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CRÍTICA: UNA ESCRITORA ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE

Hambre de hambre

JESÚS AGUADO 28/01/2006

 
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Los libros de Amélie Nothomb son delgados y veloces. Apenas un puñado de páginas que se escabullen de entre los dedos mientras formulan el eterno dilema entre el agua y la sed, entre el hambre y el apetito. Por usar dos de los conceptos que más se repiten en la obra de la autora, son siempre una búsqueda metafísica del grial del deseo, cuya noble misión de transportarnos a lo infinito (las promesas de un yo sin orillas) queda a menudo empañada por las oscuras leyes que nos encierran en lo finito (los demás alzándose como barrotes a nuestro alrededor). Un grial que se esconde en el castillo de la infancia, un refugio que Nothomb no hubiera querido abandonar jamás, y al que sólo se regresa por el camino de la metafísica o de la ascesis mística, que conducen la experiencia de lo que uno es al abismo de sus límites. Un hambre y una sed que, llevados a sus extremos, y como si fueran la alucinación de un náufrago sin comida ni bebida, provocan la aparición de enemigos implacables (Cosmética del enemigo y Catilinarias), de anticristos disfrazados de ángeles (Antichrista), de terroristas del espíritu (Atentado e Higiene del asesino), de madres asesinas (Diccionario de nombres propios), de jefes absurdos (Estupor y temblores) o de compañeros de estudios y juegos que le obligan a uno a un guerrear constante (El sabotaje amoroso y Metafísica de los tubos): las figuras del avasallamiento que devoran en las novelas de Amélie Nothomb a sus protagonistas, las distintas máscaras del otro burlándose de los intentos del yo por construirse una identidad que no sea incompatible con el placer y la alegría.

BIOGRAFÍA DEL HAMBRE

AMÉLIE NOTHOMB

TRADUCCIÓN DE SERGI PÀMIES

ANAGRAMA

BARCELONA 2006

206 PÁGINAS. 14,50 EUROS

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Amélie Nothomb ha hecho del hambre el motor de su vida y de su escritura. "El hambre soy yo", enuncia ella al principio de Biografía del hambre, que es su autobiografía hasta la adolescencia (hija de diplomático, se crió en Japón, China, Estados Unidos, Bangladesh y Laos antes de regresar a su Bélgica natal) y el relato de su cuerpo a cuerpo con el amor, el desarraigo, los espejos, la imaginación y la libertad. Un hambre de hambre que se va transformando poco a poco en un hambre de palabras, en la necesidad de purgarse, mediante la lectura primero y la escritura después, de los malos tragos de la vida. Como cuenta en este libro, Amélie Nothomb ha sobrevivido a la anorexia como la bailarina de Diccionario de nombres propios, a la fealdad como el monstruo de Atentado, al rechazo como la niña enamorada de una compañera de El sabotaje amoroso (la novela suya que más me gusta, un prodigio de inocencia feroz, un relato de iniciación a las contradicciones del mundo y de los sentimientos en la convulsa China de principios de los setenta) o al intento de suicidio como el niño de tres años de Metafísica de los tubos, y lo ha hecho gracias al chocolate y a las letras, que son, respectivamente, el alimento de Dios y el de los humanos. Las golosinas, entre las que se incluyen las bebidas alcohólicas, a las que se aficionara desde pequeña con la connivencia de sus padres, y la literatura obraron juntas el milagro de alimentarla a la fuerza, de aliarse con su cuerpo, que le pedía kilos, en contra de su cabeza, que le ordenaba seguir siendo una transparencia de huesos.

En Biografía del hambre, Amélie Nothomb regresa a su infancia, el país de la avidez sin culpa, la época que le ha inspirado sus mejores páginas, y pone en fila a todos esos enemigos que desfilaban por separado en el resto de sus libros. Suena a ajuste de cuentas, como si se dijera: en este libro de libros os encierro para demostraros que mi hambre de más vida ya no está sujeta a vuestras leyes, que por fin me siento libre para comerme el mundo sin miedo a engordar un poco (éste es el único de sus libros que sobrepasa las doscientas páginas, quizá sólo una anécdota pero más probablemente un símbolo). El Kafka de Un artista del hambre, el Knut Hamsun de Hambre o Primo Levi (el cuerpo del anoréxico se hace espantoso reflejo del cuerpo desnutrido de los presos de campos de concentración) se asoman entre líneas de esta obra conmovedora e inquietante que es una autobiografía y la apología del disfrute, el repaso de una vida y un canto a las ganas de seguir teniendo ganas.

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