El término cónclave tiene su origen en el latín
vulgar que se hablaba en la Edad Media y hace referencia a un
objeto o una estancia que se pueden cerrar con llave. La tradición
atribuye el origen del cónclave a la situación que
se creó tras la muerte de Clemente IV (1268), cuando los
cardenales romanos gobernaron el papado por espacio de casi tres
años, demorando la elección mes tras mes, hasta
que San Buenaventura, general de la Orden de San Francisco, decidió
tomar cartas en el asunto.
Aquel santo varón ordenó a sus discípulos de Viterbo encerrar
con llave a los cardenales en el palacio episcopal, advirtiéndoles
que no les dejarían salir hasta la elección de un nuevo Papa.
La incomodidad del encierro obró el milagro y los purpurados designaron
nuevo pontífice a Teobaldo Visconti, quien ocupó la Silla de San
Pedro con el nombre de Gregorio X (1271). Este Papa convocó el
Concilio de Lyon (1274) con el fin de regularizar el sistema de
elección de un nuevo pontífice.
La reglamentación aprobada en dicho Concilio contemplaba la
reunión del cónclave en el lugar donde falleciese el pontífice
y establecía un máximo de diez días para la elección del sucesor.
Sin embargo, muy pronto se dejaron de observar estas normas y
así, tras la muerte de Nicolás IV (1292), se abrió una larga vacante
hasta la elección de Celestino V (1294), quien volvió a regular
el sistema de elección de los papas para prevenir una repetición
de esta situación. Desde el siglo XIII, sucesivos pontífices han
modificado la normativa relativa tanto al lugar como al proceso
seguido en el cónclave para elegir a un nuevo Papa.
En la actualidad, el cónclave se celebra en el Vaticano. Ante
la falta de un edificio específico para este fin, se suele aprovechar
todo el espacio disponible de la basílica de San Pedro, donde
se construyen las celdas para albergar a los cardenales, cada
uno de ellos asistido por un secretario y un ayudante. La congregación
general tiene lugar en la Capilla Sixtina, en la que se celebran
las sucesivas votaciones hasta que se logra la mayoría de dos
tercios del quórum constituido por los cardenales menores de 80
años, que son los únicos que tienen derecho a voto.