De
Lima a IquitosBlanca Gil, Madrid, Grupo 2
Guillermo
Escribano, Madrid, Grupo 14
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Blanca y Guille.
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Ningún rutero pensaba que
los 11.000 kilómetros que le separaban de Boadilla Madrid se le fueran
a pasar tan rápido. Llegamos a Lima exhaustos: para nosotros es hora de
acostarse, pero aquí tan sólo son las cinco de la tarde y nos falta
un día entero por rellenar.
Tenemos que coger otro avión,
esta vez para ir a Iquitos. Este vuelo se realiza de noche debido a todas las
aves que pueblan los cielos del trayecto en el día.
El aeropuerto
de Lima nos contempla atónito: ante ellos, 120 jóvenes uniformados
facturan sus mochilas en diferentes idiomas. Por si esto no fuese suficiente,
les sigue un arsenal de baúles y cajas vacías.
Pasar la puerta
del avión y el efecto es inmediato. En cuanto un rutero se sienta se duerme
"ipso facto". Antes de despegar, media expedición está
dormida e Iñigo Quadra Salcedo se pasea cámara en mano inmortalizando
caras grotescas.
La que firma tuvo la suerte de entrar en la cabina: bajo
sus pies se extiende la selva atravesada este oeste por los meandros del Amazonas.
En todas las mesillas del avión se amontonan unos vasos con un líquido
amarillento, es la Inka Kola, una especie de refresco con sabor a chicle.
Al
salir del avión, aún adormilados, una humedad pegajosa nos golpea
al instante. Perlados de sudor, recogemos nuestras mochilas y nos vestimos con
repelente de mosquitos para, así, reducir al mínimo el riesgo de
malaria. Al salir del aeropuerto unas coloridas y pintorescas camionetas nos esperan
para llevarnos a nuestro campamento en un recinto militar.
Nuestros primeros
paisajes en tierras peruanas, las vistas movidas e instantáneas de las
calles de Iquitos, nos enamoraron, nos descubren hipnotizados mostrándonos
lo maravilloso de un mundo tan distinto al nuestro. Deben de ser las diez de la
noche. Entre casas bajas la gente está fuera, paseando, cuando en sus terrazas,
sentada en la acera: hay mucha vida, al parecer son fiestas.
Somos "famosos"
desconocidos saludados a lo largo de todo el camino; de verdad, el calor humano
es algo a lo que no estamos acostumbrados entre ¿extraños? Se agradece
mucho. ¡Son tantas cosas nuevas! En las calles y carreteras de Iquitos no
hay ni un solo coche, están repletas de "motocarros". Imaginen
un carro medieval con neumáticos y motos por caballos y con curiosos mensajes
en sus asientos. En los autobuses las personas se suben libremente. Nos siguen
saludando los carteles publicitarios y campañas electorales, en su mayoría
están pintados en las paredes. Continúan saludando.
Llegamos
al recinto militar donde, ya dormidos, están nuestros compañeros
americanos. Pocos se despiertan y levantan, nos encontramos tímidamente.
Han
pasado muchas horas de viaje. Es tiempo de descansar.
