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El arquitecto de la Cataluña autonómica
Jordi Pujol tenía 29 años cuando irrumpió
en un concierto del Palau de la Música de Barcelona para
subirse al escenario y entonar, junto con una veintena de personas,
el entonces prohibido Cant de la Senyera.
Esta interpretación musical, que presenciaron atónitos
varios ministros del régimen franquista, supuso tres cosas
para el president de la Generalitat: Un consejo de guerra, más
de tres años de prisión y el comienzo de una de
las carreras políticas más largas de la historia
española contemporánea.
Sucedió el 19 de mayo de 1960 y el espíritu catalanista
de aquel joven Pujol, fundador de Catolics Catalans y lector asiduo
de Maragall y de Valles y Pujals, apenas ha cambiado con los años.
Ni siquiera el desgaste que supone mantenerse más de seis
legislaturas en el poder, ni los escándalos financieros
en los que se ha visto envuelto el president han hecho
mella en una figura política estratégicamente asociada
a la idea de una Cataluña superior, capaz de rechazar cualquier
ataque o demérito.
Ahora, 44 años después de aquel concierto en el
Palau, Pujol abandona la presidencia de Convergencia, abriendo
la puerta a su sucesor y a las primeras elecciones sin su participación.
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