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23 de julio

La fortaleza

Javier.

Javier Redondo Lorenzo (Almaden, Ciudad Real)
Cuántas veces me dijeron que la Ruta es una experiencia única, inigualable, inolvidable; una vivencia que marca, que te cambia de alguna forma la vida. No puedo afirmar ni negar esto, aunque a mí me parecen comentarios exagerados.

Es cierto que en la Ruta hay cosas increíbles; pero no hay que olvidar los momentos difíciles y duros de superar. No todo es un camino de rosas.

Yo, por ejemplo, he experimentado un montón de momentos tristes, instantes en los que los recuerdos de los seres queridos, ya sea al otro lado del océano Atlántico o a unos pocos kilómetros de casa, no importan demasiado eso, afloran y comienzas a sentirte solo. En esos momentos, todo comienza a decaer, a parecer gris. Es entonces cuando quisiera regresar, volver a casa con la familia, celebrar el regreso con la comida que tanto extrañas.

Yo, que hace poco cumplí años aquí en la Ruta, digo esto por experiencia. El sentirse solo es algo tan común. Es irónica la soledad cuando estás rodeado de tanta gente; incluso cuando estoy con mis amigos, cuando entrecruzo palabras con todo el mundo. Es una sensación extraña y difícil de explicar; pero creo que, al haber tanta gente resulta difícil intimar con las personas. Hay mucha gente aquí con la que me gustaría hablar más y tanta gente con mentalidades tan diferentes.

Esta noche, mientras escribo estas líneas, no puedo evitar sentirme solo, decepcionado, cansado, exhausto, extraño de las personas que más me importan, lleno de melancolía. No tengo el valor ni las fuerzas suficientes para contarle a algunos cómo me siento realmente.

Muchas veces hablo con la gente y le cuento mis quejas; no es justo obligar a las personas a escuchar a oír lamentaciones constantes. Trataré de cambiar esto, de mostrarme más alegre con la gente. Sin embargo, cuando ya sólo quedan quince días para terminar, considero que aún tengo mucho por hacer, por aprender. Enfrentarme a los momentos difíciles, salir de la tristeza y sentirme mejor son retos que quiero superar. Y estoy dispuesto a conseguirlo.

Me gustaría dar un consejo a los próximos ruteros y, en general a todas las personas que pasen por mi situación en este momento, por la cual ha pasado casi todo el mundo alguna vez. Alguien me dijo que la vida está llena de situaciones difíciles en las que la mayoría de nosotros nos comportamos de una manera débil, cobarde y pasiva, acostumbrados a la comodidad, al sedentarismo, a un consumismo extremo que se apodera de toda nuestra sociedad.

Es entonces cuando pienso que debo ser fuerte, debo superar todo lo que me afecta, ser más positivo y afrontar los problemas con valentía. Pero, lo más importante de todo, es saber que no es más fuerte ni valiente aquel que no tiene miedo a nada y al que podríamos llamar temerario. Más fuerte y valiente es solamente la persona que, sintiendo y teniendo que puede perder aquello que más desea, saca la fuerza de sus entrañas y se enfrenta a la situación, tragándose todos su temores. Esta es la verdadera persona fuerte y valiente.

Esto que digo puede parecer exagerado, no muy relacionado con una experiencia como la Ruta Quetzal BBVA, sin embargo, esto no es así: este viaje, como el resto de situaciones en la vida, tiene momentos mejores y momentos peores. Yo, sinceramente, y para mi desgracia, un tremendo pesimista, no ha sabido quedarme con las cosas que realmente valen la pena. Me he comportado de manera superficial sin trascender a los demás.

Ahora me doy cuenta de que, a pesar que aún me faltan bastantes personas por conocer, he logrado congeniar con gente muy interesante: gente que sabe escuchar y que da todo por los demás. Me dan una terrible envidia sana porque la mayoría de ellos son polifacéticos y pueden hablar varios idiomas, tocar algunos instrumentos, tener un expediente académico increíble.

También voy apreciando los lugares que hemos visitado, por donde muchas veces he pasado sin darme cuenta de donde estaba realmente, sin saber valorarlos y sin imaginar lo lejos que quedarían cuando volviese a casa. Es cierto que muchas veces una mala organización o, simplemente, mala suerte, nos ha impedido el estar más tiempo en los sitios para poder disfrutar más de ellos; pero todo esto no es importante si lo comparas con las cosas buenas que han sucedido.

La verdad es que ahora ya puedo decir que no me arrepiento del trabajo tan duro que hice para venir. Y doy un millón de gracias a las personas que me animaron y me ayudaron a realizarlo, mi familia. Ellos saben que se lo agradeceré siempre. Gracias por ser como sois. Gracias por quererme como lo hacéis, de corazón, y por dármelo todo.

Pasan y pasan los días y las experiencias malas van quedando en el olvido. A decir verdad, no me siento cambiado, distinto, ni mejor; pero quizás, cuando todo esto termine, vuelva a casa y tenga tiempo para reflexionar, valorar realmente la experiencia que he vivido, pueda autoanalizarme y ver que he madurado. Quizás esto sea un paso hacia delante en esta dura experiencia, por la que todos pasamos de manera muy diferente y que no es otra cosa que la vida misma.

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