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REPORTAJE: EL RINCÓN

Música sinfónica, de espaldas al mar

Ángel Illarramendi compone rodeado de árboles. El músico no distingue géneros y sueña con trabajar para Clint Eastwood

ANDER LANDABURU 26/04/2008

 
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Antiguo cobertizo transformado en un austero estudio, "la guarida" de Ángel Illarramendi (Zarautz, Guipúzcoa, 1958) está rodeada de un pequeño, pero frondoso, jardín-bosque con unos cuantos ejemplares de robles, sauces, cipreses, cerezos, algún abedul y sobre todo el minúsculo ginkgo biloba, del que el músico y su esposa Charo se muestran muy orgullosos. Es un rincón tranquilo de la zona de Arratula, entre Irún y Hondarribia, a las faldas del monte Jaizkibel, y desde donde se da la espalda al mar. Los cuatro grandes ventanales ofrecen la espectacular vista de este entorno: el monte Larrun, en el País Vasco francés, las peñas de Aia y, más cerca, a la derecha, el Bianditz que domina Oiartzun. Éste es el panorama que a diario contempla el compositor vasco, desde que decidió "escapar" de su ruidosa y bulliciosa -aunque muy querida- villa de Zarautz. "Me traje mis partituras, mis discos, películas y libros, y este viejo Handok, al que he cogido cariño por sus buenos y bravos bajos". Un piano coreano de 25 años con el que compone, hasta que un día, "y cuando tenga pasta", se compre uno de cola. En el estudio, de sencilla decoración, sólo dos reproducciones de Gustav Klimt: "Me gustan, tienen algo de porno", otras dos fotografías de París y Praga, alguna familiar, y un pequeño violón infantil, regalo de un colega ruso. Aquí reina la sobriedad, nada de caos, aunque al músico le guste repetir que "toda obra nace de un caos. Corresponde al artista ordenarlo, creando un lenguaje de comunicación con el alma humana. Si no se logra ese lenguaje, nos quedamos en el caos".

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Illarramendi acaba de publicar el CD de su 7ª Sinfonía, grabada en Varsovia con la sinfónica de la capital polaca. "En el siglo XXI es necesario un renacimiento de la música sinfónica. Una música que vuelva a conectar con el público", afirma el autor de siete sinfonías, un concierto, una misa, una ópera y unas cuantas obras de menor duración. A Todos estamos invitados, la última película de Manuel Gutiérrez Aragón, ha aportado su banda sonora, como ha realizado ya en 25 ocasiones desde que se inició con Tasio y conoció a Elías Querejeta. Dos estrenos, dos obras, o dos géneros, que se niega a diferenciar: "Yo no distingo entre ambos. Me encanta hacer música para el cine y música clásica, pero continuamente escribo obras para concierto. Nunca he entendido esa división. Soy compositor y trabajo lo que se tercie, pero sobre todo debe emocionar". Bonachón, romántico y fino gourmet, acaba de celebrar su 50º cumpleaños y sigue tras un sueño: "Me encantaría hacer música para alguna película de Clint Eastwood". ¿Y por qué no?

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