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 18 de junio

De Lima a Iquitos
Blanca Gil, Madrid, Grupo 2
Guillermo Escribano, Madrid, Grupo 14


Blanca y Guille.

Ningún rutero pensaba que los 11.000 kilómetros que le separaban de Boadilla Madrid se le fueran a pasar tan rápido. Llegamos a Lima exhaustos: para nosotros es hora de acostarse, pero aquí tan sólo son las cinco de la tarde y nos falta un día entero por rellenar.

Tenemos que coger otro avión, esta vez para ir a Iquitos. Este vuelo se realiza de noche debido a todas las aves que pueblan los cielos del trayecto en el día.

El aeropuerto de Lima nos contempla atónito: ante ellos, 120 jóvenes uniformados facturan sus mochilas en diferentes idiomas. Por si esto no fuese suficiente, les sigue un arsenal de baúles y cajas vacías.

Pasar la puerta del avión y el efecto es inmediato. En cuanto un rutero se sienta se duerme "ipso facto". Antes de despegar, media expedición está dormida e Iñigo Quadra Salcedo se pasea cámara en mano inmortalizando caras grotescas.

La que firma tuvo la suerte de entrar en la cabina: bajo sus pies se extiende la selva atravesada este oeste por los meandros del Amazonas. En todas las mesillas del avión se amontonan unos vasos con un líquido amarillento, es la Inka Kola, una especie de refresco con sabor a chicle.

Al salir del avión, aún adormilados, una humedad pegajosa nos golpea al instante. Perlados de sudor, recogemos nuestras mochilas y nos vestimos con repelente de mosquitos para, así, reducir al mínimo el riesgo de malaria. Al salir del aeropuerto unas coloridas y pintorescas camionetas nos esperan para llevarnos a nuestro campamento en un recinto militar.

Nuestros primeros paisajes en tierras peruanas, las vistas movidas e instantáneas de las calles de Iquitos, nos enamoraron, nos descubren hipnotizados mostrándonos lo maravilloso de un mundo tan distinto al nuestro. Deben de ser las diez de la noche. Entre casas bajas la gente está fuera, paseando, cuando en sus terrazas, sentada en la acera: hay mucha vida, al parecer son fiestas.

Somos "famosos" desconocidos saludados a lo largo de todo el camino; de verdad, el calor humano es algo a lo que no estamos acostumbrados entre ¿extraños? Se agradece mucho. ¡Son tantas cosas nuevas! En las calles y carreteras de Iquitos no hay ni un solo coche, están repletas de "motocarros". Imaginen un carro medieval con neumáticos y motos por caballos y con curiosos mensajes en sus asientos. En los autobuses las personas se suben libremente. Nos siguen saludando los carteles publicitarios y campañas electorales, en su mayoría están pintados en las paredes. Continúan saludando.

Llegamos al recinto militar donde, ya dormidos, están nuestros compañeros americanos. Pocos se despiertan y levantan, nos encontramos tímidamente.

Han pasado muchas horas de viaje. Es tiempo de descansar.

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