| Un 'fan' de Bruce Lee |
POR DANIEL BORASTEROS |
Antonio Marín Mora, ingeniero de 43 años, vivía
con Tomasa, su madre, en una casita baja de Entrevías. Desde pequeño
fue un niño brillante en los estudios. Siempre recibió becas
por sus buenas calificaciones. En el instituto sacó seis matrículas
de honor -era muy brillante con los números-. Después, Antonio
estudió Ingeniería de Telecomunicaciones.
Trabajaba en Telefónica y preparaba el proyecto final de la carrera.
"No tenía ambiciones", susurra su madre, que añade:
"Sabía que podía cambiar a otro trabajo mejor, pero
no quería porque habría tenido que irse a vivir lejos de
mí". Antonio ya se había comprado un piso en Leganés.
Estaba terminando de amueblarlo. Pero le costaba mudarse.
En Entrevías tenía a su perra pastor, Susi, a la que se
encargaba de sacar a la calle. Susi adoraba a Antonio y se quedaba aguardando
en su puerta a que regresara del trabajo para recibirle con carantoñas
y lametazos.
A Antonio le gustaba leer. En su biblioteca destacaban los clásicos,
como una bonita edición de El Quijote encuadernada en piel. Sentía
devoción por la Virgen y por Bruce Lee. Su habitación todavía
permanece empapelada de estampas del maestro del kung-fu y del kárate.
Nunca se cansaba de ver sus películas.
También era un gran aficionado a la música, y su madre
le tenía que regañar para que bajara el volumen.
Antonio "era muy tímido y nada coqueto", pero solía
compartir su tiempo con sus amigos. Su mejor compañero se llamaba
Esteban. "Según llegaba, se iba derechito a casa de su amigo",
recuerda su madre.
La ropa se la compraba ella, porque a él le aburría ir
de tiendas. "Había que tirarle la ropa vieja, a él
le daba lo mismo", rememora su madre.-
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