Araoz-Oñate
 |

Esther. |
Esther Espaillat (República Dominicana)
Asombroso ha sido el cambio brusco que hemos dado desde que empezamos.
Las caminatas son ahora una constante y las condiciones no son las
mejores, aunque el tiempo ha sido el propicio.
Hemos iniciado con una caminata de descenso, deteniéndonos
en una iglesia muy peculiar, con un exterior con paredes llenas de
picos de piedra, que nunca antes había visto. Era el Santuario
de Arantzazu y nos hablaron de la vida de un pastor, a quién
dice la tradición que se le apareció la Virgen.
Siendo casi el mediodía, reanudamos nuestra caminata, partiendo
desde Araoz a nuestro destino de Oñate. El sol comenzaba a
picar sobre nuestras cabezas y parte del camino nos traía vagos
recuerdos del descenso de Machu Picchu. La mayor parte del trayecto
fuimos bajando, a excepción de algunas cuestas, pero la más
criminal fue la que subimos justos al llegar al pueblo.
Sólo la constancia de mis compañeros posibilitaron
mi llegada. Allí me tumbé a la sombra y lo único
que logró moverme fue la palabra comida.
Había llegado en el primer grupo, así que rápidamente
me puse en la fila e inicié mi almuerzo: dos sandwiches, uno
de atún y jamón con tomate y lechuga y otro de chorizo,
una manzana, una barra de muesley y agua fresca, que con el hambre
que tenía me lo devoré todo enseguida.
Estaba tan cansada, que como tantos, me tumbé en el suelo
a dormir, hasta que Luna nos levantó del pasillo, ya que teníamos
clase de esgrima. Fui una de las agraciadas de mi grupo que nos tocó.
El profesor nos habló sobre el arte de la esgrima que requiere
disciplina y posee tres armas de ataque: el sable, del cual aprendimos
algunas de sus técnicas y posiciones; y también recibimos
una representación sobre la técnica del florete y la
espada.
Nos subimos entonces a los buses y llegamos a Oñate, en donde
recibimos una bienvenida con el aurresku, baile típico de estas
tierras, y luego por el Alcalde en la Universidad.
Por último tomamos de nuevo el autobús y, a mitad de
camino, iniciamos de nuevo nuestra última caminata que era
muy agradable, en pleno bosque entre planicies y bajadas. Llegué
de excelente humor para ser recibidos por las personas del pueblo.
Mi alegría se multiplicó al poder contar con mi mochila
grande, después de tanto tiempo.
Cenamos y nos quedamos bailando un buen rato hasta que se hizo tarde
y Luna con su megáfono nos invitaba a retirarnos a nuestras
tiendas. Mañana, por lo visto, va a ser bien duro, ya que nos
esperan 18 kilómetros. Sólo espero que tengamos fuerzas
suficientes para resistir estas duras caminatas por el País
Vasco.
Un saludo a mis padres, hermanos y amigos del San Judas Tadeo.