de traducir, propia del explorador o aventurero impertinente.

La dispersión babélica de las lenguas significa fundamentalmente diferenciación de mundos, de formas de vida, y creo que traducir palabras es menos difícil que traducir costumbres, esas peculiaridades que afectan a los vestidos, la flora, la fauna, las relaciones personales o las celebraciones colectivas. Un mundo es más intraducible que una frase. Por eso Vladímir Nabokov le exige al traductor conocimiento de la realidad del autor que ha de traducir: las palabras tienen historia y fondo, reciben vida de su época. Tienen sentido en su mundo. El traductor presta atención a ese mundo. Un escritor hace lo mismo: escribe porque presta atención, o para prestar atención. En eso consiste el enamoramiento: en prestar especial atención a un ser.

Para mí escribir y traducir son esencialmente lo mismo. Escribir es un prestar atención, un estado de enamoramiento ante la realidad. Consiste en nombrar el mundo para entenderse con él. El mundo ocasional del traductor es el libro que debe traducir. Yo he traducido porque quería leer, meterme en realidades que para mí eran irrealidades. Empecé siendo un intruso, un invasor de mundos ajenos, y acabé invadido y escribiendo con mis palabras las palabras de otro. Nabokov también les pedía a los traductores poder de imitación: debían ser capaces de asumir el papel del autor traducido y duplicar su dicción, sus modales y sus hábitos de pensamiento "con el máximo grado de verosimilitud". Traducir es hacerse pasar por otro. Escribir no es muy distinto: es descubrir que se es otro distinto de quien uno creía ser.

Un deseo de aventura, de fábula, de exploración de mundos extraños a mí, me ha llevado a traducir a autores tan diversos como Virginia Woolf, Paul Auster, Pere Gimferrer, Scott Fitzgerald, Jorge Luis Borges, Dashiell Hammett o Albert Caraco. Los viajes felices merecen ser contados, y por eso he intentado traducir con fidelidad: quería dar cuenta literalmente de lo que existe en los mundos visitados. Quería dar cuenta de lo leído, palabra por palabra, con fidelidad triple: fidelidad a las obras que he traducido; fidelidad a mí, como lector obligado a leer bien; fidelidad al futuro lector al que le entrego mi lectura de la obra traducida. Esta última exigencia de fidelidad es equivalente al pacto de veracidad implícito entre dos conversadores.

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