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Con derecho a ser diferentes

Trashumantes de Asia, África y Europa se reúnen en Madrid para defender su modo de vida

HERNÁN IGLESIAS - Madrid - 07/06/1999

 
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Dicen los masaai que su vida, al norte de Tanzania, vale menos que la de los turísticos animales salvajes del parque nacional del Serengeti. Las fieras, codiciadas por las lentes de los turistas europeos y estadounidenses, tienen permiso para salir del parque y buscar alimento en las regiones colindantes. Los masaai, que miran la fiesta desde fuera, pueden perder la cabeza de un disparo si osan llevar sus bueyes a los apetitosos pastizales del Serengeti. Trashumar -o ser seminómadas, cambiar de domicilio para aprovechar las estaciones del año- ya no es un placer para los masaai. Ni para los bakarwal del Himalaya, los van gujjars de India o los lapones del norte escandinavo: sus Gobiernos privatizan las tierras y ahora necesitan mapas del catastro para saber dónde pueden o no meter los pies. Nómadas y trashumantes de tres continentes -Asia, África y Europa- se reúnen desde hoy y hasta el miércoles en Madrid para compartir experiencias, lamentarse codo con codo de su situación y, también, conseguir financiación extranjera para sus proyectos.En el mundo existen unos cuarenta millones de nómadas y trashumantes que, sobre todo en Asia y África, intentan reivindicar la itinerancia -y su lirismo- como forma de vida. En algunos países constituyen porcentajes significativos de la población: son más del 40% de los mongoles, uno de cada cuatro tibetanos, el 15% de los kenianos y el 10% de los etíopes.

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Hay pueblos nómadas dedicados fundamentalmente al comercio, como los tuareg, que mantienen parcialmente los recorridos de sus caravanas por el desierto del Sáhara, y otros dedicados a la artesanía, como los herreros gadoliya de India. Pero la ocupación mayoritaria de los reunidos en el foro madrileño es la ganadería con prácticas trashumantes -ciclos cortos, preestablecidos y estacionales- o nómadas, largos ciclos al azar según las condiciones climáticas.

"No somos vagabundos", dice Martin Saning"o, uno de los representantes masaai en la conferencia. "Sólo queremos que se tenga en cuenta nuestro modo de vida, que tiene 500 años de antigüedad". Saning"o habla suavemente en inglés, y parece fuera del cuadro con sus túnicas chillonas de pastor en la fría y gris oficina madrileña de Watu, la ONG que organiza el encuentro con la financiación de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), el Ministerio de Medio Ambiente y la ONG Economistas sin Fronteras.

Una de las causas por la que Madrid es la sede de esta innovadora reunión es el interés internacional que ha despertado la recuperación de la trashumancia en España. "Ya se van los pastores a Extremadura, ya se queda la sierra triste y oscura", dice la canción, y los trashumantes africanos y asiáticos quieren aprender cómo han hecho los pastores asturianos y castellanos para mantener, a pesar de encontrarse en el siglo XX, su costumbre de bajar cada invierno sus ovejas al llano. Y eso hicieron este fin de semana: acompañaron a los pastores españoles del Proyecto 2001 y a dos rebaños de cientos de ovejas durante dos días, desde Los Santos hasta Fuenterroble de Salvatierra, en Salamanca, y compartieron a la intemperie fiestas, anécdotas y comida.

Lo que quieren los masaai, que han tenido menos suerte que los españoles con sus gobernantes, es educación. "Queremos que nuestra gente pueda discutir de igual a igual con el Gobierno y con las multinacionales, no podemos seguir dejándoles que nos engañen como hasta ahora", dice Soning"o. Los masaai pueden entrar cada vez en menos tierras, muchas de ellas vendidas hoy a empresas ganaderas, hoteles y parques zoológicos. Cada vez hay menos puestos de trabajo como pastores. Consecuencia: los jóvenes emigran a las grandes ciudades, donde trabajan casi siempre como actores en espectáculos "de color local" para los turistas, o como guardias de seguridad. "Tenemos fama de honestos y de ser buenos en la lucha cuerpo a cuerpo", explica Soning"o con una sonrisa agridulce.

Si algo molesta a estas tribus es su papel decorativo en la creciente industria del turismo de safari. "No recibimos ni un chelín de los turistas, ni siquiera nos relacionamos con ellos", se queja Soning"o. "No creo que encuentren muchas diferencias entre nosotros y los elefantes".


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