La fortaleza
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Javier. |
Javier Redondo Lorenzo (Almaden, Ciudad Real)
Cuántas veces me dijeron que la Ruta es una experiencia única,
inigualable, inolvidable; una vivencia que marca, que te cambia de
alguna forma la vida. No puedo afirmar ni negar esto, aunque a mí
me parecen comentarios exagerados.
Es cierto que en la Ruta hay cosas increíbles; pero no hay
que olvidar los momentos difíciles y duros de superar. No todo
es un camino de rosas.
Yo, por ejemplo, he experimentado un montón de momentos tristes,
instantes en los que los recuerdos de los seres queridos, ya sea al
otro lado del océano Atlántico o a unos pocos kilómetros
de casa, no importan demasiado eso, afloran y comienzas a sentirte
solo. En esos momentos, todo comienza a decaer, a parecer gris. Es
entonces cuando quisiera regresar, volver a casa con la familia, celebrar
el regreso con la comida que tanto extrañas.
Yo, que hace poco cumplí años aquí en la Ruta,
digo esto por experiencia. El sentirse solo es algo tan común.
Es irónica la soledad cuando estás rodeado de tanta
gente; incluso cuando estoy con mis amigos, cuando entrecruzo palabras
con todo el mundo. Es una sensación extraña y difícil
de explicar; pero creo que, al haber tanta gente resulta difícil
intimar con las personas. Hay mucha gente aquí con la que me
gustaría hablar más y tanta gente con mentalidades tan
diferentes.
Esta noche, mientras escribo estas líneas, no puedo evitar
sentirme solo, decepcionado, cansado, exhausto, extraño de
las personas que más me importan, lleno de melancolía.
No tengo el valor ni las fuerzas suficientes para contarle a algunos
cómo me siento realmente.
Muchas veces hablo con la gente y le cuento mis quejas; no es justo
obligar a las personas a escuchar a oír lamentaciones constantes.
Trataré de cambiar esto, de mostrarme más alegre con
la gente. Sin embargo, cuando ya sólo quedan quince días
para terminar, considero que aún tengo mucho por hacer, por
aprender. Enfrentarme a los momentos difíciles, salir de la
tristeza y sentirme mejor son retos que quiero superar. Y estoy dispuesto
a conseguirlo.
Me gustaría dar un consejo a los próximos ruteros y,
en general a todas las personas que pasen por mi situación
en este momento, por la cual ha pasado casi todo el mundo alguna vez.
Alguien me dijo que la vida está llena de situaciones difíciles
en las que la mayoría de nosotros nos comportamos de una manera
débil, cobarde y pasiva, acostumbrados a la comodidad, al sedentarismo,
a un consumismo extremo que se apodera de toda nuestra sociedad.
Es entonces cuando pienso que debo ser fuerte, debo superar todo
lo que me afecta, ser más positivo y afrontar los problemas
con valentía. Pero, lo más importante de todo, es saber
que no es más fuerte ni valiente aquel que no tiene miedo a
nada y al que podríamos llamar temerario. Más fuerte
y valiente es solamente la persona que, sintiendo y teniendo que puede
perder aquello que más desea, saca la fuerza de sus entrañas
y se enfrenta a la situación, tragándose todos su temores.
Esta es la verdadera persona fuerte y valiente.
Esto que digo puede parecer exagerado, no muy relacionado con una
experiencia como la Ruta Quetzal BBVA, sin embargo, esto no es así:
este viaje, como el resto de situaciones en la vida, tiene momentos
mejores y momentos peores. Yo, sinceramente, y para mi desgracia,
un tremendo pesimista, no ha sabido quedarme con las cosas que realmente
valen la pena. Me he comportado de manera superficial sin trascender
a los demás.
Ahora me doy cuenta de que, a pesar que aún me faltan bastantes
personas por conocer, he logrado congeniar con gente muy interesante:
gente que sabe escuchar y que da todo por los demás. Me dan
una terrible envidia sana porque la mayoría de ellos son polifacéticos
y pueden hablar varios idiomas, tocar algunos instrumentos, tener
un expediente académico increíble.
También voy apreciando los lugares que hemos visitado, por
donde muchas veces he pasado sin darme cuenta de donde estaba realmente,
sin saber valorarlos y sin imaginar lo lejos que quedarían
cuando volviese a casa. Es cierto que muchas veces una mala organización
o, simplemente, mala suerte, nos ha impedido el estar más tiempo
en los sitios para poder disfrutar más de ellos; pero todo
esto no es importante si lo comparas con las cosas buenas que han
sucedido.
La verdad es que ahora ya puedo decir que no me arrepiento del trabajo
tan duro que hice para venir. Y doy un millón de gracias a
las personas que me animaron y me ayudaron a realizarlo, mi familia.
Ellos saben que se lo agradeceré siempre. Gracias por ser como
sois. Gracias por quererme como lo hacéis, de corazón,
y por dármelo todo.
Pasan y pasan los días y las experiencias malas van quedando
en el olvido. A decir verdad, no me siento cambiado, distinto, ni
mejor; pero quizás, cuando todo esto termine, vuelva a casa
y tenga tiempo para reflexionar, valorar realmente la experiencia
que he vivido, pueda autoanalizarme y ver que he madurado. Quizás
esto sea un paso hacia delante en esta dura experiencia, por la que
todos pasamos de manera muy diferente y que no es otra cosa que la
vida misma.