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TRIBUNA: M. VÁZQUEZ MONTALBÁN

1985

M. VÁZQUEZ MONTALBÁN 02/01/1984

 
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George Orwell amaba el Londres anterior a los bombardeos de la Segunda guerra mundial, el socialismo soñado antes del desvelamiento del estalinismo y la ginebra y el café previos al mercado negro y al racionamiento de la posguerra.De estos tres malos humores nace la novela 1984 y de una cierta sensación de incomodidad en la obra del Orwell prerrevolucionario, en un mundo de supervivientes, en el que los políticos laboristas le parecían unos horteras que lo ponían todo perdido de neodecir para no decir lo que sin duda habrían tenido que decir. El polaco, nacionalizado británico, Isaac Deutscher supo comprender a este Orwell destemporalizado que escribió una regañina a sus contemporáneos, disfrazada de profecía y utopía de males mayores.

Como novela, 1984 es un ejemplo de cómo no debe escribirse literatura ideologizada, y, como profecía, es una hipérbole que exagera lo que luego no se ha producido y no prevé lo que realmente habría de ocurrir.

El control de la conciencia en 1984 o se practica desde la más estricta sofisticación democrática o desde la más brutal de las represiones a la manera asiática del gran Tamerlán. Los verdugos te despellejan o te venden la necesidad de que les necesites, disfrazados de misil o de hamburguesa, de reserva espiritual de Occidente o de reserva no menos espiritual de Oriente. Pero no existe ese civilizado personaje llamado O'Brien, travesti de poder y oposición, que te tortura de tanto que te ama.

Tampoco la geopolítica de 1985 reproduce la profecía de Orwell, aunque no falten ciertos acercamientos ya previsibles desde los tiempos de Yalta y de Postdam. Si llegamos a verlo, en 1985 el mundo se encontrará políticamente casi igual de repartido como hace 40 años, y mal asunto si nos pasamos todo el año 1984 a la busca de las mentiras y de las verdades que legó Orwell, en las huellas de lo cotidiano. Al fin y al cabo hay motivos para presumir que en 1985 el cinismo del poder se seguirá fundamentando en la sospecha de que el poder desconoce su propio cinismo. Algo así como el crimen perfecto. Sin olvidar que, además, en este crimen, aparentemente, ni siquiera aparecen los cadáveres, y cuando los hay, o no pertenecen a nuestra comunidad autónoma o sus caras no nos dicen nada.

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