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ANÁLISIS

Esperanzas y utopías

JUAN JOSÉ TAMAYO 01/12/2007

 
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El año pasado publicaba Benedicto XVI su primera encíclica sobre la caridad y no hacía referencia al modelo de praxis liberadora encarnado por cristianos como monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, asesinados por mor de la justicia. Ahora publica la segunda sobre otra virtud teologal, la esperanza, que en el siglo XX se convirtió en el centro de la reflexión gracias a pensadores como Gabriel Marcel con Homo Viator y Ernst Bloch con El principio esperanza, que inspiró la teología de la esperanza, de Jürgen Moltmann.

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La encíclica es una meditación sobre la esperanza cristiana en diálogo con las distintas manifestaciones de la esperanza en la Modernidad y con las reflexiones llevadas a cabo sobre el tema desde los autores del Nuevo Testamento, pasando por Agustín de Hipona, Bacon, Kant, Marx, hasta algunos de los más lúcidos pensadores de nuestro tiempo, como los filósofos de la Escuela de Frankfurt y el escritor Dostoievski. Un diálogo abierto, no dogmático, en clave dialéctica, es decir, reconociendo la importancia de acontecimientos que han contribuido a la construcción del tejido de la esperanza en la historia, pero llamando la atención, al mismo tiempo, sobre sus límites y fracasos, por ejemplo, en la aplicación de la doctrina de Marx. Aunque con su ya proverbial desconfianza hacia el mundo moderno y su crítica iconoclasta hacia la Revolución francesa.

La praxis liberadora

Benedicto XVI crítica severamente el individualismo y espiritualismo en que ha desembocado históricamente la esperanza cristiana centrada en la "salvación del alma", y acentúa su dimensión comunitaria y activa en la mejor tradición del Nuevo Testamento y de los Padres de la Iglesia. El Papa llega a hablar incluso de la praxis liberadora, ausente en la encíclica sobre la Caridad. No tan lograda me parece la reflexión sobre los lugares de la esperanza: la oración, el actuar y el sufrir. Y anacrónicas, ciertamente, las referencias al infierno y el purgatorio, sin mediación hermenéutica alguna. Es un retroceso en relación con el magisterio de Juan Pablo II

No puedo compartir la afirmación de que "un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza". Es un aforismo tan excluyente como el de "fuera de la Iglesia (católica) no hay salvación". Los creyentes no se han caracterizado precisamente por ser testigos de esperanza y actores de utopías; han sido, más bien, los enterradores delas utopias históricas.

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